Claves del juicio a Rafa Mir: un chalet de lujo, un 'after' en la piscina y dos versiones que difieren en el consentimiento
El juicio al futbolista Rafa Mir quedó este jueves visto para sentencia tras una maratoniana vista oral seguida muy de cerca por la prensa deportiva, no siempre conocedora de los complejos vericuetos del derecho procesal penal, y con dos versiones opuestas por parte de las acusaciones y de la defensa centradas en la noción de consentimiento. A pesar de que, poco antes del juicio, ambas partes trataron sobre un eventual pacto de conformidad, las defensas entraron finalmente a la sala dispuestas a cuestionar la solidez del relato de las dos denunciantes. La causa, irremediablemente, remite por ciertos paralelismos al juicio al futbolista Dani Alves, condenado en primera instancia por la Audiencia de Barcelona a cuatro años y medio de prisión por agresión sexual y absuelto luego por el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, en una sentencia pendiente de recurso ante el Tribunal Supremo.
La Fiscalía pide para Mir una pena de 10 años y medio de prisión y para Pablo Jara, también futbolista, tres años de cárcel, por un presunto delito de agresión sexual (en el caso del segundo, la acusación pública agrega el de lesiones leves). Los hechos sucedieron la madrugada del 1 de septiembre de 2024 en un reservado de la discoteca Mya y en el chalet del entonces delantero del Valencia CF en una exclusiva urbanización de Bétera, donde residen gran parte de los jugadores del club. Mir tuvo un escarceo amoroso consentido con una mujer a la que conoció aquella misma noche en la discoteca situada en L'Umbracle de la Ciudad de las Artes y las Ciencias y, cuando poco antes de las 7.00 de la mañana cerró el club nocturno —uno de los epicentros del ocio pijo en la ciudad—, les propuso a ella y a una amiga de la joven irse junto con otros amigos suyos a su piscina en la urbanización Torre en Conill.
Durante el trayecto, el futbolista se besó con la amiga. La otra chica con la que se había besado en el reservado, según coinciden todas las versiones, aprovechó una parada en un semáforo y pasó al asiento del copiloto, molesta por la actitud del delantero. A la llegada al chalet, en el que también estaba un amigo de las chicas y otro de los dos futbolistas, Mir mantuvo relaciones consentidas en un cuarto de lavandería con la mujer con la que se había besado en el coche de camino.
Al salir, unos 10 minutos después, según detalló, el acusado vio “enfadada” a la otra joven, con la que se había besado en la discoteca, y para tratar de animarla la tiró vestida a la piscina. Las versiones de las acusaciones y de las defensas divergen diametralmente a partir de ese momento: la denunciante dijo en la vista oral, tal como había mantenido a lo largo de la instrucción, que Rafa Mir la besó y le introdujo los dedos en su vagina sin su consentimiento. También que no la dejaba salir de la piscina.
Por el contrario, el futbolista reconoció en el juicio que introdujo sus dedos en la vagina de la joven, pero alegó que fue con su pleno consentimiento.
En la segunda escena, en uno de los baños del chalet después de salir de la piscina, las versiones también difieren exactamente igual. La joven relató que Mir la llevó hasta el excusado de malas formas y volvió a besarla y a introducirle los dedos en su vagina, a pesar de estar en pleno ataque de ansiedad. La amiga de la chica llamó insistentemente a la puerta y ésta pudo salir del baño, que Mir había cerrado con pestillo, según declaró la denunciante. La mujer, muy alterada y sin llegar a explicarle lo que había pasado, no hacía más que pedir a su amiga que llamara a su padre (ella se había dejado su móvil en la discoteca).
Las defensas enarbolan la tesis de los celos
El futbolista, así como el amigo de los dos acusados, manifestaron en el juicio que se trató de una discusión entre ambas chicas por mantener relaciones con Mir. De hecho, la defensa del delantero y de Jara enarbolaron la tesis de los supuestos celos para explicar toda la situación de principio a fin. Una cámara de videovigilancia instalada en el interior de la vivienda, según confirmó la Guardia Civil durante las pesquisas posteriores, no estaba aún en funcionamiento el día de autos, privando así al procedimiento de una prueba muy relevante.
En una tercera fase, entró en escena Pablo Jara, el otro futbolista. Una de las dos chicas denunció que Jara (a quien también acusa de haberla agredido sexualmente) le propinó un “puñetazo” cuando ambas salían de la vivienda y que, inmediatamente después, le quitó la toalla que llevaba, dejándola en plena calle prácticamente desnuda (únicamente llevaba un tanga). Los futbolistas, así como el testigo de la defensa amigo de ambos, adujeron que las dos chicas estaban montando un tremendo escándalo en el tranquilo recinto de la más adinerada clase alta valenciana.
En ese momento, un vecino de la lujosa urbanización paseaba a su perro. La denunciante de Rafa Mir le pidió al hombre si podía usar su teléfono para llamar a su padre. El dueño del can, que percibió una escena “violenta”, con una joven agazapada para intentar tapar su cuerpo y otra a su lado con ojos de haber sollozado, avisó directamente a la seguridad privada de la urbanización, en manos de la empresa Levantina de Seguridad, propiedad de un histórico dirigente neofascista y muy conocida en València.
Las primeras pesquisas de la Policía Local
La firma vigila varias urbanizaciones de alto nivel en esa zona y, según dijo el propio Mir, mantiene relaciones fluidas con el Valencia CF, al habitar en Torre en Conill muchos de sus jugadores y directivos. El guardia de seguridad avisó a la Policía Local de Bétera, que no se lució precisamente en sus pesquisas iniciales, tal como destacó la fiscal en la exposición de su informe de conclusiones.
Los uniformados, según declararon en el juicio, llegaron a la entrada del chalet de Rafa Mir y una de las jóvenes denunció que Pablo Jara, de quien desconocía su nombre y apellidos al haberlo conocido la noche anterior, le había propinado un “puñetazo” (o dado un “manotazo”, según dijeron los policías).
Mir había salido previamente ante el escándalo que se estaba montando a la puerta de su chalet un domingo a primera hora de la mañana. Cuando le pidieron que identificara al supuesto agresor, que se escondía dentro de su chalet, el delantero les dio una identidad de su amigo falsa (dijo que se trataba de un tal Antonio), tal como reconoció el propio acusado en la vista oral, escudándose en que le “sabía mal” revelar quién era realmente Jara, pese a tratarse de agentes de la autoridad con placa y pistola.
El futbolista les ofreció acceder a la vivienda para ver dónde estaba Pablo Jara y los policías se quedaron en el rellano mientras Rafa Mir recorría las numerosas estancias, incluido el sótano, diciendo que allí no estaba, en una escena que así descrita resonó en la sala de la sección cuarta de la Audiencia Provincial de Valencia ciertamente surrealista.
No optaron por revisar ellos mismos el domicilio, pese a la autorización previa del propietario de la morada, porque inicialmente se trataba de una denuncia menor por lesiones leves y por temor a los bienes de alto valor que suelen decorar ese tipo de chalets de Torre en Conill. Además, según explicó uno de los policías, pensaron que cuando se interrogara más adelante a Mir ya confesaría quién era su amigo. Una actuación radicalmente garantista que seguro que habrían protagonizado exactamente igual en una vivienda pobre, pensó irónicamente más de uno en la sala. Las diligencias de la Policía Local fueron modificadas al día siguiente para incluir, por fin, la identidad real de Pablo Jara, que había llamado a la comisaría para identificarse.
Todos los uniformados aseguraron que desconocían que el sujeto que los recibió era futbolista del Valencia CF. Una de las dos jóvenes se prestó a contarle a una policía lo que había pasado dentro de la vivienda. La uniformada, muy nerviosa en su testifical, aseguró que la joven manifestó que las relaciones habían sido consentidas y que, cuando le pidió a Rafa Mir que parara al sentirse incómoda, el futbolista accedió a ello. Los otros agentes confirmaron esa versión. Uno de ellos, de mayor rango, declaró que le preguntó a la mujer insistentemente si había habido consentimiento.
“Sangría de contradicciones” o relato “consistente y coherente”
Las dos chicas, que declararon en la vista oral protegidas por un paraban, aportaron una versión distinta y se quejaron de que en todo momento percibieron que los policías no las creyeron y que incluso se burlaron de ellas. El padre de la joven, que cuando llegó a recogerlas vio el despliegue de policías y guardias de seguridad y se asustó, también cuestionó el papel de los uniformados que, básicamente, le dijeron que allí paz y después gloria, que en definitiva no había pasado nada grave.
El hombre llevó primero a un hospital a la amiga de su hija, que quería denunciar la supuesta agresión de Pablo Jara. Luego le insistió a su hija para que le contara todo lo que había sucedido y la joven estudiante universitaria le relató que Mir la había agredido sexualmente, por lo que, tras consultar con una abogada, la llevó a un hospital para que le practicaran una prueba ginecológica y, posteriormente, denunciara los hechos ante la Guardia Civil.
El agente del Equipo Mujer-Menor (Emume) del instituto armado que instruyó las diligencias avaló en el juicio el relato de la joven como coherente y mantenido intacto a lo largo de la instrucción y dijo que la chica expresó su “miedo a denunciar” al futbolista al ser una “persona famosa”. La fiscal, en la misma línea, esgrimió que la versión de ambas mujeres ha sido siempre “consistente y coherente”.
La representante del Ministerio Público también lamentó la revictimización de las dos jóvenes, en el contexto de una causa muy mediática. De hecho, en el interrogatorio a la denunciante de Mir, el presidente del tribunal preguntó amplia y repetidamente a la mujer si estaba total y fehacientemente segura de que el futbolista le había introducido del todo los dedos en la vagina, con una detallada descripción del órgano genital femenino; una cuestión sin duda trascendental a la hora de establecer los hechos probados, de dictar una sentencia condenatoria o absolutoria o de aplicar uno u otro tipo penal, pero expresada sin demasiada sutileza. “Yo noto si me están introduciendo los dedos”, adujo la joven.
Por el contrario, las defensas cuestionaron de plano la “sangría de contradicciones” de las dos chicas (según la expresión del abogado de la defensa de Rafa Mir) y enmarcaron las denuncias a los futbolistas en un “puzzle” (esta fórmula la dijo el letrado de Pablo Jara) creado por las dos mujeres para disimular que todo habría sido por los celos mutuos.
Llamada al “asesor” de Rafa Mir antes de irse a dormir
El juicio, de siete horas, quedó visto para sentencia. Sin embargo, en la vista oral también afloró —sobrevolando la causa— el papel de los clubs de fútbol en este tipo de comprometedores procedimientos que afectan fuera del estadio a sus estrellas, fichadas a golpe de talonario.
Lo primero que hizo Rafa Mir antes de irse a dormir aquella mañana de 'after' en su lujosa vivienda fue llamar a alguien de quien no dijo el nombre: un “asesor”.
El delantero pensaba en ese momento que todo el lío que se había montado iba más con su amigo Pablo Jara y ni se imaginaba que ambos serían denunciados por las jóvenes. “No era la mejor etapa [del Valencia CF] y no queríamos que trascendiera”, afirmó en referencia a la llamada al señor Lobo.
Luego se echó a dormir. Dos horas después, en plena resaca, lo despertó una llamada del director deportivo, según explicó Mir en la vista oral. El directivo del club, del que tampoco detalló nombre y apellidos, se había enterado del incidente, al ser vecino de la misma urbanización, y se acercó a visitar a su delantero en apuros.
Ambos concluyeron que todo se había limitado a “una cosa” de los amigos del jugador. Está por ver si el tribunal comparte dicha apreciación.