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Cuando todo se vuelve silencio

Raúl Antón Lozano

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Solo silencio. No se oye la brisa del aire entre las hojas de los árboles, ni los pájaros, ni los insectos, ni el 'chasquido' de las piñas cuando el sol las calienta en estos días de agosto. Solo un terrible silencio que lo aplana todo.

Paseo todos los días, desde que el fuego se llevó la vida de nuestros montes, por estos senderos de ceniza y no dejo de sobrecogerme por este espantoso silencio.

Ni siquiera resuenan nuestras pisadas, acolchadas por este manto gris que todo lo cubre. Se fue la vida como si un grito gigante hubiera arrasado con toda su furia esta montaña antes verde y llena de movimiento.

¿Cuánto tiempo tarda la vida en asentar un territorio? Cuánto tarda el suelo en hacerse fértil, cuánto en elevarse las majestuosas encinas, cuánto el agua en labrar los profundos barrancos, cuánto en criarse los alegres petirrojos y los robustos tejones.

¿Cómo es posible que todo este vergel desapareciera en unas horas? Camino preguntándome por qué cuesta tanto a la vida abrirse paso y en cambio tan poco en ser destruida. Porque no es parejo el tiempo del hacer con el de borrar. Siento un vértigo opresivo al observar la fragilidad de la vida y el desprecio con que los seres humanos nos relacionamos con ella.

Lloro en los rincones donde mi memoria asentó un recuerdo. Aquellas sabinas donde me resguardaba con mis hijos en los fríos inviernos, la encina colgada del barranco donde nos sentábamos a merendar o aquellos olivos donde descansan los familiares que se fueron hace tiempo. El fuego nos arrebató aquellos lugares en los que estar era volver al pasado.

Nuestra identidad se fija con el territorio. Somos porque el paisaje está ahí, él es el ancla que permite que permanezcamos frente al olvido. Pero, si el paisaje ya no está, ¿Quiénes seremos a partir de ahora? Los animales huyeron de este territorio quemado buscando vida allí donde no llegaron las llamas.

Mientras tanto, los seres humanos permanecemos en esta tierra quemada e inhóspita. No tenemos la flexibilidad del resto de seres vivos. Solastalgia es el término que define el dolor emocional y existencial por la destrucción del entorno natural, mientras la persona sigue viviendo en ese mismo espacio. Es un desarraigo forzado. Un desarraigo donde no emigramos nosotros, sino que el emigrante es el paisaje. Se fue, ya no está, y esa pérdida se cuela en lo más profundo de nuestra alma. Es una pérdida inabarcable.

En ocasiones, cuando camino solo entre la ceniza, oigo el grito mudo de la Sierra Norte. Es un llanto ahogado de dolor y rabia. Un sonido desgarrador que se cuela por la piel y llega hasta la profundidad de mis entrañas. Implora respeto y justicia por esta tierra, por sus bosques y por los seres vivos que en ella habitan.

Se dirige hacia nosotros, los humanos. Nos pide que nos hagamos cargo, que estemos a la altura del vergel donde vivimos. Estremece al oírlo, retumbando sonoramente en nuestro estómago.

Escucharlo nos aboca a hacernos responsables. Responsables de nuestros actos, de la limpieza de nuestros terrenos, de la huella ecológica que generamos, de lo que hacemos en beneficio de la naturaleza y de cómo educamos a nuestros hijos e hijas en su relación con el entorno.

Pero también significa exigir responsabilidad colectiva: una gestión forestal con futuro, un operativo contra incendios preparado para el nuevo escenario climático, inversión en el mundo rural y políticas que protejan aquello que no podemos permitirnos perder de nuevo.

Todo se fue, solo quedó el silencio.

Que todo vuelva exige que cambiemos la relación que tenemos con el ecosistema en el que habitamos. El grito mudo de la Sierra Norte debe ser escuchado. Necesitamos con urgencia que se acabe este pesado silencio y que vuelvan por fin los alegres petirrojos.

Raúl Antón Lozano

Un vecino de La Mierla