De los megaincendios a los incendios globales

Massanassa —

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Hoy domingo me despierto más tarde de lo habitual. Es difícil conciliar el sueño en estas noches centrales de la última ola de calor. Pues bien, los falleros del pueblo, ajenos al poniente del día, han decidido celebrar una verbena y rebasan las 12 de la noche y la 1 de la mañana siguiente con insensibilidad pasmosa, supongo que con permiso por escrito de la autoridad competente.

Nada más despejarme busco noticias sobre la marcha de los devastadores incendios que esta semana pasada están afectando a montes, campos, urbanizaciones y pueblos entre Ávila y Madrid. Pero, me desayuno con el incendio que partiendo de la Vall d’Uixó avanza hacia el parque natural de la Serra d’ Espadá. La visión de las llamas alzándose al cielo como muros infranqueables es acongojante.

En mi búsqueda de más información por diversos medios me encuentro con las corridas de toros en À Punt. Toda una metáfora de los tiempos que vivimos. Me pregunto si no serán una expresión de negacionismo “banal” y cuánta y qué audiencia tienen.

En otro medio observo un debate en el que alguien que sabe de qué habla afirma que los nuevos fuegos son ingobernables y tienen fases en que están “fuera de toda capacidad de extinción”. Me digo para mis adentros que esta sentencia ya la he escuchado antes.

A la memoria me vienen algunas imágenes de la terrible temporada de fuegos de 2023 en Canadá y en especial en Quebec. Anomalías climáticas extremas, sequedad persistente, tormentas secas con innumerables rayos, provocaron miles de incendios en diversas provincias. Cientos de ellos fueron declarados “fuera de control” y los abandonaron para concentrar sus capacidades donde pudieran ser más efectivas. Miles de incendios concentrados en tres meses no constituyen un fenómeno “complejo” sino un complejo de fuegos inmensos, veloces y voraces, que obliga a pensar y trabajar con una mentalidad nueva.

También recuerdo las noticias sobre la devastación sufrida en Australia con millones de animales muertos. En realidad, según la revisión realizada por la organización WWF, fueron unos tres mil millones e interpreta estos fuegos extremos en conexión con los de otras regiones del mundo1.

Hay otros incendios que me han impresionado estos dos últimos años: los de Los Ángeles y los de Chile. En el primer caso, cuando en la zona 0 de la Dana seguíamos luchando contra la emergencia y la incompetencia de la administración, con barro en las calles, plantas bajas y sótanos anegados, leí una noticia sobre las quejas de los bomberos de la ciudad de Los Ángeles: protestaban por la reducción de los presupuestos de su departamento. (Sabemos algo de eso por experiencia propia).

El día de Reyes, 7 de enero de 2025, llegaban las noticias de que los destructivos vientos de santa Ana, vientos secos que ese año actuaban sobre una vegetación ya muy deshidratada por falta de lluvias, provocaron incendios forestales y los propagaron a una velocidad desconocida. En muy pocas horas ardieron más de 1.000 viviendas y 7 días después se contaban 24 muertes. Los investigadores han mostrado que estos fuegos respondían a una nueva fenomenología: los vientos se adelantaron a su patrón habitual, fueron los más potentes de la historia y las brasas voladoras iniciaban nuevos focos a grandes distancias2.

El 18 de enero de este año de 2026, Gabriel Boric, presidente de Chile, declaró el estado de catástrofe en dos regiones del país por la magnitud de las muertes (al menos 20 personas) y la destrucción de unas 2.000 viviendas. Las imágenes de los barrios arrasados y de los coches quemados en grandes atascos son inolvidables. El gobierno acordó la creación de cortafuegos en zonas pobladas. Veremos qué cumple de esta promesa el nuevo gobierno negacionista.

Mientras redacto estas líneas escucho que el incendio de Ávila es el más grande de toda nuestra historia. ¡Cada año hay uno más grande que el anterior! En la pantalla aparece Feijóo haciendo unas declaraciones que prefiero no analizar y comentar, aunque sí reseñaré su paradójica afirmación de que no está hablando como político, de que hoy no ha ido al frente del fuego a hacer política. ¿Qué puede entender por política un señor que dice eso pese a que su esencia y existencia es ser político y vivir de la política profesional? No es el único que confunde la política con las declaraciones o la ideología, como si la presencia seleccionada, la forma de presentarse en esos escenarios y los silencios no fueran suficientemente elocuentes.

Hace un par de días una mujer que se hallaba en un centro de evacuación se lamentaba de la experiencia vivida y concluía su intervención con una sensatez sobrevenida: “Cuando no te afecta a ti directamente, es que no lo ves”. Y me pregunto ¿qué es lo que no ves? ¿qué es lo que te impide ver lo que se impone con la voracidad de las llamas y las desconsoladoras pérdidas de vida materializada en cenizas y desolación? Yo veo algunos fenómenos que no se pueden ignorar en la explicación de lo que nos pasa.

Primero: nos hallamos ante un nuevo tipo de incendios. ¡Qué descubrimiento! Los bomberos, expertos y gente sensata lo saben desde hace unos cuantos años. Pero no se les escucha y la sociedad en general entiende el disfrute del campo y del bosque como turismo, vacaciones y fines de semana, sin el compromiso de hacer las contribuciones necesarias para mantenerlo. ¿Existen planes locales actualizados contra incendios? Es decir, ¿contra el tipo de incendios que ya no nos resultan desconocidos? ¿Cuántos programas de formación se han puesto en marcha? ¿Se ha hecho algún simulacro en alguna localidad española?

Segundo: en la actualidad no se puede hablar ya de los incendios como si fueran fenómenos aislados. Los expertos utilizan expresiones como “complejos de incendios” y “mega-incendios” y si hacemos el esfuerzo de contemplarlos con una mirada abierta (más allá del localismo, regionalismo o estatalismo), y los vemos en su conjunto y distribución por el planeta, observaremos que afectan a la biodiversidad mundial y producen mayor calentamiento global. Contribuyen a acelerar la causa y el mal que los expanden.

Tercero: los incendios forestales actuales no son fenómenos naturales. Esta expresión después de lo vivido en estos últimos años -y, en lo que a fuegos se refiere, en el largo verano de 2025- es en sí misma o bien signo de ignorancia o bien de cinismo político. Ambos son inaceptables en 2026.

Cuarto: las actuaciones reactivas (intervenir solo cuando se produce el fuego) conducen a gestiones desbordadas, costosísimas en vidas y en toda clase de recursos. Sólo las actuaciones preventivas que cuentan con el conjunto de la población y la forman para reducir las vulnerabilidades y aumentar las capacidades puede permitir hacer frente con algún éxito al pavoroso escenario actual.

Quinto: Algunos incendios surgen como consecuencia de una imprudencia temeraria. Y dada la magnitud que alcanzan -este es posiblemente el caso del incendio de Ávila- el daño de dicha imprudencia es inmenso y debe ser castigado proporcionalmente. Pero su propagación ¿no ha sido facilitada por negligencias y falta de prevención y cuidado de muchas otras personas? Y los votantes ¿no deberían responder por sus decisiones y elecciones?

Sexto: en el incendio de los Gallardos (Almería) murieron 13 personas, la mayoría porque salieron huyendo del fuego por un camino “equivocado”. Las imágenes de los coches calcinados donde perdieron la vida son espeluznantes e inolvidables. Si estas personas vivían en la zona ¿cómo pudieron equivocarse? ¿qué información previa habían recibido de las autoridades locales sobre salidas seguras, autoprotección, etc.? ¿qué grado de cumplimiento del plan local contra incendios se había realizado? ¿en algún momento se hizo un simulacro? Durante todo el año pasado ¿no se pudo haber hecho algo?

Séptimo: hay muchas formas de negacionismo. Unas se expresan con creencias extravagantes y patológicas; otras a través de estrategias políticas crueles; las hay que son pura cicatería electoral cortoplacista y marrullera por más que quienes las practiquen se crean dotados de una cualidad moral elevada. Ni las zalamerías y halagos al electorado ni las explicaciones simples (“hemos de volver a los maravillosos tiempos pasados”) contribuirán a mejorar las cosas. Porque las cosas son nuevas y hay que entender su novedad.

Podría seguir aportando más fenómenos que se ven a simple vista y que son la causa de nuestras desdichas culturales, sociales y políticas. Los dejaré para otro día. Pero, ninguno de los procesos del cambio climático que están en marcha y se hacen patentes en la sucesión de olas de calor año a año van a esperar a que lleguemos a los consensos imprescindibles para cambiar de rumbo. Las temperaturas medias de este año, las noches de insomnio, el calentamiento de la superficie marina, la evaporación del agua de las piscinas, la sequedad ambiental, etc. están a la vista y constituyen la experiencia elemental de cualquier persona.

Si en esas condiciones, alguien te invita a un pacto y no te agarras a esa invitación como a un clavo ardiendo y la eludes con la retórica de que habrá tiempo, de que es un asunto muy complejo y tiene muchas causas, es que no has entendido la urgencia de la emergencia. Más bien, es que no quieres entender nada.

1 https://www.wwf.es/?55140/Casi-tres-mil-millones-de-animales-sufrieron-los-incendios-de-Australia-en-lo-que-fue-un-verano-negro

2 https://theconversation.com/como-los-vientos-de-santa-ana-han-provocado-incendios-mortales-en-el-sur-de-california-246998