Que el descontento no anule la imaginación castellanomanchega
Asistimos a una inercia letal. La marcha atrás que vemos en la política castellanomanchega hoy no es un fenómeno aislado, sino el reflejo regional de una dinámica global y nacional ultraderechista, a la que se suma el desgaste de una gestión autonómica que, a fuerza de inercia, ha generado desencanto y abstencionismo en el electorado progresista de nuestra región.
Es un grave error seguir utilizando las mismas recetas de siempre: lo que ayer se vendía como estabilidad y moderación, hoy corre el riesgo de volverse prehistórico ante las urgencias del presente. El descontento y el malestar social que recorren nuestros pueblos y ciudades deben obligarnos, imperativamente, a activar una nueva imaginación política en Castilla-La Mancha.
El problema de la izquierda en nuestra comunidad es su progresivo divorcio con las mayorías sociales y la realidad rural y urbana de la región. La política con mayúsculas no puede reducirse al marketing institucional ni a una campaña electoral permanente desde los despachos de Toledo. Para que una alternativa transformadora funcione, se mantenga y sea capaz de disputar la hegemonía y romper el bipartidismo tradicional en las Cortes regionales, debe asentarse sobre un diagnóstico común y una unidad intelectual auténtica que entienda nuestra dispersión comunitaria.
Mientras la izquierda se desgasta en debates internos, las fuerzas conservadoras avanzan a base de inocular el miedo, azuzar el agravio territorial y fomentar el enfrentamiento bajo discursos excluyentes. Frente a la estrategia de fragmentar a la ciudadanía y condenar a nuestros municipios a competir por las migajas, la única respuesta real es la universalización radical de los derechos y el blindaje de los servicios públicos —la sanidad rural, la educación, la atención a la dependencia y el acceso al agua— a través de una Junta de Comunidades que actúe como un escudo protector real para todas y todos los castellanomanchegos.
Se peca de ingenuidad en la región. Limitarse a la 'buena gestión' o a un pragmatismo conformista es no darse cuenta de que, en la actual coyuntura, eso ya no basta. Hay que salir a la ofensiva cultural y social, siendo capaces de tejer un verdadero tejido comunitario y popular que movilice a la sociedad civil y sostenga mayorías legislativas estables y valientes en el Parlamento regional. Esta sería la única manera de frenar la judicialización de la iniciativa política y ayudar a la ciudadanía a diferenciar con claridad lo que son ataques partidistas espurios de las dinámicas de fiscalización democrática necesarias.
La conversación pública en nuestra autonomía se ha convertido a menudo en un 'totum revolutum' alimentado por dinámicas de confrontación nacional que saturan nuestros informativos y debates locales. Este ruido diario y la réplica mimética de las disputas de Madrid eclipsan las realidades y problemáticas específicas de nuestra tierra, diluyendo las discusiones sobre la precariedad laboral, el reto demográfico o la gestión de nuestros recursos naturales. Ni en el plano autonómico ni en el local vale ponerse de perfil; son imprescindibles las explicaciones claras, la transparencia absoluta y una fiscalización implacable ante cualquier sombra de clientelismo o mala praxis en nuestras instituciones.
Que a la desconexión o al acomodo de la gobernanza regional se le responda desde la oposición con una estrategia puramente destructiva y de enmienda a la totalidad, solo puede degenerar en un debilitamiento de la confianza de los castellanomanchegos en sus propias instituciones autonómicas, que es el verdadero epicentro del retroceso democrático.
Tanto fango mediático y polarización importada nos impide centrar la atención en los debates estratégicos, energéticos, medioambientales y económicos decisivos que están reconfigurando el mapa de nuestra región en el siglo XXI. Porque, nos guste o no, Castilla-La Mancha no es una isla inmune a los cambios globales, sino un territorio profundamente interconectado.
La desigualdad estructural y una gobernanza de la información fuertemente centralizada pretenden decidir qué nos debe conmover y qué realidades debemos esconder bajo la alfombra; rebelarse contra ello con imaginación y soberanía social es el gran reto de nuestro tiempo.