Cambiemos el adverbio

0

Un día le pedí permiso (en broma) al periodista Pablo Salazar para compartir en redes un artículo en el que analizaba el caos de las pasadas Fallas. Hoy (sin previo aviso) vuelvo a tomarle prestada otra referencia. En este caso, al filósofo surcoreano Byung-Chul Han, pero no por su vertiente espiritual sino por el análisis de la sociedad tecnológica que desarrolla en El enjambre y en La sociedad del cansancio. Nos alerta del ruido ensordecedor que nos impide pensar y reflexionar. “Sin pensamiento, perdemos nuestra libertad”, apunta el premio Princesa de Asturias como contrapunto a la tiranía de las redes sociales o de herramientas como la inteligencia artificial que están sometiendo, especialmente, a los y las jóvenes.

El barrullo permanente nos impide reparar en los pequeños detalles. Mirar a la cara a quienes nos rodean. Ahora solo miramos pantallas. Escuchar a quienes nos hablan porque los auriculares nos ensordecen. Como dice Han, la gran cantidad de información que recibimos nos agota, nos deprime y nos incapacita para asumir responsabilidades. Todo es consumible, incluido el sufrimiento ajeno.

De esta manera podemos leer en la página de un periódico que una mujer casi octogenaria lleva varios días durmiendo en la calle junto a su marido y dos hijos porque la han desahuciado. Eso sucede en la Saïdia, pero puede ocurrir en cualquier barrio de València. Familias expulsadas de sus casas. Personas que trabajan o que reciben una pensión a las que ya no les llega para pagar el alquiler. Gente como tú y como yo, que se creía a salvo y ahora está a la intemperie. Una de mis pesadillas recurrentes desde la infancia siempre ha sido vivir en la calle. Expuesta al frío y al calor, a la lluvia y al viento. A la violencia física y psicológica. A los golpes y a los desprecios.

Creemos que ‘a nosotros, no’ mientras pasamos la página del periódico. Como si el diario fuera el cuerpo de Frankenstein, ensamblado por informaciones que muestran la cara y la cruz de la realidad en la que vivimos, leemos en otra sección que en un solar de Russafa se construirán los pisos más caros de València (de momento). Entre 500.000 y más de 1.000.000 de euros. Quienes pueden acceder a esas viviendas no son gente como tú y como yo. No son para nosotros. Esas casas están pensadas para acoger otras vidas, no las nuestras.

Como tampoco viven familias en los miles de apartamentos turísticos. Ni construirá nadie su hogar sobre los solares en los que se edifican nuevos hoteles. O les sucederá como a quienes perdieron sus casas en la calle Turia, expulsados por un fondo inmobiliario con licencia para construir un hotel-boutique y talar las palmeras de su patio interior. Y si hoy no están es porque el Gobierno de María José Catalá y Vox renunció a ejercer el derecho a tanteo y retracto. Este no es más que un ejemplo entre los centenares de viviendas que podría haber adquirido el Gobierno municipal a través de este procedimiento. Y, mientras el precio del alquiler sigue desbocado, el Ayuntamiento tampoco quiere aplicar la ley de vivienda para declarar València ciudad tensionada. Pura miopía política de quien mira a través de las lentes del sectarismo.

Números. Hace tiempo que nos deshumanizamos y cuando el sufrimiento deja de tener rostro y se convierte en una cifra, la sociedad se desmorona. Hoy el perfil de quienes duermen en la calle ya no responde al estereotipo con el que tranquilizábamos nuestros miedos. Son personas como la vecina de la Saïdia. Trabajan, cobran una pensión, tuvieron una casa. Hasta que dejaron de poder pagarla. El solar que un día albergó la Fórmula 1 hoy es el mayor asentamiento chabolista de la ciudad, reconvertido en un campo de refugiados, donde habitan familias migrantes y nacionales. Personas que, no hace tanto tiempo, creían que nunca podrían ser expulsadas de sus viviendas.

Cada día son más, pero nos decimos que están allí, habitando en un adverbio que utilizamos para alejarlos de nosotros. Sin embargo, están aquí. A nuestro lado. Son el reflejo de lo que nos espera si seguimos aceptando el deterioro de nuestras condiciones materiales como si fuera inevitable. Pero no reaccionamos. Porque, como dice Byung-Chul Han, ya no tenemos tiempo para pensar. O, mejor dicho, nos han convencido de que no lo tenemos.

Por eso, dice el filósofo coreano, parece que la revolución hoy es imposible. Sabemos que la lógica algorítmica nos empuja a no mirarnos, a no tocarnos y a no escucharnos. Empecemos desconectando los móviles. Volvamos a mirarnos, a escucharnos. Solo así oiremos la voz de quienes piden ayuda antes de que sea demasiado tarde. De quienes habitan en ese ‘allí’ que los expulsa y nos separa. Porque la València que queremos construir comienza diciendo ‘aquí’. Empecemos la revolución. Cambiemos el adverbio.