Tres trucos para quitar las manchas de las almohadas y dejarlas como nuevas
Pasamos con ella alrededor de un tercio de nuestra vida y, sin embargo, es probablemente el objeto de la casa al que menos prestamos atención. Cambiamos las sábanas, lavamos las fundas y damos por hecho que la almohada está limpia. Hasta el día en que, al quitar la funda, aparece esa mancha amarillenta con forma más o menos de cabeza que nadie ha visto crecer con el paso del tiempo.
La explicación es menos misteriosa de lo que parece. Noche tras noche, la almohada recibe el sudor, grasa de la piel, restos de cremas y saliva. Ninguna funda es una barrera total, ya que tanto la tela como la almohada son porosas, y esos residuos acaban llegando al relleno. Acostarse con el pelo mojado añade humedad extra. Con los meses, la grasa y los componentes del sudor se oxidan y se fijan en la fibra, y así aparece ese tono amarillento que un lavado convencional no siempre logra quitar.
Los ácaros del polvo se alimentan de las escamas de piel que perdemos al dormir y prosperan en ambientes húmedos, así que la almohada les ofrece casa y comida. Lavarla con regularidad reduce su presencia y la de sus alérgenos, algo especialmente importante para quienes padecen alergia o asma. Antes de ponerse manos a la obra, conviene leer la etiqueta, donde se encuentra la información clave sobre si la almohada admite lavadora, a qué temperatura y cómo debe secarse.
Pasta de bicarbonato y agua oxigenada, para manchas localizadas
En uno de los remedios más recomendados por quienes se dedican a la limpieza y tiene la ventaja de que casi todo el mundo tiene ambos productos en casa. Además, permite atacar la mancha sin recurrir a productos agresivos como la lejía.
El procedimiento es sencillo. Se mezclan ambos a partes iguales hasta formar una pasta, se cubre por completo la zona amarillenta y se deja actuar unos 15 minutos, sin necesidad de frotar. Conviene preparar la mezcla justo antes de usarla y no guardar lo que sobre en un recipiente cerrado porque sigue liberando oxígeno. Pasado este tiempo, se retira bien el producto con una bayeta húmeda para que no queden restos de bicarbonato, que pueden dejar cercos blanquecinos. Si el material lo permite, después se lava la almohada a máquina; si no, basta con dejarla secar al aire por completo antes de volver a usarla. Unos guantes no sobran.
El bicarbonato actúa como abrasivo suave y absorbente, y además es ligeramente alcalino, lo que ayuda a deshacer la grasa. El agua oxigenada, que en farmacias se vende al 3%, es la que blanquea, ya que oxida los compuestos responsables del tono amarillo. Las dos se potencian entre sí porque el agua oxigenada actúa mejor en un medio alcalino como el que crea el bicarbonato. Como puede aclarar los tintes, conviene probarla antes en una zona poco visible si la tela o el relleno son de color.
Para manchas recientes o leves puede bastar menos. Una pasta de bicarbonato y agua, dejada actuar entre veinte y treinta minutos antes de pasar a la lavadora, puede ser suficiente. Si la mancha se resiste, se puede repetir la operación o pasar la mezcla con agua oxigenada.
Remojo con percarbonato sódico, para almohadas muy amarillas
Cuando la mancha lleva años asentada o cubre casi toda la superficie, el tratamiento localizado se queda corto. Aquí entra en juego el percarbonato sódico. Forma parte de muchos detergentes desde hace décadas, pero en los últimos años se ha popularizado como producto independiente y como alternativa a la lejía. Se vende en droguerías y supermercados, a menudo bajo la etiqueta de oxígeno activo.
Su funcionamiento es sencillo. Al disolverse en agua libera peróxido de hidrógeno, es decir, agua oxigenada, junto con carbonato sódico. El primero oxida y blanquea las manchas orgánicas, como las de sudor, saliva o restos de cosméticos, y el segundo ayuda a deshacer la grasa. Resulta especialmente útil con fundas y almohadas blancas muy amarillentas, o con manchas que se resisten a un lavado normal.
Antes de empezar, una precaución clave: este método es para almohadas de fibra o microfibra que admiten lavado con agua. No conviene usarlo con almohadas de plumas o plumón porque el percarbonato puede dañar las fibras de origen animal, igual que ocurre con la lana o la seda. Tampoco sirve para las viscoelásticas o de látex, que no deben sumergirse.
Se llena una bañera o un barreño grande con agua caliente, idealmente entre 40 y 60 grados si la etiqueta de la almohada lo permite. Se añade el percarbonato siguiendo las dosis del envase, que suele indicarse por litros de agua, y se remueve hasta que se disuelva. Después se sumerge la almohada y se deja actuar varias horas. En el caso de manchas muy marcadas, un remojo de cuatro a seis horas puede ser útil. La temperatura importa, ya que el percarbonato actúa, sobre todo, en agua caliente; en la fría, pierde buena parte de su efecto. Es recomendable usar guantes porque irrita la piel y los ojos.
Hay quien añade un paso previo para las almohadas más castigadas: un primer remojo en agua caliente con detergente para retirar la grasa, y después vaciar, volverá a llenar y aplicar el percarbonato. Es un proceso largo, pero no requiere frotar, y permite tratar varias almohadas a la vez. En cualquier caso, al terminar hay que aclarar bien y asegurarse de que la almohada se seca por completo, también por dentro, porque una almohada que conserva humedad es terreno abonado para el moho.
Un lavado a fondo, adaptado al tipo de relleno
Los dos trucos anteriores pierden buena parte de su sentido si después la almohada no se lava bien. Aquí el material lo cambia todo.
Las de fibra hueca y microfibra son las más agradecidas. Si la etiqueta lo permite, pueden ir a la lavadora con agua caliente. La temperatura importa, ya que a 60 grados el lavado elimina los ácaros, mientras que con 40 solo arrastra una parte de ellos y de sus alérgenos. El calor tiene la ventaja de que disuelve la grasa corporal acumulada, que con agua fría sale con dificultad. Conviene añadir un aclarado extra para que no queden restos de detergentes en el relleno.
Las de plumas también admiten lavadora, pero con más cuidado: programa delicado, agua templada, detergente neutro y sin suavizante, que puede apelmazar el relleno. El momento delicado es el secado. Al aire tardan mucho y pueden quedar húmedas por dentro, así que lo ideal es la secadora a baja temperatura. Si no se tiene, hay que sacudirlas y darles la vuelta con frecuencia hasta que estén completamente secas.
El truco de las pelotas de tenis no es un mito, aunque donde de verdad funciona es en la secadora, ya que al golpear la almohada, deshacen los grumos y le devuelven el volumen. Basta con un par, limpias, o con bolas de secado específicas. En la lavadora, lavar las almohadas de dos en dos ayuda a mantener el tambor equilibrado. Un centrifugado suave es recomendable porque acelera el secado; lo que no hay que hacer es escurrirlas ni retorcerlas a mano porque se deforman. Sea cual sea el método, deben secarse por completo.
Las viscoelásticas y las de látex requieren un método distinto. No deben sumergirse ni mojarse en exceso porque el material tarda mucho en secar y podría deteriorarse. En su lugar, se recomienda limpiar la superficie con un paño húmedo y unas gotas de jabón neutro, frotando con suavidad. Después hay que dejarlas ventilar bien, a la sombra y lejos de fuentes de calor porque el sol y las altas temperaturas degradan estos materiales. Tampoco deben ir a la secadora. Eso sí, muchas llevan una funda exterior con cremallera que puede quitarse y lavarse a máquina.