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Crítica

El vodevil del politiqueo español sigue vivo en 'La escopeta nacional'

22 de junio de 2026 21:01 h

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Había mucha expectación por esta adaptación llevada a cabo por Juan Echanove del peliculón de José Luis García-Berlanga. Se presagiaban posibles deleites: gran montaje con 18 actores en el Teatro Español de Madrid, el aditivo de poder escuchar en escena la especial mala leche del tándem Azcona y Berlanga, y un relato conocido por todos, que es ya parte de nuestra historia e imaginario.

Echanove ha enfrentado el proyecto con la desfachatez necesaria, llevando el asunto a una especie de vodevil zarzuelero y farsesco. Olvidando lo cinematográfico y dándole a la obra un cariz netamente teatral. Lamentablemente, la cosa no acaba de despegar.

La obra comienza con una declaración de intenciones, con todo el elenco cantando una loa a la caza con tono zarzuelero donde destacan actores que provienen del musical y la lírica como Enrique Viana, tenor que además construye un desternillante marqués de Leguineche, el personaje al que dio vida Luis Escobar.

Se nota el ojo de Echanove para elegir el reparto. Por ejemplo, el acierto en escoger a Pere Ponce para interpretar a Canivell, el empresario catalán que bordó José Sazatornil. Ponce es capaz de llevarlo por otros derroteros. También está muy bien Pedro Mari Sánchez quien, aunque más cercano a la interpretación de Agustín González, está telúrico como el Padre Calvo. Y Chusa Barbero clava a la marquesa tuerta que hizo Amparo Soler Leal en la película.

Acertadamente, porque sería imposible, el montaje no ha querido alejarse del inevitable referente cinematográfico. El público podrá hacer sus comparaciones con el filme que se estrenó en esa España de 1978. Son más dudosos los paralelismos políticos con nuestro presente que se han intentado hacer. Aunque las pulsiones humanas siguen siendo las mismas, la sociedad actual es más compleja que la ciénaga palaciega franquista.

Lo interesante del montaje es su voluntad de independizarse, de pasar de un lenguaje cinematográfico a uno netamente escénico. Algo que la obra consigue en ciertos momentos, pero que no llega a estabilizarse a causa de un ritmo desenfrenado, donde se pretende que la obra eclosione al mismo tiempo que quepa todo. Algo que ya le pasó a Echanove en la adaptación que hizo del clásico de Ernest Lubitsch, Ser o no ser.

Tampoco acompaña una escenografía que tiene una factura muy viejuna y que además se utiliza de modo tradicional. El problema no es la dirección de arte. Su estética española, muy manchega latifundista, funciona. Pero no se juega con ella, con todo lo que da de sí lo demodé del asunto, de un modo imaginativo, sino que se utiliza de una manera muy tradicional. Cuando de repente baja un decorado y según la convención teatral cambiamos de aposento, algo en ese subir y bajar impregna la obra de un sabor añejo que no le ayuda.

Torbellino de subtramas

Hace 25 años que Echanove, como intérprete, estrenó con éxito El verdugo bajo la dirección de Luis Olmos (se nota su legado en la obra). Para este montaje, el actor y director madrileño ha decidido contar con quien hizo aquella versión, uno de los especialistas en Azcona y Berlanga, el escritor Bernardo Sánchez Salas. Sánchez es un gran conocedor de los entresijos y el humor de Azcona y Berlanga, pero en esta ocasión parece haberse perdido en la búsqueda de una carpintería teatral que acaba por enmarañar la trama que, aunque alocada y llena de vicisitudes, en la película es meridiana.

El argumento en la película es claro: el empresario Canivell (Pere Ponce) asiste a una cacería, que él mismo financia, donde está la nobleza arrejuntada con ministros, ministrables y demás marionetas del Régimen para conseguir la influencia que le facilite forrarse con su nuevo negocio de “porteros serenos tecnológicos”, es decir, los hoy conocidos telefonillos que por aquel entonces no existían.

En la cacería está el ministro de Obras públicas (Patxi Freytez) a quien intenta liar. Ahí se monta un guirigay porque el ministro está enredado con una vedette del destape, Vera del Bosque (Elisa Matilla). Un follón que utiliza Canivell para conseguir el favor del ministro. Pero el desencadenante, lo que hace que la acción avance, es el anuncio desde el Pardo de que el ministro va a ser cesado y será sustituido por un ministrable también presente en la cacería, López Carrión (Javier Mora), opusino hasta la médula.

Muestran así Azcona y Berlanga cómo se las gastaba Franco, aupando a unos para defenestrar a otros de manera sucesiva y así mantener a las distintas familias del régimen unidas en la sumisión. Pero con la subida de López Carrión lo que también ocurre es que Canivell, que creía haber vencido, ve que el negocio se diluye como un azucarillo y tiene que humillarse hasta la genuflexión ante los nuevos “tecnócratas” para salvar los muebles.

Sin embargo, en la adaptación teatral esa sucesión de hechos se mezcla desde el principio desdibujando por completo el desarrollo emocional y moral del personaje. En vez de ese tránsito, la adaptación propone un personaje que se ve inmerso en un torbellino. Es una opción, pero su ejecución es confusa. Algo que llega a su cenit en la escena cuarta, donde Canivell va saltando de puesto de caza en puesto de caza y todos los argumentos se mezclan. Se pierde así la finura de las subtramas urdidas por Azcona: la de la política española mezclada con los enredos de faldas y la de todo el ecosistema de oportunismo y privilegio en torno a los focos del poder.

Es una pena porque la idea de una Escopeta nacional como vodevil es retadora. Echanove, acercándose a la farsa, consigue aproximar la obra al esperpento de Valle-Inclán por momentos, incluso se permite un guiño al Viridiana de Buñuel que le sienta como anillo al dedo. Pero los ritmos desaforados y cierta confusión argumental no permiten que las escenas que quieren acabar en dislate siempre lo consigan. La obra cae en ocasiones en un teatro de comedia convencional que aunque vaya rápida se estanca. Berlanga está ahí, sus personajes también, pero si aburres, irremediablemente, Berlanga desaparece.

Aun así, la obra tiene momentos de gran mérito, como esa colección de “pelos del coño” del marqués que funciona como un tiro o la escena final donde sí hay una verdadera condensación teatral. Una escena en la que la esposa de Canivell, Mercé (una estupenda Marta Ribera), canta con gran potencia y sentimiento mientras Pere Ponce interpreta a un Canivell ya vencido y ridículo que ve cómo se ha gastado todo en prebendas y no ha vendido ni una escoba. “¡Quina merda!”, clama Canivell… Ahí sí aparece el antihéroe berlanguiano que se quiere caradura, pero la historia y la sociedad terminan siempre tomándole el pelo hasta dejarlo tan desnudo como desamparado.