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Cajas de herramientas para mundos distintos: la resiliencia generacional a examen

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“Es que antes no mirábamos tanto las cosas. Ahora todo son emociones, análisis psicológicos y traumas... Nosotros nos criamos de otra manera, trabajando desde jóvenes, aguantando lo que venía y sin tanta historia; y aquí estamos, sin habernos muerto por ello”.

Estas frases, dichas entre el cansancio y el orgullo por un padre a su hijo durante una sobremesa familiar, sintetiza una brecha generacional cada vez más cotidiana. Por un lado, la visión pragmática de quienes consideran que el malestar actual se debe a una sobreprotección o a un exceso de introspección; por el otro, la experiencia de una juventud que ha aprendido a ponerle nombre a la ansiedad, a cuestionar dinámicas invisibles y a buscar espacio para la salud mental.

A menudo tendemos a caer en la trampa nostálgica de pensar que las generaciones de los años 50 y 60 contábamos con un blindaje emocional mucho mayor ante la adversidad. Sin embargo, cuando analizamos esto desde la ciencia y desde la práctica clínica, de la mano de profesionales como la psicóloga Ana González Plaza la conclusión resulta mucho más compleja e interesante: no se trata de que una generación sea genéticamente más resistente que otra, sino de que las circunstancias históricas favorecieron el desarrollo de herramientas de supervivencia rotundamente distintas. Cada época, en definitiva, parece construir su propia caja de herramientas para enfrentarse al mundo que le toca vivir.

En España, quienes nacimos aproximadamente entre 1950 y 1965 crecimos bajo una coyuntura particular; éramos hijos de una generación marcada por la Guerra Civil y la posguerra, y nos educamos en el contexto del franquismo, dentro de una sociedad jerárquica, con recursos limitados y en la que apenas existía un vocabulario para identificar emociones o hablar abiertamente de salud mental.

Al mismo tiempo, llegamos a la madurez en una España en profunda transformación social y económica. Todo ese entramado social favoreció el desarrollo de capacidades especialmente valiosas para la época: un alto umbral de tolerancia al esfuerzo y a la frustración, sentido de la responsabilidad, capacidad pragmática de resolución de problemas, abnegación y una firme disciplina para aplazar recompensas e ir hacia adelante aun en situaciones francamente desfavorables. Eran, por decirlo así, algunas de las herramientas que aquella época nos enseñó a llevar siempre en la caja.

En Castilla-La Mancha , especialmente en sus pueblos y entornos rurales, ese aprendizaje tuvo una expresión muy arraigada. Para muchos de quienes vivieron allí su infancia y juventud, el 'hay que aguantar' formaba parte de una manera de entender la vida que se aprendía desde la infancia y se transmitía de generación en generación. No porque se sufriera menos, sino porque apenas existían palabras ni espacios para hablar de ese sufrimiento.

Por supuesto, hablamos de tendencias generacionales y no de experiencias idénticas: la clase social, el género, el territorio, la estructura familiar o las circunstancias personales hicieron que aquella experiencia fuera muy distinta para unas personas y otras. No todos crecimos con las mismas dificultades ni dispusimos de los mismos recursos. Pero sí compartimos, en mayor o menor medida, un contexto que convirtió determinadas formas de afrontar la vida en virtudes casi incuestionables.

Pero toda adaptación tiene otra cara menos visible y, a veces, mucho más dolorosa emocionalmente. Esa misma firmeza, moldeada por la máxima imperativa del 'hay que aguantar', con frecuencia venía acompañada de una severa represión emocional donde la vulnerabilidad se interpretaba como debilidad. Porque aunque la consigna del 'yo puedo con todo' otorga una enorme autonomía, también puede levantar barreras a la hora de pedir ayuda y, en algunas personas, asociarse con el tiempo a somatización, aislamiento, estrés crónico o sintomatología depresiva.

Posiblemente, el problema no estuviera en aquellas herramientas, sino en haber aprendido a utilizar casi siempre las mismas. Nos enseñaron a apretar los dientes, a seguir adelante, a no quejarnos y a resolver. Y esas herramientas fueron extraordinariamente útiles para el mundo que nos tocó vivir. Pero una herramienta que resulta imprescindible para atravesar una tormenta no necesariamente es la que necesitamos cuando la tormenta ha pasado.

Por el contrario, las generaciones actuales han crecido con un conocimiento emocional mucho mayor que les permite detectar el malestar de forma temprana, buscar acompañamiento psicológico sin la vergüenza de antaño y desenvolverse en un entorno hiperconectado, caracterizado por nuevas formas de presión y comparación social. También ellas han construido su propia caja. Quizá sea una caja más llena de palabras para nombrar lo que ocurre por dentro, de recursos para pedir ayuda y de una mayor conciencia sobre los propios límites. Pero tampoco está exenta de herramientas que pueden resultar difíciles de manejar: la hiperexposición, la comparación constante, la incertidumbre o la necesidad de estar permanentemente conectados.

Desde la psicología contemporánea, como recalca la psicóloga clínica Ana González Plaza, la resiliencia no se define como una cualidad rígida o inmutable con la que se nace, sino como un proceso dinámico de interacción con el medio, donde cierta dosis de adversidad puede estimular recursos de afrontamiento, pero una acumulación excesiva de la misma genera vulnerabilidad. La caja de herramientas, por tanto, no viene cerrada de fábrica: se va construyendo, ampliando y modificando a lo largo de la vida.

Y quizá aquí encontremos uno de los aprendizajes más interesantes para nuestra generación. Cuando nos adentramos en la etapa de los 60 a 75 años (enfrentando la jubilación, el nido vacío, las pérdidas personales o los cambios corporales) ya no se trata únicamente de demostrar cuánto somos capaces de soportar. La teoría de la selectividad socioemocional desarrollada por Laura Carstensen nos recuerda que, cuando percibimos el tiempo como un recurso limitado, tendemos a priorizar aquello que aporta significado emocional profundo. La pregunta deja entonces de ser cuánto podemos aguantar y empieza a ser qué merece realmente nuestro esfuerzo.

Tal vez esa sea una de las herramientas que más necesitamos incorporar ahora: la capacidad de elegir. No todo tiene que ser soportado, no todo conflicto tiene que ser resuelto y no toda dificultad debe convertirse en una nueva prueba de resistencia. Después de toda una vida aprendiendo a cargar con el peso, quizá también haya llegado el momento de preguntarnos qué cargas seguimos llevando simplemente porque nunca aprendimos a dejarlas.

Por ello, la tarea psicológica madura de esta etapa no consiste en seguir demostrando cuánta carga somos capaces de soportar en soledad, sino en ampliar la caja de herramientas disponible: conservar la valiosa cultura del esfuerzo, la responsabilidad y la capacidad de resistencia, mientras incorporamos el autocuidado, la aceptación, la flexibilidad, la capacidad de poner límites y la reconciliación con nuestra propia historia vital.

No se trata de sustituir unas herramientas por otras, ni de decir que las nuevas generaciones han aprendido mejor que nosotros. Se trata de entender que cada generación recibió una caja diferente porque tuvo que enfrentarse a un mundo diferente. Algunas de nuestras herramientas siguen siendo extraordinariamente útiles; otras quizá fueron necesarias entonces y hoy pesan más de lo que ayudan. Y también podemos aprender de quienes vienen detrás: quizá ellos sepan poner nombre a heridas que nosotros aprendimos simplemente a soportar.

Cada generación hereda sus propias fortalezas y también sus propias heridas. El objetivo final no es dirimir quién fue más fuerte, sino ampliar la caja de herramientas de quienes vienen detrás y, al mismo tiempo, permitirnos a nosotros mismos utilizar herramientas que durante décadas ni siquiera sabíamos que existían. Rescatar lo que nos sirvió no significa estar obligados a transmitir intacto aquello que nos hizo daño.

Puede ser que algún día, en otra sobremesa, ese padre le diga a su hijo: “A lo mejor nosotros aprendimos demasiado pronto a aguantar y vosotros aprendisteis antes a pedir ayuda”. Y el hijo le responda: “Y nosotros tendremos que aprender de vosotros que no todo lo difícil se puede evitar”.