Ingenieros precopernicanos

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Las recientes explicaciones de los ingenieros forestales (no todos, por supuesto, pero sí muchos de los más destacados representantes del sector) en relación a los graves incendios que estamos padeciendo este verano, me recuerdan las rebuscadas explicaciones de los astrónomos geocentristas, que se empeñaban en una desesperada defensa del modelo del sistema solar centrado en nuestro planeta, frente al modelo de Copérnico. El científico polaco demostró que su propuesta de sistema planetario centrado en el Sol, es decir, el que hoy reconocemos como normal y lógico, explicaba mucho mejor y más fácilmente que el viejo modelo geocéntrico, los movimientos planetarios que podían observarse, describirse y medirse, cada vez con más exactitud. Los astrónomos de “la vieja escuela” inspirados en los escritos bíblicos, considerados irrefutables, se aferraban al geocentrismo y por ello imaginaban elucubraciones cada vez más retorcidas e injustificadas, para poder explicar la trayectoria de los planetas en el cielo, en base a extraños bucles y caprichosos movimientos (epiciclos), inventados ad-hoc, en un vano intento de adaptar la realidad a sus dogmas. Al final se abandonó el viejo modelo y ya nadie se acuerda de los viejos astrónomos precopernicanos. La ciencia, avanza.

De parecida manera, ahora tenemos una clara y documentada constancia de que la inmensa mayoría de incendios tienen causa humana (80%), cosa que cada año que pasa los hechos confirman con mayor intensidad y precisión de causas. En el caso de los GIF, grandes incendios forestales, la cifra es aún más rotunda (90% de causas humanas). Estos incendios son estrictamente evitables puesto que podemos actuar con contundencia, precisión, planificación y estrategias adecuadas, sobre las causas humanas que los provocan y que están ya perfectamente identificadas, por zonas, demarcaciones y municipios; así como su frecuencia, las ubicaciones y las épocas en que ocurren, y otras circunstancias que podrían ayudar a controlarlos. Pero no se evitan, entre otras cosas por la injustificada e incomprensible obcecación de los ingenieros y responsables administrativos y políticos de la prevención de incendios. O bien no aceptan los hechos, o si lo hacen, consideran, sin argumentos serios, que no se pueden evitar las causas humanas. En consecuencia, no hacen prácticamente nada, no defienden ni aplican medidas importantes y bien dotadas económicamente, con medios y organización para combatirlos. Si quien puede y debe no hace nada, nada cambia. Se aferran a su idea equivocada de prevención para justificar que gastan la mayor parte de los recursos dedicados a ella, no para evitar incendios, sino para ejecutar grandes infraestructuras que ellos llaman preventivas cuando deberían denominarse como lo que son: barreras o contenciones que están diseñadas para detener el fuego o para auxiliar la lucha contra un fuego ya activo y que no se ha evitado, pero nunca para evitar fuegos. Y no evitan ni uno. Si tienen alguna utilidad, no siempre, es cuando resulta demasiado tarde, cuando ya ha fracasado la prevención (por falta de voluntad y medios) y cuando ya hay grandes daños y resulta muy difícil apagar un incendio que pudo evitarse, pero no lo fue.

Eso explica por qué, en 50 años de aplicar esta misma política, de desdeñar la prevención y centrarse en las barreras de contención para fuegos ya declarados, no se haya avanzado nada, absolutamente nada, en evitar incendios. A evitar incendios no se dedica atención, ni recursos, ni medidas importantes. Por ello, seguimos padeciendo incendios evitables. Por esa vía, ni se han evitado durante décadas ni se evitarán el verano próximo, ni los años siguientes. Pero los ingenieros siguen diciendo que es la mejor manera de luchar contra el fuego. Ya podemos tener muchas ambulancias y hospitales para prevenir (falsamente) accidentes de tráfico. Pero si no existiera una estrategia completa para evitar accidentes, cada vez haría falta más ambulancias y más hospitales y no se avanzaría en evitar los gravísimos daños de los accidentes. Sólo se podrá intentar curar a las víctimas lo mejor posible, pero los daños ya serán grandes y algunos irreversibles. Pero da igual, el modelo geocéntrico es el mejor, ya lo dicen las viejas escrituras.

Los datos sobre inversiones son importantes y muy contundentes. Hemos estudiado todos los planes de prevención de las 11 demarcaciones forestales valencianas y muestran claramente por que no se logra avanzar nada en prevención; se dedican miserias a este objetivo. Solo migajas del presupuesto para evitar incendios De un total de más de 611 millones de euros de los presupuestos teóricamente de prevención, más del 90% (557.673.000 €) se dedican fundamentalmente a las actuaciones de contención y de barrera. Por el contrario, a evitar incendios, o sea, a la prevención en sentido literal y estricto, se dedica 53.539.000 euros. Además, generalmente son medidas genéricas, indefinidas, sin objetivos cuantificados, en muchos casos voluntaristas, recomendaciones y consejos. ¿Que esperaban con esas cifras? Tenemos los resultados que se derivan de los escasos esfuerzos invertidos. En evitar incendios: mínimas inversiones. En consecuencia: resultados pésimos. Ningún avance en 50 años. Milagros no hay.

Los ingenieros siguen ideando extrañas circunvoluciones en las órbitas planetarias. Atribuyen a la “excesiva” vegetación y a la recuperación, lenta y problemática, de los bosques, las causas de los incendios. Pero la vegetación por sí sola no arde nunca, aparte de ser absolutamente necesaria, como los bosques en conjunto, para mantener esenciales funciones ecológicas gratuitas, sin las cuales, no podríamos existir como sociedad, de ninguna manera; y esas funciones están cada vez amenazadas. No nos sobran, todo lo contrario. En nuestro territorio y en condiciones normales, jamás la vegetación natural arde sola. Quien afirma lo contrario se lo inventa.

También dibujan otros círculos mágicos. La culpa, dicen, también la tiene la despoblación de las zonas rurales y el abandono de actividades tradicionales. Estos son fenómenos preocupantes, que tiene graves consecuencias sociales y que deberían combatirse con medidas adecuadas y realistas, pero no causan ningún incendio. No hay ningún motivo racional y demostrable que explique cómo estos fenómenos podrían originar ningún fuego; ya que mayoritariamente el fuego lo originan personas, y muchísimas veces en actividades forestales, agrícolas o ganaderas. Nos podemos enfadar y disparar al mensajero, pero esos son los hechos. Está demostrado en las propias publicaciones de la Generalitat Valenciana: las comarcas más despobladas están entre las que menos incendios padecen, con el caso emblemático de la comarca de Els Ports, como ejemplo indiscutible. Otra retorcida y rebuscada argumentación falsa.

El cambio climático es un hecho y resulta indiscutible, aunque también habrá quien lo niegue pese a que se acumulen las evidencias. También lo hemos originado los humanos y no podemos decir que “es natural”, como tampoco en el caso de los incendios. Pero también nuestra sociedad hace muy poco por evitarlo, y como no se evita, el fenómeno crece y muchos “expertos” pretenden combatirlo solo con medidas paliativas, sin apuntar nunca hacia las causas. El cambio climático no debe usarse para justificar el fracaso evidente de la actual política de prevención, que brilla por su ausencia, en el sentido estricto de eliminar las causas humanas del problema. Como tampoco debería usarse para justificar centrales nucleares, ni para legitimar una ubicación irracional de las energías renovables, que se pretende ubicar justo donde más daño provocan, tanto a la naturaleza como al mundo rural, y no donde se demanda más energía.

El cambio climático, por sí sólo no provoca incendios. Ni el calor, ni la sequía, ni los fuertes vientos, provocan, por sí mismos, ni un sólo incendio; pero eso sí, aumentan el riesgo de que una causa humana lo provoque y de que, una vez en marcha, sea mucho más difícil combatirlo y apagarlo y los daños generados serán mucho mayores. Más motivos, pués, y muy graves, para intensificar y priorizar la verdadera prevención: evitar incendios (cosa que los ingenieros y autoridades ni hacen, ni quieren hacer). Con el cambio climático, cualquier negligencia estúpida, cualquier accidente evitable, cualquier distracción banal, en ausencia de estrategias eficaces de prevención, se convertirán en un grave incendio, fuera de control y de gravísimas consecuencias. Con el cambio climático tendremos, con más frecuencia e intensidad, situaciones meteorológicas extremas. En esas circunstancias, las supuestas barreras de contención, como “cortafuegos” y “limpiezas” de todo tipo, van a ser cada vez menos útiles y se verán cada vez con más frecuencia superados, como estamos constatando durante este verano atroz, que no va a ser el último, ni mucho menos, si no se rectifica. La falsa “prevención” (eliminar vegetación, en vez de eliminar las causas de los fuegos) no evitará incendios y, probablemente, tampoco será de mucha utilidad para detenerlos en el futuro, lamentablemente.

Como remedio al problema creciente, los responsables de la gestión de los incendios, en vez de priorizar una estrategia para evitar incendios, proponen seguir haciendo lo mismo de siempre, pero en más cantidad. Si los casi 600 millones que se dedican actualmente a crear barreras de contención les resultan insuficientes ¿Cuántos harán falta, según su retorcida teoría? Aunque haya fracasado esa estrategia, ¿Que pretenden? ¿Duplicarlos, triplicarlos? ¿De dónde va a salir el dinero? Mientras se desvía la atención hacia objetivos equivocados de prevención, se dedica una verdadera miseria a evitar los fuegos (el único objetivo estrictamente preventivo) y claro, sin apenas recursos, ni decidida voluntad política, seguirá sin funcionar y fracasará cada año. ¿Qué cantidad de vegetación natural de los bosques se llevarán por delante las medidas falsamente preventivas? ¿Cuántas toneladas de vegetación piensan eliminar? ¿Qué consecuencias tendrá esto para los bosques y para las funciones vitales que nos aportan? ¿Alguien tiene los datos? ¿Alguien calcula las consecuencias? ¿Qué sistemas de control y seguimiento se harán? (actualmente son mínimos o inexistentes) ¿Qué evaluación de los resultados se hará en el futuro, ya que ahora no existe esa evaluación? ¿Cómo se puede evaluar algo tan complejo? ¿Cómo se puede afirmar, como hacen los precopernicanos, que esa será la solución contra los incendios? ¿Cómo se puede demostrar con hechos y no con suposiciones, que esa es una buena opción y no otro bluff? ¿Hay alguna garantía seria de que eliminando X toneladas de vegetación, deforestando y degradando una superficie desconocida de bosques, invirtiendo enormes cantidades de dinero en acciones cuya relación con los objetivos no ofrece ningún sistema claro de verificación … conseguiremos un determinado efecto?

Por el contrario, las medidas que proponemos son de bajo coste, de nulo impacto ambiental; algunas de ellas, incluso aportan beneficios económicos constatables. Proponemos que exista una estratégia bien definidas para eliminar cada una de las causas ya conocidas, con objetivos específicos bien justificados en base a los datos estadísticos concretos por demarcaciones y municipios. Objetivos cuantificados y temporizados, con mecanismos de control y seguimiento efectivos, públicos y transparentes, y que se evalúen anualmente. Esto permitirá saber, casi a tiempo real, si las actuaciones son efectivas o no y en que medida, y si no se alcanzan los objetivos al primer año, al 100%, tendremos herramientas para evaluar que falla, porqué, dónde, cuándo y cómo, y los defectos podrán corregirse con rapidez.

También se están proponiendo medidas de gran calibre como “modificar el paisaje” (¿Cómo, de qué manera, a qué escala, con qué impactos, con qué sistema de verificación?)… O “hacer los bosques más resilientes”, por ejemplo, con mayor proporción de plantas rebrotadoras, (objetivo en este caso, impecable). Pero, aún admitiendo que algunas de estas medidas, siempre que estén bien diseñadas y bien aplicadas, sean beneficiosas, a la larga, no para evitar incendios, sino para dificultar su expansión, o mejorar la respuesta posterior… tardarán años en surtir un efecto apreciable. Y no digamos otras propuestas que implican cambiar de manera significativa el sector primario y la demografía rural, involucrando medidas sociales y económicas complejas para expandir la agricultura y la ganadería en zonas sin mucha agua disponible, ni suelos de primera calidad, ni clima benigno. Lamentablemente, en las áreas litorales donde estos requisitos son óptimos, también se abandonan actividades agrarias y desaparecen los campos de cultivo. Tal vez sería allí donde deberíamos centrar más esfuerzos para evitar que el asfalto y el hormigón se coman la tierras más fértiles y aptas. Pero, aunque estas medidas bienintencionadas (y poco realistas) hicieran disminuir el número de incendios, cosa muy improbable e indemostrada, porque ninguna de ellas evita las causas humanas… ¿Cuándo tendría lugar su efecto?, ¿en unas décadas? ¿En 10, 15, 20 años… incluso muchos más, o tal vez nunca?… Mientras tanto llega esa hipotética i especulativa solución, ¿Qué haremos para el verano próximo, y el otro, y el de más allá? ¿Alguien tiene el teléfono del diablo, para proponerle un pacto de estado y que paren las llamas, mientras esperamos los resultados, improbables, de la misma estrategia de siempre (eliminar vegetación natural) pero con mucha mayor inversión de dinero?

La única medida rápida, efectiva, a bajo coste, evaluable y realista, es luchar para eliminar causas humanas, todas, o el 70%, o el 50%... cualquier avance evitará daños ambientales, económicos y sociales, y ahorrará gastos en extinción y en regeneración, aunque el objetivo ha de ser eliminar el 100% de los evitables. Necesitamos soluciones ya. Dentro de 20-30 años, sencillamente no sabemos cómo estará el mundo y, en el peor de los escenarios, no sabemos si existirán bosques y ni siquiera un mundo habitable.

  • Carles Arnal es doctor en Biología y miembro de la Comisión Forestal de Acció Ecologista-Agró.

NOTA: Todos los datos mencionados están referidos al País Valenciano y provienen de fuentes oficiales públicas y contrastables. Aunque los argumentos siguen siendo válidos en gran parte para el conjunto del estado y, especialmente para bastantes Comunidades Autónomas, los detalles pueden variar mucho en otras. Las soluciones deben adaptarse a las realidades diferentes. Nicolás Copérnico murió en 1543. Thomas Kuhn, 1962, analizó el cambio de paradigma que supuso su aportación).