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“La Penilla no merece este trato”: el sentimiento de pertenencia de la plantilla de Nestlé en Cantabria colisiona con los despidos

En el valle de Cayón, en Cantabria, es raro que alguien llame Nestlé a la primera fábrica que la multinacional suiza puso en España en 1905. La gente dice “La Nestle”, con artículo y sin tilde. Los vecinos la consideran su fábrica, en un gesto de identificación con una empresa que ha sido el motor de empleo histórico para generaciones de familias de la comarca, con la que ahora están en frontal conflicto.

Por eso, la plantilla de Nestlé, en el municipio de La Penilla, y en las otras las cinco factorías repartidas por España afronta con particular malestar los despidos, un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) anunciado en abril para 301 empleados (49, en La Penilla). Por eso, también, tras los paros y las manifestaciones de mayo, los trabajadores y sus familias encaran con tensión las huelgas indefinidas que han planteado, mientras negocian con una dirección cuya última y rechazada propuesta ha sido despedir a 43.

Todos son conscientes de que Nestlé tiene un masivo plan mundial de despidos. Pero la consciencia no quita que se sientan defraudados. “Antes era nuestra empresa, era mi empresa... Desde el ERE es 'la' empresa': ha cambiado la empresa y cambiamos nosotros”, dice con manifiesta distancia Sergio Ruiz, delegado del sindicato USO en el comité de empresa.

“La gente de la zona siempre procuraba entrar en la empresa. Era la costumbre”, dice este hijo, hermano y padre de empleados de Nestlé, que lleva 37 años dentro. Pero, desde el anuncio del ERE, percibe “incertidumbre y ansiedad”: “A mi hija la hicieron fija a principios de año”, dice sin poder manifestar alegría.

“Es que ha sido nuestra vida. Hemos estado ahí viviendo todo el valle de 'La Nestle'. Había un cierto sentimiento de toda la gente como algo tuyo”, describe Antonio (nombre ficticio porque tiene familia trabajando en Nestlé) que ha dedicado 40 años a la empresa.

Terry, también jubilado y con familiares dentro, también pide anonimato, coincide con sus compañeros: “El sentimiento de pertenencia a la Nestle ha sido muy importante en todos los trabajadores de la empresa. La Penilla no merece este trato”.

Memoria histórica de un valle

El sentimiento identitario es notable porque, entre todos y sin pedírselo, hacen memoria histórica de Nestlé. Se saben la historia de su fábrica, porque es la historia de su valle. Como historiadores involuntarios, cuentan que, en 1905, Nestlé se instaló en Cantabria y trajo personal directivo suizo. En esta época existía una zona residencial conocida como “la colonia” donde vivían los ingenieros y jefes. Contaba incluso con su propia “escuela suiza” para los hijos de estos empleados, para enseñarles en su idioma. “Mi abuelo empezó trabajando allí con 17 años”, dice Terry.

En la posguerra, subraya Terry, “el chocolate Nestlé quitó el hambre a los niños”, dice en referencia al pelargón, una antigua fórmula infantil. “Luego, con un bote de leche condensada y una tableta se criaron generaciones de hijos de empleados”.

A partir de las cincuenta, fue el boom de las contrataciones. “Decían que era una empresa familiar porque todo el mundo quería meter a sus hijos allí”, cuenta Antonio.

Antonio entró a la fábrica en 1975, porque su padre consideró que era más estable, aunque ganase menos que en su empleo. “En aquellos años, cuando las mujeres empleadas se casaban, las echaban por ley... tenían que dejar la fábrica”, añade este ex empleado cuyos dos hermanos trabajaron también en Nestlé.

En esa década, la fábrica creo una escuela de aprendices. “Escogieron a niños aprendices de 15 años y les prepararon para que luego fuesen los jefes de talleres”, evoca Terry.

En los setenta, Antonio dice que las condiciones salariales “no eran maravillosas, pero estaban bien”. Para 1977 se produjo la primera gran huelga. Paralizó el valle de Cayón “y prácticamente la actividad general en Cantabria” durante más de veinte días. Hubo incluso cartas de despidos “Y, a raíz de ahí, se cambió un poco la mentalidad”. Con cambio de mentalidad, Antonio se refiere a que mejoraron las condiciones. Entre los ochenta y los noventa, este ex miembro del comité recuerda que la empresa solía ir “de cara”, que “siempre” negociaba los convenios: “Los jefes decían que prpreferíanue los trapos sucios se lavaran en casa”.

Desde los años 2000, coinciden, las negociaciones empezaron a ser “más duras”. Cuentan que les mantenían el IPC, pero las subidas eran más peleadas. Aun así, todos recuerdan ese tiempo a la empresa multinacional como una empresa“muy local”, en la que el trabajo seguía pasando de padres a hijos.

Para que la gente comiese chocolate

El recuerdo más reciente, antes del anuncio de despidos, fue el Covid. “Fuimos trabajadores esenciales, indispensables, para que la gente en casa pudiese comer chocolate... Seis años después, un ERE”, confronta Juan Miguel González, presidente del comité de empresa de Nestlé en La Penilla, cuya abuela entro en la fábrica a mediados de los cincuenta: “Éramos una gran familia y ahora la empresa parece que no tiene sentimientos”.

“Nos ha dado mucho trabajo a todo el valle y al final es una repulsa lo que nos genera el ERE porque no lo vemos justificado. No se entiende que, desde Suiza, sean capaces de apretar un botón y digan que hay gente que sobra”, dice Terry, cuya opinión coincide con la de Antonio: “Las ofertas actuales de la empresa son irrisorias”.

Juan Miguel González, que lleva 26 años en la empresa y también está en el comité de empresa europeo, saca un único efecto bueno derivado del ERE: “Ha provocado que estemos muy unidos, trabajadores, vecinos y jubilados de todo el valle”, dice ante la contradicción de que la semana de la negociación del ERE se incorporarán trabajadores fijos discontinuos.