Huelga, paciencia y perseverancia
La reacción del Gobierno autonómico ante la masiva e histórica huelga indefinida en la educación pública valenciana no ha sido especialmente original. En primer lugar, apostaron por desprestigiar la movilización aduciendo falsedades como, por ejemplo, que ésta sólo obedece a cuestiones salariales (siendo una demanda legítima, precisamente estamos rechazando propuestas que excluyan garantías para mejorar la calidad e inclusión educativa). Posteriormente, optaron por una irrisoria oferta de acuerdo que ha sido ampliamente rechazada por la comunidad educativa y ni siquiera los sindicatos más conservadores e históricamente próximos al PP se han atrevido a firmar. Finalmente, en una delirante comparecencia, la Consellera Ortí decidió atrincherarse y bloquear la situación.
Esta sucesión de acontecimientos, aunque frustrante, entra dentro de lo esperado. No estamos aquí por un “error de gestión” del Gobierno valenciano, sino como resultado de políticas educativas deliberadas: derogación del acuerdo de Plantillas, recortes en recursos para la inclusión, suspensión del Pla Edificant para mejora de infraestructuras, ley de falsa libertad educativa contra la normalización lingüística, aumento de recursos a la educación privada...etc. Todo ello forma parte de una ofensiva intencional contra la educación pública. No cabía esperar, por tanto, que en sólo una semana los dirigentes de la Generalitat ofrecieran un acuerdo decente e impugnaran su propia trayectoria.
Por ello, y para evitar que cunda el desánimo, creo que conviene resaltar al menos tres cuestiones que evidencian que, pese a todo, esta huelga ya está ganando. En primer lugar, el Gobierno autonómico midió mal el grado de apoyo. La huelga está siendo secundada por una cantidad y diversidad de docentes que desborda, con mucho, las expectativas. Al contrario de lo que afirman desde sectores afines a Consellería, no estamos ante “una protesta de los sindicatos de izquierda” sino, más bien, ante una reconstrucción de parte del pueblo valenciano en torno a la defensa de la educación pública. No sólo eso, gran parte de docentes y personal de apoyo educativo están mostrando una capacidad de sacrificio y persistencia absolutamente admirables. Ello está contagiando a cada vez más colectivos que comienzan a mirarse en el espejo de la movilización educativa. Una situación así, además de suponer ya una pequeña victoria, debería poner en alerta a la Generalitat por sus imprevisibles efectos.
En segundo lugar, y en relación con lo anterior, esta huelga ha servido para revitalizar el tejido democrático. Uno de los grandes males de nuestro tiempo es la fragmentación, el individualismo, la desconfianza en el otro y el cinismo derrotista que renuncia a participar de cualquier iniciativa colectiva por el bien común. La huelga ha invertido esa lógica y, en cada claustro, comarca y municipio se han forjado alianzas, redes de complicidad, cooperación, solidaridad y espacios de militancia entre personas de perfiles muy diversos. Esto supone, de nuevo, una victoria que va más allá de lo simbólico. Con independencia de cómo y cuándo se resuelva el conflicto, una parte del tejido construido permanecerá (si sabemos cuidarlo) y será clave para proteger la educación pública valenciana en el futuro.
Por ello, cuando, en los próximos días, en algunos centros, por motivos económicos, dilemas profesionales o fatiga, decaiga parcialmente el seguimiento formal de los paros, deberemos evitar caer en el error de entrar en dinámicas de frustración y juicios cruzados entre compañeros. Porque, a partir de cierto punto, el dato relevante ya no será sólo cuántas personas hacen huelga, sino cuántas están organizadas en torno a ella y sus ideas. Y ahí, de nuevo, estamos ganando.
Finalmente, la Consellería también ha despreciado la capacidad docente de forjar alianzas fuera del gremio. Gran parte de las familias y cada vez más sectores de la sociedad valenciana han comprendido que el núcleo de estas protestas no tiene que ver sólo (ni tanto) con nuestras condiciones profesionales, sino con el derecho a una educación pública de calidad para todos y todas. El hecho de que cada vez más asociaciones de familias estén mostrando su apoyo a las movilizaciones es una señal inequívoca y altera drásticamente la correlación de fuerzas en la negociación.
Pese a todo, seguimos sin un acuerdo decente que permita suspender esta huelga. Situación que, de nuevo, entra dentro de lo normal. Porque el tiempo es también un arma política. Es posible que el gobierno de la Generalitat trate de sostener el pulso con una mezcla de inmovilismo y guerra desinformativa a la espera de que el desgaste haga mella entre el cuerpo docente (es la táctica por la que parecen optar ahora). Otro escenario (en mi opinión, el más probable en los próximos días si somos capaces de persistir) es que se generen ciertas presiones internas en el PP y se proponga un acuerdo imperfecto, incompleto y, en muchos sentidos, ambiguo (en ningún caso Consellería dará un giro de 180 grados) que sí suponga algunos logros concretos y, al mismo tiempo, sirva de base para continuar otras batallas en mejores condiciones (no será fácil delimitar la frontera entre un buen acuerdo y una excesiva renuncia porque, en estas situaciones, las derrotas y los triunfos rara vez se presentan en forma pura).
En todo caso, sea cual sea el escenario en el que desemboquemos, las próximas jornadas serán duras porque, pasada la euforia inicial, aparecerán episodios de cansancio, duda y frustración. La normalidad presionará para intentar abrirse paso a través la fatiga, tampoco será fácil, en muchos momentos, diferenciar el éxito del fracaso y nos tocará reformular las tácticas con que mantener activa la movilización.
Por ello, debemos tener muy presente lo que ya hemos logrado: situar la defensa de la educación pública en el centro de la agenda y cohesionar a gran parte de la comunidad educativa en torno a esa demanda. Logros que servirán como punto de partida para lo mucho que nos queda por ganar. Porque esta huelga no es ninguna “batalla final”. Nunca hay tal cosa, sino una sucesión de luchas imperfectas que abren (o cierran) camino en un proceso que será necesariamente largo. Y lo estamos abriendo. Decía Gramsci —que pagó muy cara su defensa de la democracia—, que era necesario armarse de una “paciencia ilimitada, no pasiva, inerte, sino animada por la perseverancia”. Es una buena lección. En los días que vengan vamos a necesitar grandes dosis de estrategia y, sí, toda la paciencia y perseverancia del mundo. Porque, aunque no siempre lo podamos ver con claridad, ya estamos ganando. Pero habrá que perseverar.