El verano en que el 'New York Times' miró a los cines de Albacete: de Imperio Argentina a las incautaciones al inicio de la Guerra Civil
El golpe de Estado de 1936 y sus meses posteriores tuvieron dos curiosos protagonistas cinematográficos en Albacete: The New York Times y la actriz Imperio Argentina. El rotativo estadounidense porque convirtió en noticia internacional la reapertura de las salas locales una vez apaciguados los ánimos tras el fracaso del levantamiento en la ciudad, y la artista argentina porque su película Morena Clara, dirigida por Florián Rey y que protagonizaba junto a Miguel Ligero, desató un gran interés entre el público albacetense, provocando un intenso tira y afloja comercial entre el popular empresario de espectáculos Bienvenido Herreros, responsable del Teatro-Circo, y Cifesa.
El 8 de agosto de 1936, una atroz sequía azotaba a los agricultores de Kansas, en Estados Unidos, lo que se había convertido en una emergencia nacional para el presidente Franklin D. Roosevelt.
Ese mismo día, los neoyorquinos vieron cómo un enorme dirigible alemán, el Hindenburg, cruzaba de nuevo la ciudad de los rascacielos y acariciaba el Empire State Building luciendo la esvástica como bandera alemana en su parte trasera. Esa jornada, ambas noticias compartían protagonismo con otra información en The New York Times: Albacete reabre los cines.
El artículo, fechado en Albacete un par de días antes, recogía un teletipo de Associated Press que señalaba que una vez que el gobernador civil de la provincia, Manuel Pomares Monleón, había regresado desde Alicante “para reasumir la administración civil en esta capital”, la ciudad había recuperado “su atmósfera normal, con cafés y cines abiertos”.
Esa noticia, publicada en una página destacada del rotativo norteamericano, pudiera parecer un dislate teniendo en cuenta lo que sucedía entonces en España. Pero el editor del periódico con sede en la Octava Avenida de la Gran Manzana trataba de explicar con ese titular de candidez tan evidente que la normalidad parecía haber regresado a las calles de la ciudad tras el golpe de Estado protagonizado por Franco el 18 de julio contra el Gobierno de la II República, elegido por el pueblo español en los comicios celebrados apenas unos meses antes, en febrero.
Albacete estuvo en manos de los golpistas menos de una semana. Al día siguiente de la sublevación militar iniciada en Melilla, es decir, el 19 de julio, el teniente coronel de la Guardia Civil en Albacete, Fernando Chápuli, se puso al servicio de los rebeldes y apoyó el levantamiento, con todo lo que ello significaba: relevo forzado al frente de las principales instituciones provinciales y locales; corte de las comunicaciones entre el Levante y la capital de España, y miedo, crimen e incertidumbre en una ciudad en la que la inestabilidad había tomado el mando desde hacía semanas.
Con ese panorama, no estaba el ambiente ni para películas ni para obras de teatro. La cultura suele ser de las primeras víctimas de los conflictos armados, como sucedió en el 36 porque, en esos momentos, las urgencias eran otras. Pero si un café, un comercio, un cine, una sala de fiestas, un teatro… reabría sus puertas significaba que, aunque a trancas y barrancas, la rutina trataba de recuperar el pulso de la calle.
En los medios de comunicación de aquel entonces parecía existir interés y voluntad por ofrecer una imagen de sosiego de lo que sucedía en Albacete y de otros territorios que, en un primer momento, se vieron arrastrados por el movimiento golpista. En el caso de la ciudad y de la provincia, los amotinados aguantaron pocos días en su intento de acabar con el orden democráticamente establecido en manos del Frente Popular.
Y cuando, con el apoyo de milicias procedentes de provincias cercanas, se recobró cierto apaciguamiento, y las instituciones volvieron a estar dirigidas por sus legales responsables, los albacetenses regresaron al cine y al teatro. Y hasta celebraron la Feria, distinta, pero, al fin y al cabo, Feria, del 7 al 15 de septiembre, con lo de siempre, deporte, fuegos artificiales, verbenas, carruseles, toros, teatro, cine ambulante… y desfiles militares.
Carteleras frente a la tensión callejera
No obstante, el verano de 1936, a pesar de todo, tuvo su particular historia en los cines albacetenses. El público descubrió el séptimo arte en tres dimensiones, disfrutó en vivo y en directo de una de las estrellas del celuloide de la II República, Raquel Rodrigo. Y hasta acudió a la Plaza de Toros para ver películas bajo la luz de la luna.
Aquel estío comenzó en un ambiente de “tranquilidad absoluta” en la ciudad, según recogió El Diario de Albacete el domingo, 21 de junio, afirmación discutible ya que unas horas antes se celebró el entierro de un hombre que había sido asesinado por arma de fuego “en la colisión que tuvieron elementos de distinta ideología”. La versión del diario República era otra, y según testimonios recogidos entre testigos de lo sucedido, “fascistas” y “socialistas” se enfrentaron a cuenta de unos pasquines, lo cual acabó en una persecución con los primeros armados con pistolas, y en una trifulca en plena calle Tejares, un disparo desafortunado acabó con la vida de un vecino que salía de su casa.
Esa jornada, los cines funcionaban con normalidad; el Capitol, abierto un par de años antes por el potentado Francisco Mahiques, proyectó un pase doble, con La patrulla perdida, cinta bélica de 1934 dirigida por John Ford y protagonizada por Victor McLaglen, Boris Karloff y Wallace Ford, y otra película norteamericana, El embrujo de Manhattan, rodada en 1935 bajo la batuta de Stephen Roberts, y con la mítica Ginger Rogers en el plantel artístico.
Mientras, en el Teatro-Circo de Bienvenido Herreros, la oferta la conformaron El carnaval de la vida, de Walter Lang, con Jimmy Durante, y La sangre manda -título premonitorio de lo que estaba por llegar-, obra de 1934 de Tod Browning, y que tenía entre sus principales reclamos artísticos a Lon Chaney. Y todo ello en una ciudad que tenía otras formas para divertirse, un festival taurino y un concierto de la Banda Municipal de Música en los Jardinillos de la Feria.
Llegó el 24 de junio, cuando tradicionalmente, y a pesar de lo que marque el solsticio de verano, comienza en Albacete la estación más calurosa del año coincidiendo con la festividad del Patrón, San Juan.
Ese día se inauguró la temporada de 'cine sonoro' en la plaza de toros, bajo la dirección, también, de Bienvenido Herreros. Para el debut, la “grandiosa película”, según la cartelera, La nave de Satán, el drama de Harry Lachman, con Spencer Tracy y Rita Hayworth.
Los precios eran “popularísimos”, “como en años anteriores”. Herreros había echado ya el cierre a la temporada en el coliseo de la calle Isaac Peral, tradición de las empresas exhibidoras en nuestra ciudad, aunque en el caso del Capitol, todavía aguantó algunos días. Y ese miércoles sanjuanero proyectó Nido de águilas, la “formidable cinta de aviación” de 1935 de Richard Rosson, con Wallace Beery y Robert Young, entre otros muchos.
La llegada de las tres dimensiones
Los días de ese extraño verano pasaban, y la censura no era una mera advertencia de primera página. Los textos pasaban un riguroso filtro, e incluso, los periódicos lucían con noticias tachadas, emborronadas para hacerlas ilegibles porque no convenían.
Pero había periodistas que preferían no quedarse de brazos cruzados, y con cierta sorna -mucha sorna- dejaban de manifiesto su incomodidad por el recorte de sus textos. Pongamos como ejemplo la sección Albacete al día, en portada del conservador El Diario de Albacete del viernes, 26 de junio, en la que se aseguraba: “El calor se ha volcado de lleno sobre la ciudad. El caminar se hace fatigoso. El escribir también, aunque en cuenta no lo tenga el señor censor”. Y a partir de ahí, daba cuenta de cuestiones tales como que “continúa abierto el Capitol, y proyectándose bonitas películas por la empresa de la Plaza de Toros”. Y poco más.
Entre los grandes acontecimientos culturales, el que se produjo el 25 de junio, cuando se estrenó en el Capitol, un cortometraje que recogía “los intentos del cine en relieve”. De esta forma se refería la cartelera periodística a Audioscopiks, “algo que deja maravillados a los espectadores que saborearon con gran complacencia”, un documental de la Metro-Goldwyn-Mayer que, estrenado semanas antes en el Actualidades de Madrid, pretendía ofrecer un avance de lo que había de ser una nueva conquista del cinema, en referencia a la tercera dimensión.
No era una novedad, ya que se ensayaron fórmulas similares con anterioridad, pero este film, dirigido y creado en 1935 por Jacob F. Leventhal y John A. Norling, fue nominado a un Oscar en los Premios de la Academia en 1935 como mejor cortometraje al constituir toda una novedad.
Además, eran precisas unas gafas especiales en colores rojo y verde para contemplar con un realismo algo fallido las imágenes que se proyectaban sobre el lienzo de plata, eso sí, en Technicolor.
Uno de los momentos clave desde el punto de vista artístico de ese verano del 36 fue la presencia de Raquel Rodrigo. Fue el 9 de julio cuando el Capitol dio el gran golpe en materia de espectáculos al presentar en persona a una de las mayores estrellas del celuloide de la II República.
El éxito de la protagonista de películas tan populares como Doña Francisquita, dirigida por Hans Behrendt y protagonizada junto a Fernando Cortés, y La verbena de la Paloma, de Benito Perojo y que contaba además en el reparto con Miguel Ligero, fue tan arrollador que la empresa logró retenerla para un recital extraordinario el domingo 12 de julio, sirviendo de broche de oro antes del cierre estival de la sala por falta de climatización.
Hubo más curiosidades en las pantallas albacetenses. Por ejemplo, el 11 de julio, la Plaza de Toros acogió la proyección de una “película científica” sobre la caída del cabello promovida por un tal señor Mourade, quien pasó el fin de semana pasando consulta médica milagrosa en el Hotel Central. Y en ese cine provisional hubo otras sesiones, pero no tan exóticas.
Incautación sindical y la paradoja de la taquilla
Paralelamente, las empresas cinematográficas seguían a la caza y captura de las mejores cintas, aunque la normalidad comercial se quebró definitivamente tras el golpe de Estado. Entonces, ¿cuál podía ser la salvación económica de los exhibidores? El cine folclórico de Cifesa. Películas como Morena Clara, dirigida por Florián Rey y protagonizada por Imperio Argentina y Miguel Ligero, serían una ayuda para llenar las cajas registradoras.
El caso de Morena Clara es curioso. Se estrenó en Albacete el 11 de abril de 1936 en el Teatro-Circo, a la vez que en el cine Rialto de Madrid, y las críticas no podían ser mejores. Según El Diario de Albacete, con esta cinta, Cifesa había alcanzado la “culminación de sus desvelos por el cinema nacional” al realizar producciones “espléndidas” en cuanto a su calidad. La crítica explicaba que el film se basaba en la popular comedia de los hermanos Álvarez Quintero y Antonio Guillén, señalando que al llevarla a la pantalla -le llamaba el lienzo-, la historia “gana bastante” al adquirir una vivacidad, consistencia y gracia que en el estrecho marco del escenario teatral dependía exclusivamente de la actuación de la actriz Carmen Díaz.
El crítico, Ruizva, elogiaba a la protagonista, Imperio Argentina, afirmando que bordaba el papel. El hecho es que la película dejó “completamente complacido” al público al tratarse de una de las mejores producciones por Cifesa, y llenó los bolsillos del empresario, puesto que la cinta se seguiría proyectando en sesiones de sobremesa, tarde y noche, manteniéndose en cartelera prácticamente una semana.
Con estos antecedentes, Bienvenido Herreros pensó en salvar la temporada de aquel ajetreado verano con la reposición de Morena Clara en la Plaza de Toros. Y trató con ahínco de que Cifesa se la realquilara a buen precio. La documentación de custodia el Archivo Histórico Provincial de Albacete (AHPA) así lo demuestra.
La primera de las comunicaciones data del 1 de julio de 1936, cuando Herreros preguntó a la productora fundada por la familia Casanova si podría disponer de nuevo de Morena Clara; aquella petición terminó por caer en saco roto tras el 18 de julio.
Pero el 10 agosto, el empresario del Teatro-Circo volvió a la carga y remitió otro escrito a la compañía valenciana -considerada el Hollywood español- en la que afirmaba que una vez pasada en esta provincia “la anormalidad y recobrada nuevamente la calma y, por tanto, bastante de su vida normal”, interesándose de nuevo por las condiciones en las que se podrían conseguir esta y otras películas para su proyección en la plaza de toros, e instaba a una “rápida contestación”. Finalmente, ambas partes no se pusieron de acuerdo, y la temporada pasó sin que los albaceteños y albaceteñas vieran de nuevo Morena Clara sobre la pantalla efímera del coso taurino.
Tuvo que pasar la Feria de septiembre para que la película fuera ofrecida de nuevo a Bienvenido Herreros por 3.000 pesetas, seis veces más cara que otras cintas de moda en aquel momento, como Nobleza Baturra o La verbena de la Paloma, y se encarecía hasta 10 veces en comparación con películas tales como Rumbo al Cairo, dirigida por Reinhold Schünzel y protagonizada por Renate Müller y Adolf Wohlbrück, o La sangre manda.
Por cierto, que si Imperio Argentina llenaba los cines durante la II República en Albacete, también lo hizo durante la Guerra Civil, puesto que se proyectó para las Brigadas Internacionales. Pero la carrera de la artista argentina giró tras 1939, cuando incluso rodó en la Alemania nazi. Pero esa es otra historia.
Los cines, “fuente de cultura y desarrollo”
Unos días antes de la Feria, el 5 de septiembre de 1936, el sector del espectáculo sufrió el gran cambio. Ese día, la Federación Española de la Industria del Espectáculo Público de UGT ejecutó la incautación y control de Capitol y Teatro-Circo. Mediante un comunicado, el sindicato justificó la intervención para transformar el teatro en “una fuente de cultura y desarrollo de los verdaderos sentimientos del pueblo”, destinando los ingresos a sostener a quienes luchaban en el frente y en la retaguardia.
Para el Teatro-Circo, no fueron muy bien las cosas. El 10 de septiembre el balance manuscrito de este local registraba un saldo neto de pérdidas, lo que se repitió en días posteriores. Y no era cuestión de unos cuantos cientos de pesetas, sino varios miles, según la contabilidad oficial. Hubo sesiones en las que el balance negativo superaba las 3.200 pesetas.
Además, la gran paradoja de la retaguardia albacetense radicó en el choque entre el teatro de agitación política que deseaban sindicatos y partidos y el cine de evasión que exigía el público. Los teatros se convirtieron en sedes de una intensa actividad política, y no sólo representaciones teatrales, sino también mítines. Entre las obras representadas esos días en las salas albaceteñas, desde Nuestra Natacha, de Alejandro Casona, El Faro de Santamarina, un drama social de Ángel Lázaro o también El Secreto, de Ramón J. Sender. Y para concluir sonaba desde el Himno de Riego a La Internacional.
Queda claro que las películas, como las bicicletas, son para el verano. Aunque en tiempos de crisis e incertidumbre, las salas pasasen a fundido en negro.