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En casa del obispo, báculo de palo

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La generación que estudió forzosamente el catecismo sabe que los evangelios predican que la hipocresía en un obstáculo para la fe y, por tanto, condenan duramente a los fariseos. El otro día, en la presentación del informe anual de Cáritas se denunciaron los graves problemas de acceso a la vivienda, los alquileres abusivos y las dificultades para encontrar un techo que se multiplican cuando uno es de otro país o tiene otro color de piel.

Resultó que en ese contexto el obispo de Santander, de cuerpo presente en la rueda de prensa, enardeció -se empoderó, en ese lenguaje influencer ya tan manido- y echó una reprimenda a los políticos porque no hacen nada para solucionar esta cuestión. Dijo que cada vez es más escandaloso y que se nos prometen cientos y miles de viviendas que no aparecen por ningún lado.

Arturo Ros tenía razón. Prácticamente todos los mortales comulgan con este sermón, aunque no sean de su parroquia.

Pero, a la vez, tal vez sea conveniente recordar a su eminencia la paja en ojo ajeno por un discurso imprudente, en el sentido de que lo que predica no concuerda con lo que hace. Más allá de la innegable labor social que asume Cáritas, por la debilidad endémica de un sistema estatal de protección social que no ha sido nunca capaz de llegar a donde se necesita.

El obispo critica a los políticos por no resolver el problema de la vivienda mientras su propio ministerio acaba de vender el edificio de los franciscanos, en la céntrica calle Perines de Santander, para hacer 24 pisos turísticos. Cuatro mil metros cuadrados -el Obispado se quedó solo con la iglesia y la sacristía- que han salido al mercado urbanístico y de lo que se ha beneficiado la iglesia católica como, por otro lado, cualquier hijo de vecino en esta deshumanizada progresión especulativa.

Justificará el obispo que la iglesia necesita dinero para mantener su obra social y sus propiedades exentas de impuestos, algunas de ellas procedentes de la avaricia -pecado capital- de las inmatriculaciones, pero aún así el discurso desafina de largo. Más aún cuando, esta emergencia de vivienda que él denuncia nos invita a mirar de reojo a Corbán, un mayúsculo seminario desaprovechado por la falta de vocaciones -también campo de concentración de la dictadura: otro disgusto para la alcaldesa Gema Igual- que tal vez podría improvisarse para acoger a los exiliados de la especulación urbanística y turística que no va a frenar. “No vamos a estropear la gallina de los huevos de oro”, espetó el otro día con franca ordinariez ética la alcaldesa cuando los socialistas reclamaron que, al menos, sí vienen tantos turistas que paguen una tasa como en otras geografías nacionales.

Lo más gracioso ha sido comprobar como aquellos personajes paródicos, cercanos a la caricatura, que se sentaban en la primera fila en la misa del domingo siguen vigentes en lo contemporáneo manteniendo su cuota de hipocresía. El consejero de Vivienda, Roberto Media, y la alcaldesa de Santander -como en una escena de Berlanga- no se dan por aludidos con el discurso del obispo y han girado la cabeza para mirar hacia los bancos de atrás. Cómo va a ser que a ellos les señale el dedo de Dios. La culpa es del demonio Pedro Sánchez que va directo al mismo infierno al que algunos querían enviar al Papa Francisco.

Tampoco cierta hipocresía por parte del Obispado puede empañar la escandalosa realidad que no se puede aliviar con paños calientes. Como las 285 viviendas de alquiler social que nos lleva prometiendo el Gobierno de Buruaga toda la legislatura, una tirita insuficientemente ridícula por mucho que dupliquen las que había antes.

O como la tramitación de una Ley de Vivienda enfocada hacia la 'okupación' cuando el mayor de los problemas es el mercado turístico. Un texto legal que ni siquiera hace el esfuerzo de prohibir que se especule con la vivienda protegida aprobando su protección permanente -como sucede desde hace veinte años en el País Vasco- para que no pueda venderse en el mercado libre.

Tampoco contribuye a una solución razonable que ahora tengamos que volver a comprar con dinero público las viviendas de la SAREB -la sociedad que crearon los bancos para comercializar las viviendas que embargaron a sus propietarios- que ya había comprado el Gobierno de España para destinarlas por fin a quienes las necesiten.

Como predican en los púlpitos, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.