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¡Es la vivienda, estúpido!

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Decía Thomas Paine que con su panfleto ‘El sentido común’ explicó a los británicos de las colonias hacia dónde tenía que apuntar. Y el blanco era el rey Jorge III. Los futuros americanos estaban enfadados, pero no tenían claro por qué hasta que el filósofo de Thetford supo canalizar su descontento. El texto se publicó en enero de 1776 y su mayor virtud fue el tono en el que estaba escrito, un lenguaje que todo el mundo pudiera entender. Seis meses más tarde, y con un objetivo concreto en el punto de mira, se aprobó la Declaración de Independencia. Es evidente que si no tienes claro tu destino, puedes acabar en cualquier sitio.

En estos momentos, el sentido común nos dice que la vivienda va a ser una de las claves de las próximas elecciones, el blanco al que hay que apuntar. El caso del desahucio de Maricarmen (uno de los 45 de media por día que hay en España) ha vuelto a poner el tema sobre la mesa. Y lo ha hecho -la realidad imita al arte- al mismo tiempo que se celebraba en la capital del reino la feria inmobiliaria The District, en la que lo peor de cada casa aporta su pequeño grano de arena para hacer de este, un mundo más miserable. De especular con pisos hemos pasado a especular con habitaciones y, si sigue la tónica, acabaremos especulando con tiendas de campaña o con cuevas. No es coña. En Estados Unidos, los fondos de inversión llevan años invirtiendo en las parcelas que la gente alquila para poder vivir en su caravana. Siempre hay alguien un poco más pobre al que esquilmar.

La crisis de la vivienda se ha extendido como una plaga, hasta el punto de que tener el piso pagado o no va a marcar en el futuro (al menos, en el inmediato) la situación económica de las familias. Afecta a los estudiantes que ya saben que en determinadas ciudades no podrán pagar un piso de estudiantes, a los que se quedan en casa hasta pasados los 30 porque no pueden pagar la entrada de la hipoteca, a los alquilados de todas las edades, a los que ven sus barrios irse a la mierda por culpa de tener un gobierno que rinde culto al Moloch del turismo depredador.

Enfrente del Parque Central, me viene ahora a la cabeza, van a construir otra torre de pisos. Los pisos, de entre dos y tres habitaciones, cuestan entre 540.000 y 675.000 euros. Hay que ser rico para planteárselo y, muchos de esos ricos son extranjeros. Las vistas a un parque que ha costado décadas conseguir y palés de dinero público, se lo van a repartir cuatro, de los que tres son guiris. Esas ciudades a mejor postor también son otra cara de esta plaga.

Pero cómo ponerse a conseguir pactos y, en vísperas electorales, a río revuelto… ya se sabe. Si ni el gobierno más progresista desde Altamira ha sido capaz de ponerse de acuerdo, soñar con algo parecido a un consenso es estar loco de atar. El martes, el decreto de vivienda tendrá una segunda oportunidad, pero para que salga adelante parece que será necesario volver a humillarse ante Junts, que algún cacito espera sacar. Valdrá la pena si se acepta su propuesta de prohibir desahucios en propiedades de los fondos buitre e, incluso, prohibirles acaparar más propiedades. De lo que se trata, al final, es de conciliar las dos españas, la que se solidarizó con Maricarmen, y la que aplaudió a los antidisturbios que salieron a farmear aura y repartir palos hasta que se quedaron sin farlopa. De la ley mordaza ya hablaremos otro día, que es otro blanco al que apuntar.

La cuestión es, el día que haya que ir a votar, de qué lado está cada cual. Y ojo, que tanto vale el voto del que ve en la vivienda un derecho que el del que la considera un simple activo a exprimir en un mercado muy lucrativo; el del que ha heredado diez pisos como el del que no puede ni pagar uno. La cuestión es de cuáles habrá más en las próxima elecciones. Muchos medios de comunicación, por ejemplo, dicen que los primeros son los ciudadanos, pero la Plataforma Antidesahucios no tiene dinero para publicidad y otros sí. Y el que paga manda. Y si es publicidad institucional donde llevan por bandera no intervenir en el mercado, no hay mucho más que añadir.

Quiero pensar que todo el mundo tiene algo de razón en sus argumentos. Hay que cortarles las alitas a los fondos buitre, liberar suelo, reducir costes administrativos, mano dura con los pisos turísticos, garantías a los pequeños arrendadores para evitar impagos, ventajas fiscales para los que no se pasen de frenada con el precio del alquiler, aumentar el IBI de los pisos vacíos, en función del dejar de decir chorradas con la amenaza okupa… Lo que está claro -y aquí me inspiro en el asesor de Clinton, James Carville-, es la vivienda, estúpidos. El que no lleve este tema bien alto en su programa (sobre todo en la izquierda) es mejor no tenerlo en cuenta.

El tema es complejo y, aunque no hay bar de carretera secundaria en el que un cuñado no lo solucionaba en tres días -sorbo de Terry y manotazo en la mesa mediante-, un gobierno de un signo en la Moncloa y 13 de las 17 comunidades en manos de otros partidos ya habla de lo complicado que está el patio. Y luego está ver de qué lado está cada uno de verdad, y ver hasta dónde está dispuesto a llegar teniendo en cuenta que el límite es la expropiación. En Francia, durante la Revolución, el límite fue la guillotina y no me parece mal.