Tu salón como un vergel: consejos básicos para empezar a llenar tu casa de plantas
Cuidar plantas parece haberse vuelto bastante más complicado de lo que era. Entre redes sociales, vídeos y consejos sobre cómo mezclar los sustratos perfectos, fertilizantes caseros o iluminación ideal, es fácil acabar en una especie de parálisis por análisis y no saber ni por dónde empezar.
Y ahora que termina el verano, volvemos a pasar más tiempo en casa y apetece hacer pequeños cambios, quizá sea precisamente un buen momento para hacerlos, pero sin complicarse demasiado. Porque una de las mejores formas de aprender a cuidar plantas sigue siendo tenerlas, observarlas y, sí, equivocarse alguna vez.
El primer consejo: no ser demasiado original
No se trata solo de regar cuando toca o elegir la mejor maceta. Todo eso suma puntos, pero hay algo que puede evitarnos problemas de verdad desde el principio: elegir las especies adecuadas.
Tampoco hace falta pasarse de original, ni elegir plantas demasiado raras para formar un rincón verde chulo. De hecho, muchas de las plantas que llevamos décadas viendo en casas y, en realidad, en casi todas partes, son una de las mejores formas de empezar a entender qué necesitan las plantas.
Porque sí, cada especie tiene sus particularidades, pero al final todas forman parte de un grupo enorme que comparte unas cuantas reglas básicas: necesitan luz, agua y raíces que no se pudran por no disponer de oxígeno suficiente, y responden a los cambios de temperatura, humedad o disponibilidad de nutrientes. Aprender a interpretar estas necesidades con una planta resistente nos servirá después cuando queramos dar el salto a otras algo más exigentes.
El poto (Epipremnum aureum) posiblemente sea uno de los mejores ejemplos. Es resistente, crece bastante rápido cuando tiene buena luz y podemos utilizarlo como planta colgante. Además, es una planta bastante expresiva: observando sus hojas y el sustrato resulta relativamente sencillo empezar a entender cuándo necesita agua.
La zamioculca (Zamioculcas zamiifolia) es otra magnífica candidata si buscamos algo todavía más tranquilo. Tiene un crecimiento pausado, una apariencia ordenada y limpia gracias a sus brillantes hojas y almacena reservas de agua en sus estructuras subterráneas, por lo que soporta bastante bien que nos olvidemos del riego durante un tiempo. Con ella suele ser más peligroso pasarse que quedarse corto.
Algo parecido ocurre con la sansevieria (Dracaena trifasciata). Sus hojas verticales ocupan poco espacio, tolera ambientes secos y puede aguantar periodos largos entre riegos. Una buena opción para quienes reconocen abiertamente que acordarse de las plantas no está entre sus principales virtudes.
Otra opción sencilla es una drácena como, por ejemplo, Dracaena fragrans ‘compacta’. Crece despacio, mantiene un porte vertical bastante ordenado y no exige demasiado espacio, algo que agradeceremos con el paso de los años. Es una alternativa interesante a plantas como la monstera, que puede parecer muy manejable cuando la compramos pequeña, pero, como buena trepadora, terminará pidiendo bastante más sitio y algún tipo de soporte para desarrollarse correctamente.
Ser poco original, cuando empiezas con plantas, puede ser una excelente estrategia para romper mano.
Dónde va a vivir
Aquí probablemente esté la decisión más importante de todas. Solemos comprar una planta porque nos gusta y, una vez llegamos a casa, empezamos a buscarle sitio. Lo lógico sería hacerlo justo al revés.
Miremos primero nuestra casa. ¿Tenemos una estancia muy luminosa o la planta estará cerca de una ventana? O por contra, ¿queremos colocarla en un rincón bastante alejado de cualquier entrada de luz?
Porque una de las frases que más confusión genera con las plantas de interior es aquello de “tolera poca luz”. Las plantas que hemos comentado pueden soportar condiciones de iluminación relativamente bajas, pero eso no significa que puedan vivir bien en la oscuridad. Todas necesitan luz para realizar la fotosíntesis y la diferencia está en cuánta necesitan y en cómo son capaces de adaptarse a disponer de menos.
Además, la cantidad de luz condiciona directamente muchas otras cosas. Una planta situada en un lugar luminoso tendrá generalmente más actividad, crecerá más y consumirá más agua que esa misma planta situada en una zona bastante oscura.
Y esto es importante porque explica muchos problemas que atribuimos al riego cuando, en realidad, empiezan mucho antes. Si colocamos una planta en un rincón con muy poca luz y continuamos regándola alegremente cada semana, probablemente el sustrato permanezca húmedo durante demasiado tiempo.
Tampoco hace falta moverla cada tres días buscando la ubicación perfecta. Una vez elegido un lugar adecuado, conviene darle tiempo y observar cómo responde.
Elegida la planta y encontrada una buena ubicación, queda probablemente el punto donde más errores cometemos: el riego.
Lo primero sería olvidarnos de la famosa regla de “una vez por semana”. Las plantas no entienden de domingos. La frecuencia con la que necesitan agua depende de la especie, pero también de la cantidad de luz que reciben, la temperatura, el tamaño de la planta, el volumen de sustrato o la época del año.
Y precisamente ahora, con la llegada del otoño, esto cobra especial importancia. Las temperaturas empiezan a bajar, tenemos menos horas de luz y muchas plantas reducen su actividad. Como consecuencia, también suelen consumir menos agua y el sustrato tarda más en secarse. La solución es mucho más sencilla que buscar una frecuencia perfecta: comprobar antes de regar. Podemos tocar los primeros centímetros del sustrato, observar su aspecto o acostumbrarnos a levantar ligeramente la maceta y notar su peso. Poco a poco aprendemos a interpretar cuándo necesita realmente agua cada planta.
Y cuando reguemos, hagámoslo como toca: es preferible humedecer suficientemente el sustrato y permitir que el agua sobrante salga por los agujeros de drenaje que ir añadiendo pequeños chorritos continuamente.
El otro gran impulso que conviene controlar es el del trasplante. Compramos una planta y parece que lo primero que tenemos que hacer al llegar a casa es cambiarla de maceta, ponerle nuestro sustrato favorito y, ya que estamos, darle bastante más espacio para que “crezca mejor”. La cosa no funciona así necesariamente.
Si la planta está sana, el sustrato está en buenas condiciones y las raíces todavía disponen de espacio, no hay ninguna obligación de trasplantarla. Puede quedarse perfectamente en la maceta de cultivo en la que ha llegado durante mucho tiempo.
¿Pero hasta cuándo? Sin entrar en detalles, hay un par de situaciones en las que sí deberíamos hacerlo: raíces muy congestionadas haciendo que incluso escapen por los agujeros de drenaje o un sustrato malo y compactado con problemas de drenaje que no dejan crecer bien a las raíces (y a la planta). Y cuando lo hagamos, normalmente bastará con aumentar el tamaño a la maceta inmediatamente superior (o la siguiente). Poner una planta pequeña en una maceta enorme no hace que crezca más rápido y sí puede hacer que una gran cantidad de sustrato permanezca húmedo durante demasiado tiempo.
Así que si este otoño quieres empezar a llenar un poco más tu casa de verde, no necesitas conocer todos los tipos de sustrato ni empezar con una colección de plantas difíciles, sino tener claras ciertas cosas que te darán experiencia para poder subir de nivel.