Un antifascismo habitable contra el imperio del miedo
La vida social y la experiencia política no se desarrollan ni expresan exclusivamente a través de discursos racionales: movilizan los afectos. Es algo que parece obvio pero nos ha llevado siglos entender filosóficamente. Hoy no son pocos los autores y autoras que plantean modos de comprender las dinámicas sociales en su nivel más fundamental como circuitos de afectos que nos hacen asumir ciertas posibilidades de vida y no otras. Que vivamos, por ejemplo, en una sociedad neoliberal que no solo justifica sino que bendice la competencia, la explotación y una carrera despiadada en la que solo sobrevivan los más afortunados no deja de ser resultado de la aceptación de cierta forma de vida, que valida unos afectos y no otros, y que necesita de esos afectos para seguir imponiéndose.
Dicho esto, no parece difícil admitir que, en la tesitura actual global, el miedo parece haberse convertido en un afecto político central en la construcción de nuestros vínculos sociales, tanto desde la perspectiva de las relaciones interpersonales como desde la perspectiva más amplia de las relaciones políticas. El auge actual de la extrema derecha muestra hasta qué punto el miedo puede ser políticamente movilizado, ayudada por demasiados altavoces mediáticos que legitiman su marco mental criminalizando la pobreza o el propio fenómeno migratorio.
El miedo es políticamente relevante no tanto porque sea una emoción “interior” de individuos aislados, sino porque circula socialmente, se fija a ciertos cuerpos y objetos, y ayuda a producir fronteras entre un “nosotros” y un “ellos”. Si tengo miedo a perder el trabajo, a no poder pagar el alquiler o a que mi barrio sea inseguro puedo buscar a otros con quienes afrontar esa amenaza, ya que el miedo puede producir vínculo y hacernos buscar protección y proximidad; pero también, y este es el tipo de reacción al miedo que hoy se extiende, puede llevar a buscar un “ellos” al que culpabilizar, un chivo expiatorio, y construir una comunidad meramente reactiva, un “nosotros” cuya cohesión no proviene de la protección recíproca sino de la normalización de la idea de que hay que machacar a un tercero. En resumen, el mismo miedo puede producir cohesión colaborativa o por exclusión, lo que muestra que no determina la política por sí mismo: importa a qué objeto se adhiere y qué explicación se construye alrededor de él.
La segunda de las salidas al miedo permite entender que el atractivo actual de la extrema derecha entre sectores populares y clases medias no responde a la brillantez de sus teorías conspiranoicas, sino a que el miedo a la inseguridad económica y la vergüenza por no alcanzar el éxito pueden alimentar resentimiento, ira y, finalmente, odio hacia personas migrantes pobres, junto con un repliegue identitario producto de la búsqueda de autoestima en pertenencias exclusivas y estables como la nacionalidad, la etnia, la religión o los roles tradicionales. Esta salida se acompaña, eso sí, de explicaciones sencillas y omniabarcantes que reducen el mundo a una batalla de “ellos” contra “nosotros”.
Entonces, por ejemplo, el muy razonable miedo a no llegar a fin de mes o que nuestros hijos e hijas tengan peores condiciones de vida no produce solidaridad sino que lleva a buscar chivos expiatorios sobre la falsa presuposición de que no son los de arriba quienes acaparan más cada vez desposeyéndonos de todo al resto, sino los de más abajo, las personas migrantes pobres, quienes, rebañando migajas, nos empobrecen. Tal es la forma en que la derecha más extrema ha impulsado mentiras que cohesionan mediante el odio, desde la vieja ficción antisemita de una conspiración judía mundial, explotada por el nazismo, a “el gran reemplazo”, teoría conspirativa actual, tan absurda como funcional al capitalismo neoliberal, que sostiene, por supuesto sin hechos que la avalen, la existencia de una conspiración para sustituir a los europeos por población migrante. Denominan su respuesta “Remigración y reconquista” y este próximo fin de semana será reivindicada en las calles de Santander por nazifascistas de distintos puntos de Europa, junto con la defensa de una expulsión indiscriminada de menores migrantes que se encuentran desamparados y solos, ignorando deliberadamente las garantías especiales de protección que les corresponden. Disturbios antimigrantes en Reino Unido, atentados terroristas supremacistas en Alemania y asaltos racistas, razzias contra menores migrantes, azuzadas por activistas ultra, o la fractura de la convivencia que normaliza el señalamiento del diferente en Ceuta ilustran la realidad terrorífica que promueven.
Ante semejante panorama, no basta con salidas sencillas como creer que “el fascismo se cura leyendo” o su equivalente de considerar que todos los fascistas son estúpidos. De entrada, para que dejara de aspirar a convertirse en admisible para el sentido común — recuperando una fuerte censura social hacia el nazifascismo— sería esencial reducir las condiciones que causan el miedo, la inseguridad, la ira… tan relacionadas con la precariedad y la inseguridad. Desde luego promoviendo respuestas solidarias a esa crisis sistémica permanente llamada capitalismo neoliberal e interviniendo en problemas como la vivienda, la precariedad laboral o el fortalecimiento de redes comunitarias de cuidados, pero también tratando de disminuir las condiciones sociales, discursivas, afectivas y materiales que hacen posible la difusión y el éxito de este tipo de ideas y actitudes. Toca preguntarse qué relaciones, afectos, instituciones, formas de vida y formas de lo común habría que producir para hacer menos habitable esta ideología nefasta.
Entonces, se vuelve evidente una cuestión: no es suficiente con combatir a los fascistas, identificando sus eventos y confrontándolos mientras siga el miedo y las condiciones que permiten fijarlo a determinados cuerpos convertidos en amenaza. Porque, de hecho, podríamos estar combatiendo a sujetos fascistas y, sin embargo, seguir reproduciendo lógicas autoritarias, binarismos rígidos, homogeneizaciones del grupo propio o fascinación por el poder… Microfascismos que nos hacen ver que el adjetivo «fascista» no es aplicable únicamente al otro exterior.
Confrontar a quienes ya se han organizado políticamente en torno al fascismo puede cumplir funciones tácticas importantes como disputar el espacio público, impedir su normalización, aumentar sus costes de organización, hacer visible el rechazo social o acompañar a quienes son objeto de su violencia. Lo que no puede hacer, por sí solo, es desactivar las condiciones que producen nuevas adhesiones. Y hay que preguntarse si las habituales formas de construcción afectiva del espacio político resultan adecuadas para disminuir su atractivo social actual y permiten incorporar a la lucha antifascista a personas que hoy no participan.
Hoy en día es imprescindible impedir que esta tendencia prospere, y debemos hacerlo todas aquellas personas que, de una manera u otra, creemos en la democracia y en un mundo en que quepamos todas las personas, por eso, la lucha antifascista debe ser acogedora también para las adultas mayores, o para quienes tienen miedo, o para quienes no pueden exponerse físicamente, no comparten una estética militante o, no siendo habituales en las calles, pueden aportar desde el sindicalismo, la cultura, los cuidados, la investigación, el periodismo, el barrio o simplemente la presencia en momentos clave como este.
Y esa es la línea en que me gustaría ver florecer a partir de la manifestación antifascista y antirracista que el sábado 26 de septiembre partirá de la Plaza de los Derechos Humanos: un antifascismo habitable, para disputar la calle a los fascistas pero, sobre todo, para hacer más segura nuestra vida y nuestros barrios para niños y adultos migrantes, personas LGTBIQ y cualquiera que se salga de la norma, que de una u otra manera, al final somos todas. Fuera racistas de nuestros barrios… dentro un común habitable para cualquiera.