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Comer con los ojos: así afecta el color de la comida al apetito y cómo usarlo para alimentarte mejor

Martín Frías

9 de junio de 2026 21:42 h

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Una fresa roja y madura dispara algo en el cerebro incluso antes de que la toquemos, olamos o saboreemos. Sin embargo, una fresa del mismo tamaño, pero de color gris, produciría el efecto contrario, aunque nutricionalmente fuera idéntica. La vista no es un sentido cualquiera en la alimentación: es el primero en activarse, y su influencia sobre el apetito, el placer y las decisiones de lo que comemos es mucho mayor de lo que creemos.

Las señales del apetito en el cerebro

El apetito no es simplemente hambre. Es el resultado de una conversación entre el estómago, nuestras hormonas y el sistema nervioso central, en la que las señales visuales tienen mucho peso. Cuando los ojos detectan un alimento que el cerebro reconoce como apetecible, se produce la liberación de saliva, secreción de jugos gástricos, un aumento de grelina (la hormona del hambre) y de insulina, como pudo comprobar un estudio de 2020 en el que se mostraron imágenes de comida apetitosa a los voluntarios. Los circuitos de recompensa del cerebro se activaban, incluso sin ingerir comida.

La famosa dopamina es el neurotransmisor más importante en este proceso. Se libera no solo al comer, sino cuando pensamos en comer algo que el cerebro predice como gratificante. Los estímulos visuales de alta calidad, especialmente los que incluyen colores vivos, brillos y texturas reconocibles, activan la amígdala (que evalúa la relevancia emocional del estímulo) y el córtex prefrontal (que le asigna valor). Los estudios de imagen funcional, que muestran las partes del cerebro que se activan, indican que, cuando tenemos hambre, hay una respuesta mayor al mostrar alimentos más calóricos.

Por qué los colores vivos significan comida

Las plantas evolucionaron para producir frutos con pigmentos brillantes, como los flavonoides y carotenoides, que dan los tonos rojos, naranjas, amarillos y morados. Estos colores señalan la maduración a los animales que comen fruta y dispersan las semillas. Una fruta verde contiene menos azúcar y más compuestos amargos. Un fruto rojo es más dulce y tiene más calorías. Nuestros antepasados aprendieron muy bien a reconocerlos.

Por eso estos colores activan el apetito de forma casi refleja, mientras que el azul y el gris no estimulan el hambre, ya que están asociados a alimentos putrefactos, cubiertos de hongos o poco nutritivos. Un estudio experimental confirmó que al colorear fotos de alimentos cambiando sus colores modificaba el deseo de comerlos. Lo que apagaba el apetito, más que el color, era que tuvieran un color distinto de su tono natural.

Cómo usa el color la industria alimentaria

Los anuncios de hamburguesas presentan tomates de un rojo imposible, lechuga de un verde saturado y carne de un tono dorado que ninguna hamburguesa real alcanza. Los envases de cereales azucarados para niños utilizan rojos y amarillos intensos, los colores que más activan la respuesta de dopamina. Los restaurantes de comida rápida utilizan esos mismos colores en sus logotipos y decoración: es el motivo por el que un McDonald’s nunca será azul.

Los establecimientos de alta cocina hacen exactamente lo contrario con la vajilla: usan colores neutros (blancos, grises, negros) que no compiten con el color del plato, aumentan el contraste visual del alimento y centran la atención en los ingredientes.

Cómo usar el color para comer mejor

Si el cerebro responde a los colores de los alimentos, podemos usar ese mecanismo para mejorar nuestra dieta y nuestra salud. Estas son algunas recomendaciones:

  • Añadir colores vivos a tu plato: un plato de verduras hervidas hasta que están marrones es mucho menos apetecible que otro con tomates cherry rojos, zanahoria naranja, brócoli verde brillante y remolacha morada. La variedad cromática activa la respuesta anticipatoria y nos anima a comer estos alimentos, que tienen pocas calorías y mucha fibra.
  • Usar vajilla como contraste: la vajilla de tonos neutros o fríos hace que los colores cálidos de los alimentos resalten. Pero también hay evidencia de que, si usamos estos platos, las raciones parecen más grandes y perciben como más saciantes.
  • Reducir la exposición a los envases de comida basura: si evitamos dejar a la vista ultraprocesados con colores y envases llamativos, y guardamos en lugares menos visibles estos alimentos que queremos consumir con menos frecuencia, conseguiremos evitar que nuestra vista traicione nuestro apetito.
  • Decorar con condimentos la comida de todos los días: el popular Karlos Arguiñano siempre termina sus platos decorándolos con una rama de perejil o algún condimento que añada color, lo que hace que un simple estofado o una sopa parezcan mucho más apetecibles. Podemos usar este mismo truco para alegrar la comida sana de nuestro táper.

Muchas veces nos esforzamos por controlar lo que comemos, pero si no tenemos cuidado, nuestro cerebro puede tomar la decisión de meterse en la boca el alimento equivocado y despreciar el correcto mucho antes de que podamos reflexionar sobre ello. Conociendo los mecanismos que hacen que los colores disparen los neurotransmisores y las hormonas del apetito, la saciedad no elimina su influencia, pero nos da una oportunidad de controlar nuestro entorno, lo que compramos, cocinamos y ponemos en el plato para que trabaje a favor de nuestra salud, en lugar de en contra.