La risa de Mazón
La risa no es otra cosa que una respuesta de nuestro organismo a una situación de estrés, dado que, en esos veinte músculos que se activan en una risa mediana, se libera dopamina, según los expertos. Le quitamos el tapón al hinchable y se arruga nuestra tensión interna como un flotador de playa. Entramos en una fase de relajación, quienes nos reímos; nos sentimos bien porque en ese instante oxigenamos de un modo completo los pulmones, al desprender índices de cortisol, que es un tinte negativo, si no se controla, para nuestro día a día.
Uno puede reírse visionando, o revisionando, “To Be or Not to Be”, la película de Lubitsch. Siempre le descubro algo, más allá de los chistes encubiertos o explícitos. Sé que de ella se cuestionó un poco, solo un poco, la (hipotética) frivolización de la tragedia hitleriana, pero también sabemos que su fecha de producción es de 1942. Nos hallábamos (bueno, yo todavía no había nacido) encima de esa locura y nos faltaba perspectiva. Reírnos también con Woody Allen, con sus paranoias, sus constantes obsesiones por la muerte, el sexo y la hipocondría; o reírnos de la situación del paleontólogo David Huxley en el filme de Howard Hawks, con un Cary Grant y una Katharine Hepburn descomunales. ¿Cuántas veces habré revisado esa película? De igual modo, y esto no es un recuento, voy soltando las referencias al azar, nunca me siento ajeno ante las escenas del extraordinario filme de Berlanga, “Plácido”, que carece de desperdicio: todo está cosido en esa historia perfecta que supo reproducir nuestra España de finales de los años cincuenta: esa escalera, con clínica dental y academia de opositores incluidas, por donde hacen descender el cadáver del pobre, pobre de verdad, que ha fallecido de un infarto de miocardio en esa Nochebuena gélida; el motocarro con el protagonista y la estrella que se balancea; el sorteo de pobres merced a las ollas Cocinex; el urinario donde trabaja Emila; por ahí Gabino Quintanilla, el hijo de Quintanilla, el de la serrería, qué sé. Todo, como digo.
En ocasiones hay risas que invitan a reír. Puede ocurrir en un acto público. Un amigo se ríe y tú, sin saber de qué se ríe, te ríes a la espera de que te explique el motivo de su risa. Porque la risa es contagiosa, es empática, enerva gratamente, busca complicidad con su imitación. Pero hay risas que asustan porque ignoramos qué las provoca, o, peor aún, quizá sabiendo qué las provoca. Esas son risas siniestras. Como la risa de Mazón, cuando se le señala en les Corts Valencianes, y ni siquiera hace un gesto de comprensión, se refugia en su teléfono móvil (en qué quedamos, no decía, en algún momento, que él no tenía teléfono móvil), hace como que atiende una llamada importante pero le salta el exabrupto de la risa cuando alguien (Joan Baldoví, por ejemplo) le recuerda que la tragedia de la DANA se llevó la vida de más de doscientas personas en octubre de 2024. ¿De qué se ríe? Lo cierto es que él no se ríe, él se carcajea, que es algo más intenso e insultante que la risa porque la carcajada pone en movimiento no veinte músculos, como la risa, sino cuatrocientos. Pero esa carcajada no tapa lo que le perseguirá siempre. De por vida.