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Destruyendo la ciudad

17 de octubre de 2026 22:11 h

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Cuenta Galdós en Memorias de un desmemoriado que Carlos V “solo se sentía emperador” al subir por la escalera del Alcázar de Toledo, no muy parecido al que podemos ver en la actualidad. El edificio del siglo XVI tenía magia, ligereza, alma renacentista (busquen el dibujo de Joris Hoefnagel y lo entenderán al instante), pero Galdós no lo sacó a colación por hablar simplemente de arquitectura. En su época, seguía siendo la sede de la Academia de Infantería, y el gran escritor se lanzó “a la región de las bellas hipótesis” para proponer que lo transformaran en establecimiento de viajeros de todo el mundo, “ahora que tanto se habla del turismo”. Se había alojado en un sitio excepcional, el antiguo Hotel Castilla y, al parecer, su “ninfa” y él estaban con ganas de ironizar por culpa del contacto diario con la “sociedad escogidísima de franceses, ingleses y yankis” que llenaba sus estancias.

No quiero ni imaginar qué habría escrito Galdós décadas después, cuando el capricho de las instituciones convirtió el hotel en sede de la Tesorería General de la Seguridad Social, en lugar de crear el museo que su historia exigía. Aún se dice que era uno de los establecimientos más lujosos de España, y que atraía a intelectuales y pintores como Joaquín Sorolla y Tsuguharu Foujita; lo que no se dice es que estuvo directamente relacionado con dos de los muchos olvidados de nuestro país: los republicanos Félix Urabayen y su esposa, Mercedes Priede Hevia. El primero, al que a veces se recuerda por haber sido compañero de celda de Miguel Hernández y Antonio Buero Vallejo, nos dejó varios libros de artículos y un puñado de buenas novelas, como Don amor volvió a Toledo y Bajo los robles navarros; la segunda, hija del fundador del hotel (el irlandés Francisco O´Priede), abrió caminos vedados hasta entonces a las mujeres y fue esencial en la elaboración del Plan Profesional de Magisterio y el Reglamento de Escuelas Normales de la II República.

Por supuesto, cualquiera que haya leído bien al autor de La desheredada y Misericordia sabe que se habría alegrado de que el Castilla no acabara como tantos edificios de nuestras ciudades, condenados a ser majadas y fachadas sin alma de un parque temático para turistas. Al fin y al cabo, una sede de la Seguridad Social no deja de ser una buena causa; y por otra parte, es ciertamente preferible a tirar de piqueta, manía que estuvo tan de moda en el siglo XIX —también en el XX, pero no nos perdamos— que destruyó cascos históricos enteros, empezando por el de una capital que Galdós conocía a fondo: París, donde Napoleón III y el barón Haussmann decidieron quitar de en medio a decenas de miles de vecinos y eliminar casi todo lo antiguo con el noble afán de modernizar, es decir, de dejar el centro para los ricos, dificultar revoluciones (las calles estrechas son perfectas para las barricadas) y sustituir la estética de la pluralidad y la diferencia por la estética de la uniformidad y la monotonía. 

Desde mi punto de vista, no hay mejor forma de profundizar en aquella fiesta de la especulación y el control de masas que acudir a La jauría de Zola, algunos poemas de Baudelaire en Las flores del mal (los ‘Cuadros parisinos’ en concreto) y Nuestra señora de París, en la que Victor Hugo escribe lo siguiente, tras quejarse por la pérdida del “sentido histórico” de la ciudad: “El París de nuestros padres era de piedra, pero el de nuestros hijos será de yeso” (Libro tercero, capítulo II). De haber vivido en estos tiempos, habría dicho “pladur” y, probablemente, habría cambiado el título y parte del contenido de su célebre ‘¡Guerra a los demoledores!’ para parar los pies a los nuevos brujos del dinero fácil, como hombre comprometido y miembro que era de la Comisión del viejo París y de la Sociedad para la protección de los paisajes y la estética general de Francia. Si la arquitectura siempre es ideológica, qué decir del urbanismo. La única diferencia es que antes derribaban barrios en favor de una élite, y ahora se limitan a despojarlos de todo tejido social.

Evidentemente, las personas son lo primero. Sin embargo, tendemos a olvidar que el atraco inmobiliario que sufrimos va más allá de lo que nos afecta a nosotros, uno a uno, por vías como la imposibilidad de tener un techo sobre nuestras cabezas o la seguridad de vivir en una precariedad constante. Ese mismo mal cierra librerías, salas de ensayo y locales de asociaciones de todo tipo; ese mismo mal destruye la ciudad en el sentido original del término –el de espacio de la ciudadanía– y hace que el propio concepto de sociedad acabe en papel mojado, en algo que va quedando reducido a un eco: el de la rebeldía de Victor Hugo y Benito Pérez Galdós, quien no se olvidaba del mundo ni en su querido Hotel Castilla.