Inspire, conspire

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Hoy se cumplen veinticinco años de los atentados contra las Torres Gemelas. Es cierto que fueron fruto de una conspiración tendente a asegurar el éxito de ese crimen masivo. No es menos cierto que también fueron objeto de explicaciones alambicadas y hasta delirantes una vez cometido, mucho más allá de lo que las pruebas materiales y las pesquisas policiales y judiciales lograron determinar como hechos probados. Conviene distinguir entre conspiraciones y teorías de la conspiración, que es como las llaman en inglés, y en español llamamos, con una palabra-maleta brillante, conspiranoias.

Conspirar es respirar juntos, participar de un mismo aire o atmósfera, estar a partir un piñón en algo, inspirados por el mismo propósito. Pero esa complicidad no es inocente, ha de ser en perjuicio de un tercero, y ha de tener algo de secreto, reservado. Conspiranoia, por su parte, que funde conspiración y paranoia, designa aquella propensión enfermiza a ver conspiraciones donde no las hay. Es una palabra extraña, porque una de las partes desmiente a la otra: una conspiración imaginaria, errónea, falsa. 

Karl Popper interpretó el fenómeno: de la misma manera que Homero explicaba todos los acontecimientos de la Ilíada y la Odisea como tejemanejes de los dioses del Olimpo, una vez caídos los dioses la cuestión es preguntar ¿quién está en su lugar? Y entonces surgen los hombres poderosos, los grupos de presión, las sociedades secretas. Ya no son Zeus, Poseidón, Afrodita o Atenea, sino los masones, los jesuitas, las brujas, los judíos, los islamistas, los Illuminati, el Gobierno Federal USA, la NASA, los extraterrestres, la ONU, la UNESCO, los Rockefeller, Bill Gates, George Soros, la OMS, las farmacéuticas, los ecologistas. 

La longevidad de un estilo conspiranoico, incluso de un género del discurso, es sorprendente. Parece obvio que las teorías sobre los atentados del 11-S como un inside job orquestado por la propia administración norteamericana para justificar sus operaciones en Oriente Medio replican las que se formularon contra la administración Roosevelt, en el sentido de que provocó el ataque a Pearl Harbour para forzar la participación de EE.UU. en la II GM. Los relatos conspirativos en torno a la crisis económica de 2008 retoman la batería de argumentos empleados en tiempos de la Gran Depresión. Y las conspiranoias sobre el coronavirus resucitan complots que ya se emplearon con el SIDA, el Zika y el Ébola.

Novedades del pensamiento conspiranoico

La historia de las conspiranoias es muy larga. Pero si nos remontamos tan solo a la segunda mitad del siglo XX (desde el asesinato de Kennedy al 11-S, digamos), hay tres rasgos novedosos que parecen distintivos de las que llevamos en este siglo XXI: 

1) Si bien las situaciones de crisis, cambios profundos, inestabilidad o incertidumbre son su caldo de cultivo idóneo, nuestro tiempo parece proclive a proyectar una sombra conspirativa casi sobre cualquier acontecimiento o suceso de cierto alcance. No hace falta que sea un magnicidio (Kennedy) o la muerte de una figura pública (Marilyn, Elvis), ni un atentado terrorista (11-S, 11-M), ni un accidente aéreo, un conflicto armado, una nueva enfermedad contagiosa. La causalidad siempre puede reemplazar a la casualidad en la lógica conspiranoica: desde un fenómeno meteorológico (el huracán Irma en EE.UU. o la DANA de Valencia), a la interpretación delirante de unos mails cruzados entre políticos (durante la campaña de Hillary Clinton por la nominación demócrata), pasando por un incendio fortuito debido a un cortocircuito (la catedral de Nôtre Dame en el verano de 2019) pueden desatar teorías de la conspiración de proporciones enormes. El huracán y la DANA serían armas meteorológicas desarrolladas por las élites del mundo, asociadas a los ecologistas en acción, para demostrar a las bravas la urgencia de tomar medidas contra el cambio climático. Los mails eran mensajes en clave que ocultaban una trama de políticos pederastas cuyo centro de operaciones era un pizzería de Washington. Y el incendio un atentado contra un templo de la cristiandad por islamistas radicales. Hasta los pájaros no son lo que parecen: son drones.

2) Las teorías de la conspiración resultan plausibles para un rango más amplio de ciudadanos que en el pasado, cuando solo eran apoyadas por los extremos más radicales del espectro político. Vivimos una democratización de las conspiranoias. Se diría que han entrado en fase pandémica. En 2004 una encuesta mostró que el 49% de los neoyorkinos pensaban que responsables públicos estaban al corriente de los planes terroristas del 11-S y deliberadamente no hicieron nada al respecto. Otra encuesta de 2006 sobre una muestra de más de mil ciudadanos de EE.UU. indicó que el 36% de la población asumía la afirmación de que agentes federales participaron en los ataques a las Torres Gemelas o no hicieron nada para evitarlos. El 16% consideraba que era muy probable que el colapso de las torres fuera acelerado por explosivos secretamente colocados en los edificios (con una significativa mayoría de votantes demócratas a favor).

Algunos piensan que eso solo puede suceder en los EE.UU. Pero en España, la tesis de que ETA estuvo involucrada en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid la seguía sosteniendo en 2018 el 35% de la población, y por intención de voto el 53% de los votantes del PP y el 28% de los votantes del PSOE. En todas partes cuecen habas.

3) Las conspiranoias propias de la segunda mitad del siglo XX eran “liberales”: se gestaban en círculos progresistas que veían conspiradores en la mano negra del capital internacional, los magnates de la industria, la casta militar, siendo su denuncia un ejercicio heroico desde la subversión, los “dissenter”, los “anti-establishment”. En cambio, parece bastante razonable pensar que las conspiranoias de esta segunda Edad Dorada -la que ha asistido al Brexit, a Trump, Johnson y Bolsonaro, la de la pandemia y las guerras de Ucrania y Gaza- son profundamente conservadoras, por no decir de ultraderecha, destiladas sorprendentemente desde el poder. Ahora son los poderosos en ejercicio las víctimas de oscuras tramas, sea de instituciones internacionales que siempre hemos tenido por aparatos burocráticos escasamente eficaces (la UNESCO, la ONU, la UE), que avanzan sus agendas de multiculturalismo, derechos LGTBI y ecologismo, o bien de funcionarios gubernamentales de filiación demócrata o radical: la conspiranoia del birtherism sobre el lugar de nacimiento de Obama, la del Deep State que estaría arruinando desde dentro las políticas de Trump durante su primera presidencia, la del fraude masivo en las elecciones presidenciales de EE.UU. en 2020 que llevó a la toma violenta del Capitolio por hordas exaltadas, la del Gran Reemplazo, que pone al ciudadano blanco cristiano de países prósperos en el blanco de una confabulación para sustituirlo por el musulmán, el negro o el latino (una variante más radical habla de Genocidio Blanco, de manera que el otrora invasor colonial, explotador y supremacista se hace la víctima en una reversión geopolítica y demográfica planificada que criminaliza al inmigrante), etc. 

Coda realista: conspiraciones, haberlas, haylas 

Que haya conspiranoias no quiere decir que todas las conspiraciones sean una patraña. Conspiraciones de verdad las hay, podemos estar más seguros de ellas que de las meigas. ¿O es que los perpetradores de los atentados del 11-S en EE.UU. no conspiraron en secreto? Casi todos los golpes de Estado comienzan como una conspiración: Franco fue un golpista conspirador, y Armada, Tejero y Milans también lo fueron, con resultados distintos. Bruto y Casio conspiraron contra Julio César. Fue una conspiración tramada por Henry Kissinger y la CIA la que derrocó a Salvador Allende en 1973. En España, bancos y cajas conspiraron para colocar preferentes como depósito seguro a ahorradores que ignoraban que compraban capital de riesgo; en EE.UU., la banca de inversión empaquetó como triple A hipotecas subprime que sabía que eran basura, apostando en secreto contra sus propios productos. El caso Watergate fue una conspiración, como hay que suponer una conspiración en la red de mentiras que se construyó para justificar la guerra contra Irak en 2003 (armas de destrucción masiva, ¿recuerdan?). 

Pues eso, que hay conspiraciones de ficción (la Guerra de los Mundos de H. G. Wells y de Orson Welles), conspiraciones de verdad (las pruebas aducidas para la Guerra de Irak) y luego está Cuarto Milenio.