Lo que no debería ser (tan) normal
Que un país tenga fuerzas militares parece lo normal, aunque hay ejemplos de estados que sobreviven sin ellas y no han desaparecido. Lo que no parece normal es que en tiempos de guerra, como los que vivimos, conociendo las brutales consecuencias para la sociedad civil —hemos pasado de un 10% de víctimas mortales civiles en la Primera Guerra Mundial al 80% de hoy en día—, y con consecuencias incalculables para el futuro, 15.000 personas hagan cola bajo el sol para subir a bordo de un portaviones —de guerra— que no es exactamente un portaviones —pero sí de guerra— donde, por no haber, no había aviones. Pero sí el olor a la guerra, que es para lo que se inventó el juguetito que ha sido pagado y mantenido con mis impuestos.
Podría parecer normal que la Armada aproveche la parada para hacer propaganda y captar entusiastas para grumetes, pero no parece muy normal que aprovechando la cola se instale un mercadillo de souvenirs nacionalistas que confunden un portaviones con una patria o una bandera con un compromiso teórico-emocional.
Es tan normal lo sucedido que puedo ver el vídeo de un periodista de un medio masivo que habla del “orgullo de nuestra Armada”, casi con el mismo entusiasmo con el que los supuestos periodistas deportivos hablan desde el hooliganismo sobre el equipo local. Es tan absurdamente normal que nadie se ha preguntado en Santander, durante la visita del “coloso” —una barquita al lado de los portaviones del imperio—, por qué el juguete de guerra lleva el nombre de un rey huido, que cada vez que abre la boca atenta contra la patria de la banderita y sobre el que pesan varios casos de corrupción que no lo han llevado a la cárcel porque han prescrito o porque es penalmente casi intocable.
Lo normal sería que hubiéramos salido a gritar un gran 'no a la guerra' —yo no lo hice—, pero lo normal también habría sido que los entusiastas de la cola nos hubieran corrido a gorrazos.
Lo normal sería que se hubieran hecho colas similares para asistir a los diferentes eventos programados por la Universidad de Cantabria bajo el título 'Guerra y dominación, heridas y reparación' o cada vez que hay una exposición donde es la belleza —no la guerra— lo que se ensalza. Lo normal sería que los/as (buenos/as) poetas sustituyeran a Blas de Lezo en el pabellón de las glorias nacionales o que los barcos de investigación científica o los laboratorios donde se buscan remedios para las enfermedades raras fueran el “orgullo de nuestra patria”. Lo normal sería que hubiera en las calles monolitos o monumentos en honor a aquellas personas que lograron un centro de salud para el barrio o a esas otras que denunciaron la corrupción a costa de su propia carrera o a estas que se empeñan en sostener las escuelas de folclore o los centros de educación popular.
Lo normal sería que pusiéramos el foco en lo importante, pero hay demasiada publicidad alrededor del ardor guerrero, de esos valores tan masculinizados relacionados con la batalla, la victoria e, incluso, la derrota —algo extrañamente endiosado en la casquería militar española—. No creo que las 15.000 personas (mal contadas) tengan la culpa de que los cines comerciales hayan mantenido la última versión de ese esperpento con nombre torrencial hasta el hartazgo o que los héroes que dan nombre a plazas y monumentos se hayan ganado tal honor en el campo de batalla o en las oficinas donde se decidía mandar a morir a decenas de miles de hombres que dieron su último aliento por la nada.
Lo normal sería lo deseable, pero lo normalizado, por desgracia, es lo que debería ser una excepción. Que Juan Carlos I respire tranquilo en su autoexilio de lujo: su nombre sigue engalanando el cascarón vacío que representa a la patria.