Riiing ¿Es la policía?
La palabra policía viene de polis y tiene su origen en el buen gobierno de la ciudad. Una garantía. Después llegó lo del orden público y todo eso que tenemos ahora. Pero la policía esencialmente es ciudadanía, conviene recordárselo.
La violencia es otra cosa, mal asunto, y la violencia del poder, un despropósito, por lo poco que tiene de pedagogía y lo mucho de amenaza. Si en lugar de seguridad da miedo, mal camino. Si en lugar de resolver los problemas crea otros, peor todavía.
Cuando la policía no sabe distinguir entre una protesta pacífica y un delito, llega el desastre. Viendo las imágenes descubrimos que el gris de los uniformes ha cambiado, pero lo de dentro poco, y además es selectivo. Si el profesorado se manifiesta reivindicando derechos colectivos, son maltratados, sin embargo, cuando los energúmenos cantan cara al sol (cara al odio, diría yo) con el brazo en alto, entonces simplemente son vigilados. Por eso crecen, por eso están envalentonados. Unos se sienten perseguidos y los otros protegidos. La democracia se nos escapa entre los dedos.
Con los desahucios, las imágenes son para llorar. Ante un atropello, ante una injusticia hiriente, la ciudadanía se solidariza y se rebela, a partes iguales. Y en lugar de recibir el aplauso general de reconocimiento, les golpean con ensaño. ¿Por qué les pegan, abuelo? Cuando no tengo respuestas, tiemblo.
En las aulas, a nuestros hijos e hijas les hablamos de valores, de apoyarse unos a otros, de los cuidados, del respeto, de ayudar a cruzar la acera a un ancianito, ¿les suena? Luego, en la calle, todo es un espejismo. Si defiendes al débil te castigan. Debe ser que, en la loca academia de policía, la asignatura del respeto no es troncal, si acaso optativa. Las porras y los empujones están por encima de la razón.
Si estiramos del hilo, detrás de esa agresividad desproporcionada (¿cabe la proporción en la violencia?) hay un agente que no sé qué está pensando, solo obedece, pero con ira. Detrás hay un mando que dice ¡al ataque! Detrás hay una jueza decretando “hay que salvar el orden como sea”, sin decir nada de salvar a Mari Carmen, que la están dejando sin casa. Y todo se rompe. La justicia se quita la venda para enjugar las lágrimas, si le quedan.
Lo que la policía quiso defender allí no era el orden público, era el orden privado de la especulación. El orden público es otra cosa y está recogido en nuestra Constitución que cada vez es más pequeñita. Habla del derecho a la vivienda y añade que la propiedad privada tiene límites. Tal vez la policía lleva en el bolsillo un manual de defensa personal, pero no la Constitución, que es otro manual, este de defensa colectiva. El verdadero desorden público es que el poderoso abuse.
Para ser policía, tanto el que manda como el que cumple, hacen falta pruebas físicas, ya saben, subir y bajar una cuerda y todo eso. Pero hacen más falta pruebas éticas, pruebas de valores democráticos, pruebas que expliquen cómo proteger al desprotegido. Subir a un árbol y bajar al gatito para dárselo a la abuelita está muy bien, otra cosa es dejar a la abuelita sin casa y, por si eso no fuera suficiente drama, al ir a ayudarla te apaleen.
La democracia soñada tiene huecos, lo sé, tiene vacíos, lo sé, pero si permitimos semejante desatino es que hemos fracasado como sociedad. Cuando Mari Carmen dice: “No os hagáis daño”, tiene más sentido común que la judicatura y la policía juntos.
Ojalá la escuchemos y sepamos reconstruir la convivencia defendiendo a los más vulnerables.
Riiing, ¿es la policía? Pues que no venga.