El tiempo en un suspiro

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El tiempo es lo que me lleva de cráneo, en un sentido estético y de reflexión de alguien que habita en el primer, aunque convulso, mundo. Claro que hay otras cosas, en términos éticos, que me hacen vibrar (el genocidio que no cesa, por ejemplo, de Gaza), pero lo del tiempo es recurrente dentro de mi ocioso y frívolo marco de confort diario. Miro la esfera de mi reloj y observo cómo pasan los segundos, los minutos, las horas, y así puedo calcular cuánto dura el descenso de mi ascensor (catorce pisos) hasta llegar a la cota del portal: treinta y dos segundos. El tiempo es una concepción -algún pedante diría un constructo- adaptada a nuestro quehacer cotidiano. Cuánto tiempo me cuesta llegar caminando desde mi casa al centro de la ciudad (veintidós minutos), cuánto me cuesta leer un relato de Mario Benedetti (quince minutos), cuánto años me restan hasta decir adiós a todo: esto último es solo un tiempo hipotético, puesto que es un futurible que -espero- tarde lo suyo.

Marcel Proust nos enseñó a entender que el tiempo en la narración literaria, frente a las novelas del siglo XIX, se regía por la subjetividad, por lo que sentimos cada uno y empuja nuestro cerebro a través del recuerdo, y que es la memoria, pues, quien opera con sus saltos adelante y atrás y nos determina, anulando el presente. Esa idea que puso en práctica en sus relatos no solo destruye la convención sino que aproxima más la literatura a la propia existencia humana, constituida esta por permanentes alteraciones espacio-temporales. Semejante a lo que sostenía, más o menos, otro gigante como es William Faulkner, para quien el pasado contamina permanentemente el presente, de ahí que el pasado no sea siquiera pasado, dado que carece de categoría. Digamos que ambos escritores, que no eran neurólogos pero sabían mucho de esto de las sensaciones, apuntan a que hay un tiempo, ese que señala la esfera de mi reloj que sigo observando ahora, y otro, que es el tiempo emocional, que es el auténtico porque participa de nuestra autoexploración interior, porque no es racional sino vital. Por eso, cuando leo noticias como he leído estos días sobre lo de LUCA (la primera célula ancestral que impulsó al ser humano, no la primera forma de vida), me hundo. Sus cifras me arrastran al caos. Ya pensar que la Tierra tiene la edad de 4.500 millones de años me vuelve loco.

Yo, con la ayuda de la calculadora del móvil, puedo medir los segundos, los minutos y las horas que tiene un año, pero me resulta imposible interpretar esa cifra de 4.500 millones (¡millones!) de años. Y lo de LUCA anda en ese sesgo, pues, según los genetistas, en torno a 2.000 millones (¡millones!) de años se produjo la magia del eficaz encuentro pluricelular que despejó el camino hasta llegar a nosotros. Tras millones y millones de años de desencuentros celulares, pero con intentos serios de acoplamientos evolutivos en un medio hostil, magmático, como era la Tierra entonces, con temperaturas insoportables y con caídas de eventuales y constantes meteoritos, se dio finalmente la emersión de nuestro pariente más primigenio, siendo ya animal, del que deriva la vida que conocemos y nos rodea: la esponja. No quiero hacer un chiste barato, ya que creo sin pestañear en la plasmación cientifista del mundo, pero no deja de ser indicativo que ese ser invertebrado y acuático, de cuerpo poroso, comedor de plancton, sea nuestro pariente de arranque. Viendo lo que vemos en su modo de actuar de muchos estadistas, algunos apenas han dado un pasito más allá de este precedente porífero, del que (he leído) existen más de nueve mil especies.