Cuando defender tu salud mental te convierte en un “memo”

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Las recientes declaraciones del presidente de la patronal de Castilla-La Mancha, calificando de “memos” a jóvenes que solicitan bajas laborales por problemas de salud mental, reflejan una forma de entender el trabajo que cada vez está más alejada de la realidad de quienes hoy sostienen el mercado laboral.

No, los jóvenes de hoy no somos iguales que las generaciones anteriores. Y no porque seamos más débiles, sino porque hemos aprendido de los errores que otros tuvieron que soportar en silencio.

Durante décadas se normalizaron jornadas interminables, salarios insuficientes, acoso laboral, estrés crónico y problemas psicológicos que rara vez se reconocían como cuestiones de salud. Se premiaba aguantar, callar y seguir adelante. Muchos trabajadores cargaron con ansiedad, depresión o agotamiento extremo sin recibir ayuda ni comprensión. Aquello no era fortaleza; muchas veces era simplemente falta de alternativas.

La salud laboral no se limita a evitar accidentes físicos. También incluye la salud mental. Una persona trabajadora que sufre ansiedad severa, depresión o un cuadro de estrés incapacitante no está fingiendo ni aprovechándose del sistema. Está ejerciendo un derecho reconocido: el derecho a proteger su salud.

Resulta especialmente preocupante que quien representa a una organización empresarial utilice términos despectivos para referirse a personas que atraviesan situaciones de vulnerabilidad. En lugar de preguntarse por qué aumentan los problemas de salud mental entre los jóvenes, se opta por ridiculizar a quienes los padecen.

En esta misma línea, resulta igualmente revelador el discurso de quienes plantean que las empresas no deberían asumir el coste de las bajas laborales mientras el Gobierno no actúe sobre el llamado “absentismo”, llegando a resumirlo con un simple “arréglenlo”. Este enfoque traslada el debate exclusivamente al terreno del coste económico, ignorando deliberadamente la raíz del problema: la salud de las personas trabajadoras. Convertir las bajas médicas en una cuestión de contabilidad, en lugar de una cuestión de derechos laborales y sanitarios, supone una simplificación peligrosa que estigmatiza a quienes enferman y desvía la responsabilidad del entorno laboral y de las condiciones que lo generan.

Quizá convendría analizar las causas reales del aumento de los problemas de salud mental: la dificultad para acceder a una vivienda, la precariedad laboral, los salarios que no permiten independizarse, la incertidumbre permanente sobre el futuro y la creciente presión social y económica. Una generación que enlaza contratos temporales, alquileres imposibles y expectativas cada vez más bajas no necesita burlas; necesita soluciones.

Los sindicatos siempre hemos defendido que la dignidad en el trabajo pasa por proteger a las personas. Y esa protección incluye reconocer que la salud mental es tan importante como la física. Nadie llamaría “memo” a quien se rompe una pierna y necesita recuperarse. No debería hacerse tampoco con quien atraviesa un problema psicológico que le impide desempeñar su trabajo con normalidad.

La diferencia entre algunas generaciones no es una cuestión de fortaleza. Es una cuestión de conciencia. Los jóvenes de hoy están menos dispuestos a aceptar que el sufrimiento sea una condición inevitable del empleo. Reclaman mejores condiciones laborales, conciliación, salarios dignos y respeto por su bienestar emocional. Y eso no es debilidad. Es progreso.

Llamar “memos” a quienes defienden su salud mental puede arrancar algún aplauso fácil en determinados círculos. Pero también demuestra una incapacidad preocupante para entender cómo ha evolucionado el mundo del trabajo. La verdadera fortaleza no consiste en sufrir en silencio. Consiste en construir entornos laborales donde nadie tenga que hacerlo.