Una experta en adolescencia, sobre hasta qué hora dejar salir a los hijos en fiestas: “La confianza se construye con hechos”
En verano cada día hay una fiesta o un plan irrenunciable y en los hogares con adolescentes el debate está servido: ¿a qué hora se vuelve a casa? Ni hay una hora mágica que sirva para todos los casos, ni a media noche se convertirán en calabaza. La respuesta suele ser algo más compleja y está ligada a la confianza y a si realmente están preparados para el grado de autonomía que reclaman.
“La decisión debería depender de varios factores: la edad, el grado de madurez, el historial de responsabilidad que haya demostrado, el tipo de plan, con quién va a estar y cómo va a volver a casa”, defiende Diana Al Azem, docente, divulgadora y CEO de Adolescencia Positiva, que asegura que no existe una hora universal.
En lugar de centrarse únicamente en el horario, Al Azem propone analizar el contexto y cambiar el foco: “Los padres no deberían preguntarse únicamente a qué hora debe volver, sino también si está preparado para gestionar lo que puede encontrarse esa noche, porque la libertad tiene mucho más sentido cuando va acompañada de preparación y de responsabilidad”. “No es lo mismo un adolescente de 13 años que uno de 17; ni una cena con amigos que una verbena donde habrá miles de personas y consumo de alcohol”, precisa.
Una de las estrategias que aconseja la experta para gestionar esta transición es la progresividad. “Cuando un adolescente demuestra que cumple los acuerdos, avisa cuando corresponde y vuelve a la hora pactada, es lógico que esa confianza vaya creciendo”, valora, y apunta que “cuando los adolescentes entienden que la confianza se construye con hechos, suelen implicarse mucho más en cuidarla”. Así, la hora de llegada se convierte en una consecuencia directa de su comportamiento previo, lo que elimina el componente de arbitrariedad.
Negociar en vez de imponer
Incluir al adolescente en la conversación es fundamental, señala la docente, para que se sienta parte de la norma y no un sujeto pasivo. “Los adolescentes necesitan sentir que su opinión cuenta y escucharles tampoco significa que ellos decidan, pero cuando un hijo puede explicar por qué pide una determinada hora y los padres pueden expresar sus preocupaciones, es mucho más fácil llegar a acuerdos que después ambos respeten”, analiza.
“La autoridad no consiste en imponer siempre, sino en saber poner límites razonables explicando el porqué”, resume Al Azem, que añade que “cuando los adolescentes participan en las normas, aumenta mucho la probabilidad de que las cumplan”.
Para que los padres puedan mantener la tranquilidad mientras sus hijos disfrutan del ocio nocturno, la experta destaca la importancia de establecer condiciones mínimas como que el teléfono esté siempre operativo, que avise si hay un cambio de ubicación o tener claro cómo se hará el trayecto de vuelta a casa.
“No son mecanismos de control, sino medidas de seguridad. Creo que muchas veces los adolescentes interpretan estas condiciones como una falta de confianza, pero en realidad son una forma de que los padres puedan estar tranquilos”, sostiene. “El objetivo no es vigilarlos, sino que todos sepan qué hacer si surge cualquier imprevisto”, añade.
Cuando se rompe el pacto
A pesar de los acuerdos, los retrasos e imprevistos existen. Ante un escenario de este tipo, la docente recomienda que la respuesta parental sea más analítica que reactiva. “Lo primero es intentar entender por qué está incumpliendo ese acuerdo. No es lo mismo que llegue diez minutos tarde porque perdió el autobús que porque decidió ignorar completamente la hora pactada”, incide. “Si el incumplimiento se repite y no hay una causa justificada, la consecuencia más lógica es que esa libertad tenga que reducirse temporalmente”, resuelve.
“Si quieres más autonomía, necesito poder confiar en que cumplirás lo que hemos acordado”, concluye Al Azam, que recuerda que el objetivo de establecer límites no es el castigo, sino preparar al adolescente para la responsabilidad que requiere la vida adulta.
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