Crítica

La Fura dels Baus decepciona con su revisión feminista de Barbazul

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A Barbazul le pirran dos cosas, coleccionar esposas y los castillos con muchas habitaciones. Estas inocentes aficiones del personaje de Perrault han dado para multitud de interpretaciones. Cuentos, animaciones y al menos media docena de óperas. Dos de ellas figuran en el programa en curso del Teatro Real: la primera, la de Béla Bartók, la vimos a finales del año pasado; la segunda, compuesta por Paul Dukas, se estrenó anoche en el teatro madrileño.

A diferencia de otras versiones del cuento, la que nos ocupa tiene dos nombres propios en el título: el consabido duque feminicida y Ariadna, verdadera protagonista de esta ópera simbolista y arquetipo salvífico en la batalla de la luz contra la oscuridad. Yendo al librero, bellísimo texto de Maurice Maeterlinck, la historia transcurre tal que así. Ariadna acaba de casarse con Barbazul contra el criterio de los campesinos locales, que la advierten a gritos de las aficiones criminales de su recién adquirido esposo. “No entres al castillo, es la muerte”. La novia no se da por enterada y comenta con su nodriza el regalo nupcial: seis llaves de plata y una de oro. Las primeras abren cámaras repletas de tesoros; la última, una estancia secreta y vedada que Ariadna no duda en abrir. “Voy a buscar la puerta prohibida, lo que está permitido no nos enseñará nada”.

“¿Tú también?”, le reprocha Barbazul. “Yo, sobre todo”. En una cámara subterránea, sumidas en la oscuridad, Ariadna encuentra a las cinco esposas que la antecedieron. Están vivas, pero aterrorizadas. Al interrogarlas, Ariadna descubre que algunas llevan años atrapadas en esas tinieblas y decide —venciendo sus temores y reticencias— ayudarlas a escapar. Tras varias intentonas, nuestra protagonista descubre una abertura que da hacia el exterior, permitiendo que la claridad del día y el rumor de las olas inunden la mazmorra. Las mujeres salen y contemplan la anchura del mar y los campos.

De nuevo en el castillo, Ariadna las anima a engalanarse: van a ser libres y eso es un motivo de alegría. En eso, parece que regresa Barbazul, pero es interceptado y linchado por los aldeanos, que se lo entregan inmovilizado a las mujeres para que completen su venganza. Pero ellas, tras tantos años de sometimiento, no son capaces de librarse de su captor: curan sus heridas, lo besan y lo desatan. Ariadna, viendo el desenlace, las anima a marcharse con ellas. Ellas se niegan. Acompañada solamente por su nodriza, la protagonista se marcha.

La versión de Ariadna y Barbazul que vimos anoche trata de subvertir por todos los medios este final decepcionante. A la cabeza de la intentona está Àlex Ollé, de La Fura dels Baus, acompañado de su equipo habitual: Alfons Flores en la escenografía, Josep Abril en el vestuario y Urs Schönebaum en la iluminación. El montaje comienza con un vídeo mareante en el que, desde la luna trasera de un coche, vemos el viaje nupcial de los protagonistas. Lo menciono porque la decisión es una declaración de intenciones: querido espectador, no permitiremos que la música lo aburra, ¡no habrá un segundo de quietud sobre el escenario! ¿Que la orquesta intenta evocar las joyas que se guardan en el castillo? Unas actrices vestidas con camisones tratan de huir de otros actores vestidos de Barbazul. ¿La partitura trata de recrear el movimiento del mar y la anchura de los campos? Gente abrazándose atropelladamente por aquí y por allá. ¿Nos internamos en la caverna prohibida? El decorado se levanta y deja ver el perfil de un laberinto.

Esta propuesta contramusical (más habitual de lo que imaginan en el gremio de directores de escena) produce una serie de patologías en el desarrollo de la función que terminan por arruinar el elegante constructo simbolista que trata de armar Maeterlinck. El descenso a la prisión se nos muestra reconvertido en la boda de Ariadna; los aldeanos que tratan de frenar a Barbazul son los invitados; ¿el camino hacia la libertad?, una torre con mesas que se iluminan (vaya usted a saber por qué), sillas de convite y lámparas de pie. Tampoco parece bastarle a Ollé la violencia que narra la música, porque opta por subrayarla con interferencias espasmódicas de los maltratos pasados (como si un verdugo invisible la emprendiese a golpes con la multitud de rehenes que en esta producción hacen de las cinco esposas) que se suceden sin que sepamos bien por qué. ¿Las campanas del reloj de la iglesia que alguna lleva décadas sin oír? Vale. ¿El recuerdo del cautiverio? También.

Con todo, debemos reconocer que el momento más dramáticamente interesante está causado por la subversión de las pretensiones del libreto. Como les adelantaba, en esta Ariadna las esposas no liberan a su captor. Tras serle entregado por los aldeanos (que aquí son una turba machuna que se pelea a sillazos de manera desordenada y luego tira fichas a las señoras), las mujeres se le arremolinan alrededor de Barbazul, hiriéndolo mientras se lamentan, de las heridas que le han causado durante la captura. Este momento finamente sádico (Ariadna llega a apuñalarlo mientras pide que lo traten con delicadeza) me pareció realmente brillante. El remate, sin embargo, vuelve a caer en lo absurdo: las esposas ejemplifican histriónicamente varios conatos homicidas, pero todas frenan (la dirección de actores no es buena en toda la función, pero aquí es disparatada) a pocos centímetros de su objetivo. Ariadna se marcha y ellas, girando al maltratador —cautivo y desarmado—, fijan la mirada en el patio de butacas. ¿Por qué? ¿Para qué? Se hace el silencio y cae el telón.

Yendo a lo musical, la dirección de la orquesta cae en manos de Pinchas Steinberg. Con el guirigay que se monta en el escenario, uno la escucha como puede. La interpretación me pareció atinada y los pasajes orquestales sonaron bellamente. En el capítulo de voces conviene elogiar la Ariadna de Paula Murrihy (sobre quien, prácticamente, recae el peso de toda la función), que logra la difícil tarea de dotar de expresividad a un personaje vocalmente reiterativo. También a la nodriza de Silvia Tro Santafé, contraparte indispensable, que canta con una seguridad admirable. Me gustó breve desempeño de Gianluca Buratto como Barbazul y el coro, que sigue siendo uno de los grandes activos del teatro madrileño.

Hay muchas óperas cuyos “valores” nos resultan problemáticos. La curiosidad femenina no es solo objeto de reproches en otras versiones del cuento de Perruault; también, por ejemplo, en La flauta mágica de Mozart. Pero justo en la interpretación de Maeterlinck y Dukas (que, por cierto, es también autor de El aprendiz de brujo, el que sale en Fantasía), la sumisión de las esposas choca con la audacia de Ariadna, que no solo es un personaje femenino, sino que es el principal. Reducir la trama a una sola de sus capas (ya sea para enfatizarla o para enmendarla) pocas veces resulta enriquecedor. Aquí, desde luego, no lo ha sido.