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'Mulching' casero: cómo proteger tus plantas del frío con las propias hojas que pierden en otoño

Diego Olivares

30 de octubre de 2026 22:17 h

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Llega el otoño y, con él, una escena que se repite cada año: hojas acumuladas bajo los árboles, en los rincones del jardín o alrededor de nuestras macetas. Lo habitual es coger la escoba, recogerlas y tirarlas. Parece lo lógico, sobre todo cuando queremos dejar el jardín limpio antes de que llegue el invierno.

Sin embargo, parte de esas hojas pueden convertirse en un recurso bastante útil para nuestras plantas. Y no hablamos de preparar ningún fertilizante milagroso, simplemente de aprovechar lo que los árboles nos están dejando a sus pies.

Pero cuidado, porque no se trata de acumular hojas sin más. Bien utilizadas pueden aportar beneficios; mal colocadas, también pueden ocasionar problemas.

Un abrigo para el suelo y otros beneficios

Seguro que alguna vez has visto cómo en los jardines se cubre la tierra con corteza de pino, grava o pequeñas piedras decorativas. Aunque muchas veces pensamos que se colocan simplemente para que quede más bonito, lo cierto es que estos materiales también cumplen una función práctica. Es lo que conocemos como mulching o acolchado, una técnica que consiste en cubrir la superficie del suelo para protegerlo y mejorar algunas de sus condiciones.

Y aquí no todo vale igual. Podemos utilizar materiales minerales, como la grava o los cantos rodados, que apenas se alteran con el paso del tiempo, o materiales orgánicos, como la paja, la corteza de pino, los restos de poda triturados y, por supuesto, las hojas caídas. Estos últimos se van descomponiendo poco a poco, de manera que tendremos que reponerlos con el tiempo. A cambio, aportan materia orgánica al suelo, algo que las piedras, por muy bonitas que sean, no van a hacer.

Pero volvamos a nuestras hojas de otoño. Si nos fijamos en lo que ocurre bajo los árboles de un bosque, veremos que el suelo suele estar cubierto de hojas y otros restos vegetales. Esa capa no está ahí por casualidad: ayuda a proteger el terreno de la exposición directa al sol, la lluvia y los cambios de temperatura.

Durante el invierno, por ejemplo, puede actuar como una especie de aislante que amortigua las oscilaciones térmicas del suelo. Es decir, ayuda a que no se enfríe ni se caliente tan rápidamente, algo que puede beneficiar a las raíces más superficiales.

Y sus ventajas no terminan ahí. También ayuda a reducir la evaporación del agua, protege la superficie de la tierra frente al impacto de la lluvia y dificulta que algunas hierbas espontáneas encuentren espacio para crecer.

Además, hay algo especialmente interesante que ocurre con las hojas y que no vemos de un día para otro. Conforme pasan las semanas y los meses, los hongos, las bacterias y otros pequeños organismos comienzan a descomponerlas. Las hojas se fragmentan, pierden su forma y pasan a integrarse progresivamente en esa capa superficial de restos orgánicos que conocemos como mantillo.

Con el tiempo, parte de esa materia orgánica se incorpora al suelo, contribuyendo a mejorar su estructura y favoreciendo la actividad de los organismos que viven en él. También se liberan nutrientes, aunque de forma lenta. Así que no, echar unas hojas sobre la tierra no equivale a abonar nuestras plantas.

Cómo preparar un acolchado con las hojas del jardín

La buena noticia es que no necesitamos hacer grandes preparativos. Podemos aprovechar las hojas que caen de nuestros propios árboles y arbustos, siempre que no procedan de plantas con problemas importantes de plagas o enfermedades que puedan transmitirse a través de esos restos.

Un buen consejo es recogerlas antes de que se conviertan en una masa húmeda y compacta. Si son pequeñas, podemos utilizarlas tal cual. Si son grandes, gruesas o bastante rígidas, mejor trocearlas un poco. No hace falta convertirlas en polvo; simplemente queremos evitar que se acumulen unas sobre otras formando una capa demasiado cerrada.

Después las repartiremos sobre la tierra, sin enterrarlas. Una capa suelta de unos 3 a 5 centímetros puede servirnos como punto de partida en muchos jardines, aunque no existe una medida que funcione para todas las plantas. Y un detalle que conviene recordar: dejaremos libre la zona más próxima al tronco o al cuello de la planta. No queremos tener los tallos permanentemente rodeados de hojas húmedas.

Hasta aquí parece sencillo, pero hay una cuestión que no debemos pasar por alto: conservar la humedad no siempre es algo positivo.

Las raíces necesitan agua, pero también oxígeno. Cuando la tierra permanece encharcada y sus poros están ocupados por agua durante demasiado tiempo, las raíces tienen dificultades para respirar y pueden aparecer problemas de pudrición. Así que, antes de colocar un acolchado, merece la pena observar cómo drena nuestro suelo y cuánto tarda en secarse.

Esto es especialmente importante en plantas mediterráneas como lavandas, tomillos o romeros, que suelen agradecer terrenos bien drenados y no necesitan que mantengamos constantemente húmeda la zona de su base. En estos casos, dependiendo de las condiciones, puede resultar más adecuado un acolchado mineral o incluso dejar la tierra descubierta.

También hay que vigilar qué hojas utilizamos. Algunas enfermedades pueden sobrevivir en los restos vegetales y volver a afectar a las plantas cuando las condiciones sean favorables. No significa que tengamos que examinar cada hoja con lupa, pero si un árbol ha sufrido una enfermedad importante, conviene saber cuál ha sido antes de reutilizar sus restos.

Cómo preparar el acolchado para plantas en macetas

El acolchado protege principalmente desde arriba, mientras que las paredes del recipiente siguen expuestas a las temperaturas exteriores. Por eso, ante una helada importante, será más útil resguardar la maceta o proteger el propio recipiente que confiar únicamente en las hojas secas.

Dentro de casa, sin embargo, la historia cambia bastante. Las temperaturas suelen ser más estables y, durante los meses con menos luz, muchas plantas de interior necesitan menos agua. Colocar una capa de hojas puede retrasar el secado del sustrato sin aportar una protección térmica realmente necesaria.

Y aquí conviene acordarse de la famosa mosca del sustrato, esos pequeños mosquitos oscuros que a veces vemos revoloteando alrededor de nuestras macetas. Sus larvas se desarrollan en ambientes húmedos y se alimentan principalmente de hongos y materia orgánica en descomposición. Si ya hemos detectado su presencia, añadir una capa de hojas que conserve todavía más la humedad puede favorecer las condiciones que necesitan para desarrollarse. En ese caso, mejor prescindir del acolchado, revisar los riegos y permitir que la superficie del sustrato se seque entre ellos, siempre que las necesidades de la planta lo permitan.

Al final, aprovechar las hojas que caen en otoño es una forma sencilla de cuidar el suelo y reducir los restos vegetales que retiramos del jardín. Pero tampoco debemos convertirlo en una obligación. Hay plantas que se beneficiarán de esa cubierta y otras que estarán perfectamente sin ella.

Quizá este año, antes de llenar otra bolsa de hojas, merezca la pena mirar dónde podrían resultar útiles. Porque a veces cuidar mejor nuestras plantas no consiste en comprar algo nuevo, sino en saber aprovechar lo que ya tenemos.