Premios Oscar
Oliver Laxe, a pocas horas de los Oscar: “A lo mejor mi cine es para todos los públicos pero yo no lo soy”
Oliver Laxe lleva, como el padre protagonista de su película, más de un año viajando con Sirat. La última parada es en Los Ángeles, o eso parece, porque rápidamente él aclara que la última de verdad será en su tierra, Galicia, en los premios Mestre Mateo. El peso del trayecto se nota. Mientras que en todos los encuentros que ha tenido con la prensa su energía se contagiaba a borbotones, ahora se le ve cansado. No lo niega, lo está. Ha sido un trayecto duro, de mucha exposición, donde ha logrado lo impensable, que un filme radical, que apuesta por un cine sensorial más que narrativo se convirtiera en un fenómeno de masas capaz de hacer medio millón de espectadores y lograr dos nominaciones a los Oscar, a Mejor película internacional y a Mejor sonido.
Sabe que su categoría está muy complicada, por no decir imposible, pero confía en ese equipo enteramente femenino que ya ha hecho historia en los Oscar en un campo históricamente masculinizado que no había tenido nunca una nominación enteramente compuesta por mujeres. A pesar del cansancio y de estar “feliz por cerrar una etapa”, también aclara rápido que está “contento”, y sobre todo de que ese final sea “en casa”.
No miente cuando dice que ya tiene ganas de poner el lazo al filme. “Estoy con ganas. Ha sido bonito y tenía que ser así. Cero quejas, todo gratitud y ha sido increíble. He estado viajando con Santiago Fillol, mi guionista, y hemos estado en muchos estados del interior. Hemos estado en Nashville, Tennessee, en Austin, hemos estado acompañando la peli y la verdad es que sigue siendo superbonito. Me sigue encantando compartirla y entrar en una sala de cine y ver toda la electricidad que hay, ver su diversidad”, dice.
De lo que está cansado, y pide disculpas por reconocerlo, es “de las galas y de las entrevistas”, pero la conexión con el público le sigue “dando muchísima energía y le sigue dando sentido”. “Hacemos pelis para eso, para entrar en una sala de cine y sentir al público presente, vivo”, añade. En esta maratón promocional su figura se ha convertido en, de alguna forma, pública, y cada cosa que ha dicho ha sido escrutada y convertida en tema de discusión. Se han hecho memes, parodias… Una exposición inusitada y desconocida para un cineasta de autor.
Sí que se ha sentido expuesto y vulnerable, pero también ha sido una lección. “He aprendido mucho, la verdad. Para mí hay muchas cosas que eran nuevas, pero no le daría más importancia. Es normal. Yo creo que también, en España como que se te intenta siempre encajar. Y si no encajas, es tu culpa. En cambio, aquí tengo la sensación de que están más acostumbrados a la diversidad y cuanto más diferente seas, mejor. Se acoge esa diversidad. O se entiende que el artista tiene que tener un aire”, señala. Como si fuera consciente de que esa declaración puede volver a ser tomada como literal lo aclara: “Estoy generalizando, ojo. Hemos hecho medio millón de espectadores en España. Hemos ganado seis Goyas. Ha sido precioso. La comunión con la cinefilia, también con vosotros, cero quejas. Pero sí que obviamente mi personaje público ha trascendido y… No sé, mi cine a lo mejor sí es para todos los públicos, pero a lo mejor yo no soy para todo el público. No lo sé. Pero estoy contento de todo lo que estoy aprendiendo”, remarca.
A pocas horas siente nervios, pero no tantos. “Sé que no voy a tener que salir a recoger un premio, y eso alivia en parte porque vas a poder disfrutar más”, bromea sobre sus posibilidades y hace balance de todo lo que se lleva de EEUU, entre otras cosas un agente en el país y las primeras pistas de lo que será su próxima película. “Creo que en EEUU tienen mucho olfato. Aquí saben reconocer un artista y me han reconocido como tal. Me llevo la oportunidad de poder construir un caballo de Troya con mi siguiente película. Me parece que tengo una buena oportunidad”, dice.
Creo que en EEUU tienen mucho olfato. Aquí saben reconocer un artista y me han reconocido como tal. Me llevo la oportunidad de poder construir un caballo de Troya con mi siguiente película
Junto a Santiago Fillol han hablado de las primeras imágenes con las que empezar a tirar del hilo. “Empezamos a pensarlas, a tensarlas a ver cómo se comportan, pero pinta bien”, avanza. ¿Será en EEUU? “Desde luego que hay ofertas. Hay proyectos. Hay muchos productores, que no puedo decir los nombres, pero que quieren trabajar con nosotros, hay actores… Pero lo que es bonito es que lo que me piden es mi cine. No quieren que me adapte para hacer nada, dicen ‘danos más de ti, de tu movida’. Han reconocido un cineasta serio, un autor”, comenta sin dar muchas más pistas. No sabe cuánto necesitará descansar después de toda esta aventura, de hecho su forma de descansar es pensar en la próxima y pasar página. “Desgraciadamente sí, es así. Desgraciadamente soy incorregible”, responde con una sonrisa.
Sabe que los Oscar llegan en un momento políticamente inflamable, y cree que “a toda la sociedad le vendría muy bien bailar más” porque “es muy terapéutico, purgas, limpias, te desahogas”. “Es un momento de mucho dolor. Estamos en un telefilme americano de buenos y malos. Por eso me gusta tanto la película iraní, Un simple accidente, que es mi favorita. Es una película que acoge el dolor del otro. Me parecen buenas noticias. Eso es lo que los artistas tenemos que repetir, que la herida no tiene país, no tiene clase social. Es algo muy complejo que arrastramos y hay que curar eso. Hay que sostener la herida de todos”, apunta.
Para explicarlo cita una frase de O que arde, que decía que “quien hace sufrir es porque sufre”, y por si acaso alguien ha podido pensar que está justificando a Trump y compañía lo aclara: “No estoy legitimándolo. No lo estoy justificando. Pero es momento de más piedad, de abrazar más. Como decía Chelo Loureiro cuando recogió el Goya: Más amor y menos redes sociales”.
De lo político vuelve a opinar sobre si los cineastas deben hablar o no, pero pide por favor lo que diga se transcriba de forma exacta. “Si no, al final no vamos a decir nada. Los artistas vamos a robotizarnos y no es lo que queréis, así que ayudadnos”, comienza para opinar que cree que “está bien expresarse, pero es difícil porque dices algo y está mal, no dices nada y está mal, y si lo dices no se va a recoger con la complejidad, se va a recortar y también mal”.
“Se tiene que entender que es muchísima exposición. Hacer una película te pone en un estado de vulnerabilidad muy fuerte. Creo que no se es suficientemente consciente del grado de depresión que hay. Igualmente estamos en un momento con mucho miedo. Yo creo que va a haber pocas proclamas políticas en la ceremonia, pero está bien cuando las hago. Me parece bien ser valiente. Pero no somos tan fuertes. O yo por lo menos no lo soy tanto. Mi película ha hecho llorar a palestinos, a iraníes, a americanos conservadores, a americanos progresistas. Pongamos toda la energía en que nuestras películas toquen. Muevan algo. Ahí hay que poner la energía”, zanja siendo el mismo Laxe que hace un año puso a bailar a un festival de cine con la más personal de las películas sin saber que acabaría en Hollywood.