El médico que introdujo la ketamina contra la depresión en la sanidad noruega: “Al principio me trataron de loco”
Tras 17 años trabajando como médico especialista en emergencias, hubo un día en que Lowan Stewart (Colorado, EEUU, 1975) lo vio claro: su profesión salvaba muchas vidas, pero no las mejoraba. En ocasiones asistía a un paciente con problemas de salud mental. Tras darle el alta, volvía a atender al mismo tipo al cabo de unos meses.
“La medicina en EEUU se basa mucho en la cantidad de vidas, no en la calidad”, explica. “Me sentía como alguien que achica agua de un barco que se hunde, en lugar de buscar por donde estaba entrando ese agua”.
Decidió entonces hacer un máster en salud pública. Pensaba acabar en alguna organización humanitaria tipo Médicos Sin Fronteras, pero durante su formación se dio cuenta de que la depresión era con diferencia la mayor pandemia mundial: hay más suicidios —727.000 al año, según la OMS— que la suma de muertes en guerras y desastres naturales.
“Llevábamos décadas sin hacer nada nuevo, abordando un problema grave de la misma manera”, rememoraba el pasado viernes en Barcelona, adonde acudió para dar una conferencia en el primer Congreso Internacional de Psicoterapia Asistida con ketamina. “Esto es lo que me hizo entrar en los psicodélicos”.
De entre todos los psicodélicos inmersos en ensayos clínicos, la ketamina destacaba por varios factores. En primer lugar, porque Stewart conocía la sustancia al haberla utilizado como anestésico siendo médico de emergencias.
Hace ya tiempo que la ketamina dejó de ser una terapia prometedora y hay páginas y páginas de evidencia clínica sobre sus efectos contra la depresión. “Funciona en muchos pacientes, es segura, es barata y es lo mejor que tenemos ahora mismo”, señala. “No hay una sola razón para no utilizarla”.
El desembarco en Noruega
Tras fundar una clínica privada en Santa Fe (EEUU) y tratar con ketamina a más de 5.000 pacientes diagnosticados con depresión, se mudó por amor a Noruega. Al ver que el país contaba con un robusto sistema de salud pública, se reunió con las autoridades sanitarias y les contó que en su clínica estaba mejorando miles de vidas con esta terapia.
“Les dije que había datos, que tenía los protocolos, que su uso en un país como Noruega, con cientos de suicidios al año, era una gran oportunidad”, rememora. “Me miraron en plan ¿Quién cojones eres? Me trataron de loco”.
Abrió entonces otra clínica privada en Noruega en 2018, parecida a la que había puesto en marcha en Estados Unidos. El negocio generó duras críticas de la asociación de psiquiatras del país escandinavo.
“Les respondí con un documento con más de 100 referencias de ensayos clínicos, incluidos 15 metaanálisis [estudios que juntan los resultados de varios ensayos clínicos ya publicados]”, explica Stewart. “Tuvieron que admitir que había suficiente evidencia clínica y que era una práctica defendible”.
Estos pacientes son personas que ya lo han probado todo contra la depresión, y tienen tasas de mejora muy relevantes
Las terapias con ketamina han revolucionado la psiquiatría durante el último lustro. Se han publicado en los últimos años decenas estudios, muchos de ellos en revistas de gran prestigio, que demuestran sus efectos positivos en casos de depresión severa.
La cautela de algunos profesionales sanitarios respecto a este tratamiento se mezcla con cierta euforia por haber encontrado una nueva vía para tratar estos casos, en lo que supone la primera innovación médica relevante contra la depresión en prácticamente 50 años.
Estigma y evidencia
El uso de la ketamina como droga recreativa, sin embargo, ha jugado en su contra. “Había mucho estigma, algunos psiquiatras la veían como una sustancia que toman los jóvenes en las raves o como un anestésico para caballos”, sostiene Stewart. “Ni siquiera sabían que llevamos décadas utilizándola en humanos”.
Logró empezar en 2020 una prueba piloto en una unidad de un hospital público para tratar la depresión severa con ketamina, acompañando a los pacientes con terapia psicológica después de tomar la sustancia. La lista de espera era de seis meses.
En 2022 solicitó una evaluación para determinar si el tratamiento podía financiarse públicamente. “Encontramos una manera de involucrar a todos los hospitales del país planteando un ensayo a nivel nacional, jugando con las dosis y los tratamientos posteriores de mantenimiento”, recuerda. “Implementamos de facto los tratamientos con ketamina en toda Noruega con la excusa de un estudio clínico”.
La Agencia Noruega del Medicamento publicó su informe evaluando el ensayo en junio de 2025. Concluyó que la ketamina se tolera bien y ofrece mejores tasas de respuesta y remisión que el placebo y la terapia electroconvulsiva, con un coste sustancialmente menor. De los más de 500 pacientes tratados, más de la mitad experimentaron mejoras.
“Tienes que pensar que estos pacientes son personas que ya lo han probado todo contra la depresión”, recuerda este médico. “Son unas tasas de mejora muy relevantes”.
Dos meses después, el órgano que decide si un tratamiento nuevo se incorpora o no a los hospitales públicos noruegos respaldó con efecto inmediato el informe de la Agencia del Medicamento. Noruega se convirtió en agosto de 2025 en el primer país en financiar públicamente y a escala nacional la ketamina para la depresión resistente. La medida se reevaluará antes de finales de 2028, con atención a la seguridad a largo plazo y a la duración de su efecto.
La evidencia está ahí, creo que es cuestión de tiempo que acabe en otros sistemas públicos de salud
Uno de los aspectos positivos de la implementación en el sistema nacional de salud, opina Stewart, son los datos que se están recogiendo en todos los hospitales públicos respecto a la efectividad de este tratamiento. “No es que vayan a descubrirnos nada que no sepamos ya, pero será útil para llevar el tratamiento en otros sistemas públicos de salud”, apunta.
Stewart recuerda que sociedades de psiquiatría de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y Australia-Nueva Zelanda han publicado posiciones o guías que avalan el uso de la ketamina contra la depresión en determinadas condiciones. Su objetivo es que este tratamiento, disponible a día de hoy en clínicas privadas de todo Europa, pero solo accesible para personas con recursos, pueda llegar al gran público. “No necesitamos reinventar la rueda”, remacha. “La evidencia está ahí, creo que es cuestión de tiempo que acabe en otros sistemas públicos de salud”.