Cuatro hábitos para mantener libres de residuos las juntas de los azulejos en cocinas y baños
Las juntas son la parte más vulnerable de un revestimiento cerámico porque, mientras la superficie esmaltada del azulejo apenas absorbe líquidos, la lechada de cemento con la que se rellenan la mayoría de ellas está llena de pequeños poros. Por ellos penetran el agua jabonosa de la ducha y las salpicaduras de aceite de la cocina, mientras la cal del agua dura se acumula sobre la junta, y en ese entorno húmedo encuentran el moho y las bacterias un lugar donde crecer.
Con el tiempo, las líneas pasan del blanco o gris original a tonos amarillentos, negruzcos o rosados que ya no salen con una pasada de bayeta.
Existen lechadas de resina epoxi, prácticamente impermeables y mucho más resistentes a las manchas y a los productos químicos, pero son más caras y su aplicación es más compleja porque fraguan con rapidez y sus restos cuestan de retirar del azulejo, de modo que su uso en viviendas es menos habitual que el de las cementosas. Para quien convive con juntas de cemento, la clave está en impedir que la suciedad se asiente, y eso se consigue con hábitos constantes más que con limpiezas de choque.
Ventilar y secar después de cada ducha y cada guiso
El moho necesita humedad sostenida para prosperar, y baños y cocinas son las estancias de la casa donde más vapor se genera, por lo que reducir el tiempo que paredes y juntas permanecen mojadas es la forma más eficaz de evitar que aparezca.
Traducido a la rutina diaria, eso significa encender el extractor o abrir la ventana durante la ducha y mantenerlos así unos minutos después, y usar la campana mientras se cocina, ya que hervir, freír o fregar también eleva la humedad del ambiente.
Esto vale para las campanas con salida al exterior porque las de recirculación, muy comunes en pisos, filtran grasa y olores, pero devuelven el vapor a la cocina, de modo que con ellas conviene abrir también la ventana. Pasar una rasqueta de goma o una toalla de microfibra por las paredes de la ducha retira el agua antes de que la junta la absorba y reduce los restos de jabón y de cal que quedan cuando las gotas se evaporan.
Limpiar poco y a menudo, con productos suaves
La suciedad reciente sale con agua tibia y un detergente neutro, mientras que la incrustada obliga a frotar más y a usar productos agresivos que desgastan la junta. Por eso funciona mejor una pasada semanal con un cepillo de nailon o un cepillo de dientes viejo que una limpieza a fondo de vez en cuando, y conviene evitar los estropajos metálicos que rayan la lechada.
Para la grasa de la cocina basta con lavavajillas y agua caliente y para las manchas más resistentes, con una pasta de bicarbonato y agua que se deja unos minutos y se frota con el cepillo.
Contra el moho, el agua oxigenada es menos agresiva que la lejía, aunque en juntas de color conviene probarla antes porque puede aclararlas. Después, siempre hay que aclarar y secar, ya que los restos de producto atraen nueva suciedad.
No mezclar productos ni abusar del vinagre y la lejía
Aunque el vinagre se ha popularizado como limpiador casero, no conviene usarlo a menudo en las juntas porque la lechada de cemento es alcalina y los ácidos, del vinagre al salfumán o de los productos antical, disuelven poco a poco sus componentes y la vuelven más porosa. Para quitar la cal de mamparas y azulejos pueden usarse de forma puntual, aclarando enseguida.
La lejía puede decolorar las juntas de color y, sobre todo, es peligrosa si se mezcla con otros productos, ya que con amoniaco desprende cloraminas y con ácidos como el vinagre o el salfumán libera cloro y otros gases irritantes que en un baño pequeño pueden ser graves.
Tampoco deben combinarse el agua oxigenada y el vinagre, puesto que juntos forman un compuesto corrosivo. Lo seguro es usar un solo producto cada vez, aclarar antes de cambiar de uno a otro y ventilar mientras se limpia.
Sellar las juntas y revisarlas de vez en cuando
Los selladores de juntas, que se venden en droguerías y tiendas de bricolaje, penetran el poro de la lechada y hacen que el agua y la suciedad se queden en la superficie, de modo que se limpian con más facilidad. Se aplican sobre la junta limpia y seca, o ya curada si es nueva, y se renuevan con la frecuencia que indique el fabricante; las juntas epoxi no los necesitan.
Para saber cuándo toca repetir el sellado basta con echar unas gotas de agua sobre la junta, ya que si se oscurece y la absorbe, la protección se ha perdido. Esa revisión sirve también para detectar grietas por donde el agua puede filtrarse tras el azulejo. En las esquinas de la ducha o el fregadero, donde suele haber silicona en lugar de lechada, el moho penetra en el material y no sale con la limpieza, así que la solución es cambiar el cordón.
Cuando ya no basta con limpiar
Si la lechada está agrietada, se deshace al frotarla o mantiene manchas que no salen con nada, el problema ya es de desgaste y la solución pasa por retirar la junta vieja y rellenarla de nuevo, en casa o con un profesional, momento en el que puede valorarse una lechada epoxi para las zonas más expuestas.
Y si el moho reaparece tras ventilar y limpiar, conviene revisar si hay una filtración o humedad en el muro porque ninguna limpieza resuelve una fuga.