Josefa Pessoa, la memoria indómita de la extremeña que sobrevivió al Patronato: “El Estado fue culpable y la Iglesia su cómplice”
La trayectoria de Josefa Pessoa nace en la tierra fronteriza de la Raya extremeña, lejos de cualquier relato oficial. Nacida en Badajoz (su madre en Valverde de Leganés), su biografía está marcada por la cicatriz de la emigración forzada, ese exilio interior que empujó a miles de familias de Extremadura hacia la periferia de las grandes ciudades para servir de mano de obra barata. Josefa no llegó a Madrid a un piso de protección oficial; llegó a las cuevas y a los barrios de infravivienda del sur, donde la pobreza no solo era una falta de recursos, sino un sistema de disciplinamiento.
Hoy, a sus años, Josefa respira desde la estabilidad de una casa que habita desde hace trece inviernos. “Creo que ya era hora de estar tranquila bajo un techo”, confiesa con la voz de quien ha pasado décadas midiendo el miedo a la intemperie. Pero su descanso no es olvido. Su memoria permanece intacta y afilada, dispuesta a denunciar un sistema que, desde su infancia, intentó anularla como sujeto y como mujer.
La precariedad de su hogar en Madrid fue el primer escenario de una violencia estructural. Hija de un albañil y de una madre volcada en sostener lo insostenible, Josefa creció en un entorno donde el afecto era un lujo no permitido. “Mi madre nunca me abrazó”, recuerda, señalando ese desierto emocional que a menudo acompaña a la miseria. Como hija mayor, sobre ella recayeron responsabilidades adultas y castigos que buscaban moldear a la “mujer servicial”. Su único refugio fue la escuela, un espacio de dibujo y aprendizaje que le fue arrebatado de un plumazo a los 14 años. La orden de su padre fue tajante: se acabó el colegio, había que ganar el plato de comida.
Su entrada en la industria textil fue el bautismo en la explotación de clase. En naves dominadas por el estruendo de los telares, Josefa y cientos de mujeres sostenían la producción mientras los hombres ocupaban los puestos de mando. El ruido se le quedó incrustado en el cuerpo, igual que la subordinación patriarcal que sufría en casa: su salario se entregaba íntegro al padre y su libertad estaba sujeta a cadenas literales. En una ocasión, fue encadenada a la pata de la cama: explotada en la fábrica y tutelada violentamente en el hogar.
En aquellos años, miles de jóvenes como ella vivían atrapadas entre la pobreza, la moral nacionalcatólica y un Estado que convertía la obediencia femenina en mandato legal. La dictadura había tejido una red de instituciones —escuelas del hogar, patronatos, reformatorios encubiertos— destinadas a vigilar la conducta de las muchachas de clase trabajadora. No hacía falta cometer un delito, bastaba simplemente con no encajar en el molde de docilidad que el régimen exigía.
Ese clima de control absoluto sobre su cuerpo y su destino no era un episodio aislado, sino la antesala de algo aún más brutal.
Así, el golpe más duro de la Alianza entre el Estado y el Patriarcado llegó a los 16 años. Sin haber cometido delito alguno, bajo la figura de la “protección” moral, su padre decidió su ingreso en el Patronato de Protección a la Mujer. “Me dijeron que hiciera una maleta. Mi madre no hizo nada por impedirlo”, relata con una amargura que el tiempo no ha mitigado. Aquel centro en la sierra madrileña era, en realidad, un reformatorio encubierto donde la Iglesia y el Estado nacionalcatólico castigaban cualquier asomo de rebeldía o autonomía femenina.
Allí, Josefa vivió el hambre, el frío y el trabajo esclavo. Las internas cosían los bordes de pañuelos para El Corte Inglés, los metían en sus cajas para su venta y todo sin recibir remuneración alguna, mientras el sistema las “reeducaba” mediante el rezo y el silencio. “El culpable fue el Estado y la Iglesia fue su cómplice”, sentencia hoy con claridad política. Aquellos centros fueron el epicentro de abusos e historias de terror que hoy las supervivientes, como ella, exigen que salgan a la luz. Cuando por fin cruzó la puerta de salida del Patronato, Josefa no recuperó la libertad, solo cambió de escenario. El mundo exterior seguía marcado por la precariedad, la soledad y la necesidad de sobrevivir como se pudiera.
Tras su marcha, la vida no le dio tregua, pero Josefa encontró en la resistencia su razón de ser. Se enfrentó al acoso callejero, a los trabajos precarios y a la mirada clasista de una sociedad que la quería sumisa. “Nunca me he callado lo que no me gustaba”, afirma con orgullo. Su feminismo no nació de la teoría, sino de la piel, de la sororidad con sus amigas, de la conciencia de que ser mujer en este sistema ha sido, en sus palabras, una travesía “no para lo bueno”.
Una vida de película: entre corralas y ausencias
Y la vida siguió como siguen las cosas que no tiene mucho sentido, como cantaba aquel. Josefa recuerda los tiempos en los que frecuentaba el bar La Ochava, en la calle madrileña del Ferrocarril, con sus amigas que cuidaban a los niños de Mensajeros de la Paz. Allí conoció a Paco, un camarero de 1,90 m al que sacaba parecido con Clint Eastwood. Se mudaron juntos a una corrala “preciosa” en Mesón de Paredes, en Lavapiés, pero la convivencia no fue un idilio. “Tardamos tres meses en tener relaciones sexuales, yo tenía un miedo horroroso”, confiesa Josefa, relatando una sexualidad marcada por el pánico y la falta de deseo: “Le dejaba hacer para que me dejara tranquila. Yo todavía ni era consciente de que me gustaban las mujeres”.
La tragedia la visitó en un retrete común del patio de la corrala sufriendo un aborto espontáneo a los cinco meses. Sola, bajo un sudor frío, recogió al bebé con sus manos mientras la portera acudía a sus gritos. Tras una semana hospitalizada y tres litros de sangre recibidos, cuando llegó a su casa Paco la había convertido en una “pocilga”. Poco después volvió a quedarse embarazada. El niño nació de forma prematura y murió doce días más tarde. Aquel ingreso hospitalario coincidió con el 23F, de modo que la historia de un país y la de una mujer extremeña volvieron a cruzarse en el mismo punto trágico.
Aquel hombre, padre de su criatura, al que Josefa cuidó tras un grave accidente de moto —e incluso acompañó a su propia amante a visitarlo a la UCI por pura sororidad irónica—, terminó siendo parte de una convivencia caótica en Villaverde junto a su hermano y su cuñada. Allí, la obsesión familiar por el control volvió a aparecer: “Tenían las bombonas de gas y el armario atados con cadenas a los pies de la cama. Qué obsesión en mi familia con las cadenas, joder”, exclama.
Más tarde, la extremeña entró en la prostitución empujada por la pobreza y la ausencia de salidas laborales. Apenas tenía dinero para comer y necesitaba reunir una cantidad urgente para ayudar a un hombre cercano a ella, encarcelado entonces por tráfico de drogas. Después de encadenar empleos precarios, como la limpieza de escaleras, conoció a una mujer que le habló de los pisos donde se ejercía la prostitución en Madrid. Así comenzó un recorrido por distintos inmuebles, especialmente en la zona de Princesa y otros grandes edificios de la capital, donde permaneció durante un tiempo que, reconoce, se alargó mucho más de lo que imaginó.
Con los años, Pessoa ha reinterpretado aquella etapa y también las palabras con las que la nombraba. Entonces lo llamaba “trabajo”, explica, porque era la única forma de obtener ingresos, aunque hoy rechaza esa definición. Recuerda un periodo atravesado por el miedo, las agresiones y la necesidad de beber para soportar el trato de algunos clientes y la dureza cotidiana de los pisos. “Hubo momentos de terror”, resume. Finalmente logró salir de ese circuito e iniciar otra etapa vital compartiendo vivienda con una mujer con la que mantuvo una relación.
Hoy, aunque el cuerpo le pesa y los dolores le impiden gritar en las manifestaciones como antaño pero su discurso sigue siendo una barricada. Josefa Pessoa no es una víctima pasiva; es una memoria política que sigue caminando y haciendo camino. Su historia es la de la mujer extremeña que no se dejó romper, la de la trabajadora que reclama su sitio y la de la feminista que, a pesar del cansancio, mantiene el puño en alto.
Propuesta para la reparación
El testimonio de Josefa Pessoa nos obliga a mirar de frente las deudas pendientes de nuestra democracia. No basta con escuchar su historia; ahora por fin, se cree necesario convertir su vivencia en una demanda política urgente que incluya tres ejes fundamentales: primero, el reconocimiento público y el perdón institucional. El Estado español debe pedir perdón formalmente a las mujeres que, como Josefa, fueron víctimas del Patronato de Protección a la Mujer, reconociendo el daño irreparable causado a su juventud y dignidad. Segundo, la reparación y memoria ya que es imperativo documentar y musealizar la historia de estos centros, integrando la perspectiva de género en la Ley de Memoria Democrática para que estas “olvidadas” ocupen el lugar que les corresponde en la historia nacional. Y tercero, la justicia económica, ya que deben establecerse mecanismos de indemnización para aquellas mujeres cuya fuerza de trabajo fue explotada de forma esclava bajo tutela estatal y religiosa.
La paz que hoy, por fin, disfruta Josefa bajo su techo no es un regalo: es una tregua conquistada a pulso. Ahora toca asegurar que su lucha se transforme en justicia colectiva. Su vida demuestra que la memoria no pertenece al pasado, sino que es un territorio en disputa permanente. Mientras el Estado no asuma su responsabilidad y la Iglesia no rinda cuentas por su papel en aquel engranaje de violencia, la historia de Josefa seguirá siendo una herida abierta en nuestra democracia. Ella —como tantas otras— ya habló; ahora le corresponde escuchar al país.
Josefa Pessoa no es una víctima pasiva ya que sigue siendo una memoria política que sigue reinvidicando. Es la mujer extremeña que no se dejó quebrar, la trabajadora que exige su sitio y la superviviente que, tras una vida de cadenas reales y simbólicas, ha logrado por fin soltarse los grilletes. Hoy, aunque el cuerpo pese, su puño sigue alzado contra el olvido. Y nos recuerda que la calma que por fin habita bajo su techo no es un obsequio, sino la última y más luminosa trinchera de una mujer que ya no le debe silencio a nadie.
0