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Toledo en ‘Ángel Guerra’ de Galdós

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Nada más iniciarse la novela, Ángel Guerra, el personaje que da título al libro, es presentado como un facineroso, herido, huido de la justicia, en un tris de ser trincado por su actividad revolucionaria en una de aquellas refriegas y revueltas sociales tan típicas de la segunda mitad del siglo diecinueve en España. La acción comienza situándose en el centro de Madrid, y Ángel Guerra es un tipo ateo, en agudo conflicto con su madre todavía viva, y, por lo tanto, aún no gozante del rico patrimonio familiar.

A este librepensador, en la dinámica del relato, le coge el inesperado fallecimiento de su progenitora, ya achacosa, pero tirana, con quien está tratando de reconciliarse, y al verse dueño, como único heredero, de los caudales y los inmuebles, tanto en Madrid como en Toledo, donde ahonda una parentela que dispone de edificios y fincas, que ahora son suyos, aplica una nueva mentalidad a la cuestión social debido al nuevo ‘status’ que ha adquirido su persona.

En Toledo, Ángel Guerra se reafirma en aumentar su devoción por la liturgia y se propone fundar, en el cigarral que ha heredado, una casa benéfica que acoja, sin rechistar ni discriminar, a los desgraciados que allí acudan, aplicando una estricta práctica cristiana (no inquirir, no defenderse, desproveerse).

Aquí ya el personaje va creciendo en su actividad alucinatoria y se convierte en un quijote, no de la caballería sino del culto. Y Toledo también se convierte, no en un simple escenario de fondo, sino en un verdadero y principal personaje de la narración influyendo con poderosa, aun sutil, determinación en las acciones y resoluciones de los demás personajes que Galdós, gracias a su dominio de la técnica de novelar, modela como entes de carne y hueso, animados y discurriendo en nuestra actividad lectora por el soplo vital del escritor que nos ofrece esta gran situación realista.

Muchas veces, en la novela, Galdós, al describir un amanecer toledano, o el sonido del río al hacer el viaje 'dantesco' por el Barco Pasaje, o el lóbrego interior de una catedral repleta entonces de personal, rica en menestralía parasitaria, lo que hace es predisponer a esta gente que transita entre las callejas a que realicen sus actos en connivencia con la orografía, el paisaje y la luz de Toledo.

Si convenimos en que Cervantes es el novelista superior de nuestra historia del idioma, de la literatura que nace de este idioma español o castellano, hemos de convenir también en que Galdós le sigue, es el segundo, y que si Cervantes no hubiese dado ‘Don Quijote’, sin duda Benito Pérez Galdós sería el más grande novelista español.

La aplicación realista de este autor nacido en Canarias es tal que el lector recrea la historia que él trazó como sentidamente vivida, gracias a los potentes recursos literarios suscitando esa magna sugerencia imaginativa por la que el que lee se zambulle completamente en el mundo que el novelista ha inventado. Y no solo se paladea el control y dominio de la historia en sí, su argumentación, su plástica, sino todo el cúmulo de disertaciones filosóficas, atendiendo sobre todo a una filosofía práctica y diáfana de la vida, que la novela contiene en muy espaciosa medida.

Luis Buñuel quiso hacer una película que recreara esta novela. No pudo ser, pero ‘Tristana’, cuya acción se traslada desde el Chamberí madrileño hasta la Ciudad Imperial, es el gran homenaje a Toledo, y a Galdós, del cineasta turolense. En el film hay una secuencia donde conversan Don Lope y el pintor Horacio, amante de Tristana, rodada en el vestíbulo del antiguo hotel del Lino, precisamente donde Galdós se alojaba en Toledo.

Ya fijados los personajes en la mente lectora, personajes vivazmente populares, sorprende cómo algunos, hasta los más desconsiderados y abyectos, suelten esos discursos donde la realidad queda perfectamente esquematizada y utilísima para aprehenderla. Galdós creía en “la sociedad como materia novelable”, entrecomillado que es el título de su discurso de ingreso en la Academia en febrero de 1897.

Su creencia, en este sentido, se basaba en que el escritor es un intermediario que se inspira en el vulgo, devolviéndole ese mismo vulgo, ya transformado, al vulgo que entonces se convierte en público y juzga al escritor.

El lenguaje de los diálogos de esta sorprendente novela llena de vida al conjunto de entes de ficción que borbotean en la narración y realizan los recorridos por ese Toledo decadente y eclesial, con la imponente basílica catedralicia como centro acogedor, sí, más sombrío y huraño, de la legendaria urbe.

Galdós, alojado en el antiguo hotel del Lino, como hemos dicho, en sus muchas visitas a la ciudad, tuvo que patear bastante por las torcidas calles con su gran oreja puesta. Y lo que captaba de las conversaciones, del habla metafóricamente sencilla y ampulosamente sanchopancesca del pueblo, todo lo que percibía de la comunicación consuetudinaria lo trasfundía, de un modo tan atractivo y ya autónomo, a las páginas de sus relatos. El habla de Toledo le parecía a Don Benito que sonaba “como agua entre peñas”.

Por él he recordado, después de estar sepultadas en mi olvido durante muchos años, algunas expresiones oídas en mi infancia en Toledo. Por ejemplo, cuando a mi madre le demandaba la promesa de un regalo diciéndole: “¿Cuándo me vas a comprar esto?”, mi madre, ajena a mi impaciencia, contestaba: “¡Cuando San Juan baje el dedo!”, expresión que Galdós refleja en algún trecho de su novela, de esta magnífica novela que es Ángel Guerra y que, en la opinión de Menéndez Pelayo, era la gran rival de la monumental Fortunata y Jacinta.

Por fin, esta obra se aglutina en una tesis que, al descubrirla, ya me sonaba, ya la había yo descubierto en el film Viridiana, de Luis Buñuel. Buñuel era un gran admirador de Galdós; lo prueban sus dos adaptaciones de sendas historias galdosianas, Nazarín y Tristana. Como Galdós, Buñuel en Viridiana también muestra los efectos tan desastrosos que ocasiona un ejercicio puro de caridad en una sociedad que siempre tiende a manejos despiadados de la coyuntura que se presente, acabando en la violencia y el crimen.

Desde luego Ángel Guerra transparenta la inmortal obra cervantina. El personaje Juan Casado, beneficiado de la Catedral, tiene, por su habla tan expresiva y su resuelta filosofía doméstica, la hechura de Sancho Panza. Ángel Guerra es el loco que, como Alonso Quijano, muere en el último capítulo desdiciéndose algo de su loca pasión, solo algo (lo que significa que no alcanza antes de morir la completa cordura).

Solo recordar, por último, que mi amigo, el muy polifacético escritor seguntino José Esteban, me decía que una ciudad no existe si no es rescatada por la literatura. Pues bien, Toledo no existiría, pese a la nutrida historia toledana, su mitología y su vasta nómina de referencias literarias, si la escritura de la novela galdosiana Ángel Guerra no hubiese acontecido.