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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

Animales libres contra el fuego: el cambio de paradigma necesario

Uno de los caballos "de las retuertas", raza autóctona de Huelva, la más antigua de Europa y que estaba en peligro de extinción. Fueron reintroducidos en 2014 en la Reserva Biológica Campanarios de Azaba (Salamanca), como un proyecto impulsado por el Rewilding Europe y Rewilding Spain.
7 de agosto de 2026 06:04 h

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Almería, Guadalajara, Ávila, Madrid, Castellón, julio de 2026. Ante incendios devastadores, clasificados como “más allá de la capacidad de extinción”, y que, a pesar de estar arrasando decenas de miles de hectáreas, son un anticipo suave de lo que está por venir, inunda de nuevo los medios la denuncia de la inacción de las administraciones en su prevención, cuyo foco, supuestamente, debería ser “limpiar el monte” de la biomasa acumulada por décadas de “abandono rural” y el retorno de la ganadería extensiva (que nunca se ha ido) como respuestas principales.

Estas supuestas soluciones, que se postulan como medidas estrella frente a la dejadez de las administraciones, se tejen sobre una maraña de bulos, tradiciones problemáticas y concepciones erróneas y profundamente antropocéntricas, cuyos sesgos nos disponemos a corregir aquí.

Por un lado, ya hemos manifestado en otros escritos el despropósito que supone reivindicar la ganadería extensiva como solución a los fuegos, cuando está demostrado que es la principal causa de incendios y, además, una de las industrias que más contribuyen a la actual crisis climático-ecológica; la ganadería extensiva, mucho más que la intensiva. Este vuelve a ser, trágicamente, el caso en el reciente incendio, ya reconocido como el más grande de la historia del Estado español, iniciado en Burgohondo (Ávila) el pasado viernes 24 de julio, que ha arrasado en dos días los valles y reservas naturales del Tiétar e Iruelas y más 50.000 hectáreas: según lo que ha trascendido de la investigación en varios medios, fue causado por una máquina pesada, usada ilegalmente por un operario de una empresa contratada por la asociación de ganaderos de extensivo de Burgohondo para abrir caminos a su ganado trashumante en lo alto de la sierra. De confirmarse, los ganaderos locales de extensiva estarían detrás del incendio más devastador: un nuevo signo de su impunidad y de sus prácticas nefastas, que no son un hecho aislado, sino algo sistémico y que no se puede seguir ocultando.

Tenemos, pues, de entrada, el absurdo de proponer la causa como solución. Ello responde a presiones del lobby ganadero, que -como ya hemos expuesto en otro artículo publicado en este mismo medio- permean de forma mayoritaria el ecologismo, el decrecentismo, los medios, el Gobierno y la sociedad, romantizando la explotación y eludiendo cualquier referencia al dilema ético que supone explotar a individuos de cuyas capacidades sensitivas, cognitivas y sociales no queda duda alguna.

Pero igualmente es problemático el concepto de “limpiar el monte”, que implica una gran ignorancia sobre lo que son los ecosistemas y el papel que los arbustos y el monte bajo desempeñan como claves del funcionamiento e integridad de la biodiversidad. Un bosque no es un conjunto de árboles, sino un complejo ecosistema constituido por una gran variedad de especies vegetales y animales relacionadas entre sí: el dosel o estrato arbóreo, y las formaciones de matorral, sotobosque o estrato arbustivo conforman el hogar de numerosas especies animales.

Constituido por una mezcla de plántulas y árboles jóvenes, arbustos y plantas herbáceas, el sotobosque reviste una importancia fundamental en el desarrollo y mantenimiento del espacio forestal. El dosel vegetal reduce la radiación solar, evitando así un rápido calentamiento del suelo y ralentizando la evaporación. Como consecuencia, la humedad en el sotobosque es mayor, propiciando el florecimiento de hongos y otros organismos descomponedores, lo que, a su vez, favorece el reciclado de nutrientes y proporciona microclimas adecuados para muchos animales y plantas.

Además, las especies botánicas que conforman el estrato arbustivo facilitan el enterramiento de semillas y la germinación de plantas, protegen el crecimiento de nuevos árboles, contribuyen a mantener el balance hídrico, mejoran la sujeción del suelo, representan el hábitat de numerosas especies (pequeños reptiles, insectos, etc.) y son importantes productoras de frutos que suponen la base alimenticia de aves residentes y migratorias. No obstante, se trata a los ecosistemas desde perspectivas utilitaristas y antropocéntricas, agravando la crisis planetaria.

La manada de toros libres introducida en Sierra de Albarracín (Teruel), donde ya se aprecian los cambios en el paisaje.

A todo lo mencionado se añade la confusión generada por los bulos de la ultraderecha cuando plantean que el “fanatismo climático” del ecologismo, del Gobierno socialista o de la Europa verde son la causa de los incendios por no permitir limpiar el monte, lo cual también es totalmente falso porque ninguna directiva europea lo impide. El único fanatismo que hay es el negacionista y explotador: para la derecha y ultraderecha no existe el cambio climático, y proclaman que la solución a todos los males socioeconómicos, y a los fuegos en particular, es el aumento de la ganadería extensiva y el silvopastoralismo, así como la eliminación de toda ley ambiental. En la defensa del silvopastoralismo la derecha y ultraderecha coincide sospechosamente con amplios sectores de la izquierda, el ecologismo y el decrecentismo.

La realidad es que la ganadería extensiva es ya responsable de tres cuartas partes de las emisiones de gases de efecto invernadero de la ganadería mundial, que a su vez superan a las emisiones de GEI del transporte, por lo que la idea de aumentarla es disparatada y urge, en su lugar, eliminar la explotación animal tan rápidamente como sea posible, empezando por los países ricos, hiperconsumidores e hiperproductores de productos de origen animal, como los europeos y, en especial, el Estado español.

El problema de fondo es que durante siglos y milenios se han creado ecosistemas homogéneos, empobrecidos por prácticas ganaderas, agrícolas, madereras y urbanizadoras ecofascistas que han destruido la biodiversidad y la integridad de los ecosistemas, haciéndolos mucho más vulnerables y, al mismo tiempo, sometiéndolos a presiones humanas mediante fuegos provocados de forma accidental o intencional. Del mismo modo, se ignora el papel que los herbívoros libres han tenido prehistóricamente en los ecosistemas.

Millones de muertes

Los animales que habitan los espacios forestales son las primeras víctimas de los incendios, pues mueren calcinados o pierden su hogar. De hecho, en estos fuegos, sobre los que medios antropocéntricos se ufanan en recalcar que no ha habido que lamentar muertes (humanas, salvo en el reciente de Almería), en realidad las vidas desaparecidas se cuentan por millones: miles de animales medianos o grandes y, sobre todo, sus crías; decenas de miles de animales pequeños y, particularmente, sus proles; entre cientos de miles y millones de árboles, decenas de millones de arbustos, cientos de millones de plantas pequeñas y hongos, y trillones de microorganismos, fundamentales todos para el correcto funcionamiento de los ecosistemas y el buen vivir de las comunidades animales, muchas de ellas al borde de la extinción y que podrían desaparecer con estos incendios. La consecuencia de los incendios supone una devastación ecosistémica que, cuanto mayor es en extensión e intensidad, más difícil hace que puedan regenerarse esos lugares, si bien nada de lo que existía podrá regresar. Por esta razón, la protección de todas estas formas de vida debería ser la máxima prioridad, la primera medida preventiva. El silenciamiento de estas muertes en los medios antropocéntricos es escandaloso e inaceptable.

Paradójicamente, son ellos los verdaderos gestores del territorio, en particular los individuos de mayor tamaño, como ciervos, corzos, gamos, arruíes o jabalíes, que abren senderos y claros entre la floresta, controlando el sotobosque y dispersando semillas. En un ecosistema saludable, la presencia de lobos, osos, águilas o mangostas provoca el movimiento constante de los grupos de herbívoros, favoreciendo la buena salud de toda la comunidad forestal. Sin embargo, cuando conviene, jabalíes, corzos o muflones son clasificados como una plaga y se justifica matarlos a tiros. Entonces, de pronto, parece que se evaporan, y de ahí la falsa necesidad del “ganado bombero” para continuar en la rueda de la explotación sin fin, ignorando tanto la ética como la realidad de los ecosistemas. Urge por ello, de entrada, defender a los animales salvajes y libres que aún quedan.

El rewilding como respuesta

Frente a todo ello, la principal solución preventiva a los incendios, además de respetar y mejorar las condiciones de vida de la fauna salvaje ya existente, es el rewilding: la resilvestración o renaturalización de los ecosistemas, reintroduciendo herbívoros libres, prohibiendo la caza y restaurando la biodiversidad y la integridad de los ecosistemas de forma masiva, a la par que se extrae de dichos ecosistemas la presencia y la presión humana, nociva y ubicua, y su relación con fuegos accidentales o intencionados, que son la casi totalidad de los incendios de la actualidad. A su vez, es la única forma realista de frenar el colapso climático y de adaptarse a sus efectos ya irreversibles.

Según el análisis de Navarro-Rosales et al.,2025, hay al menos 62 estudios que presentan el rewilding “como una estrategia prometedora para la mitigación de incendios forestales, capaz de lograr beneficios para la conservación al tiempo que minimiza y mitiga las consecuencias negativas del fuego de una manera más natural y rentable (Pereira y Navarro, 2015; Serrano-Montes et al., 2017; Johnson et al., 2018). El uso de la restauración de ecosistemas como estrategia de mitigación parece estar impulsado por la creciente urgencia del cambio global, manifestado en incendios forestales más intensos y frecuentes, y también por el creciente atractivo de estrategias de gestión más naturales. Malhi et al., 2022 han propuesto recientemente el uso del rewilding como una posible solución basada en la naturaleza, que podría controlar eficientemente las emisiones relacionadas con el fuego en paisajes adecuados propensos a incendios. […] El rewilding puede regular los regímenes de incendios alterados y reducir los impactos del fuego y los incendios forestales a través de la reintroducción de grandes herbívoros y la recuperación de procesos ecosistémicos que regulan el fuego, o a través de una transición basada en una gestión que se aleje de los usos de la tierra dependientes del fuego. Por ejemplo, la reintroducción de grandes herbívoros tiene el potencial de reducir la intensidad del fuego y el área quemada, ya que los herbívoros reducen la permeabilidad del fuego al abrir el paisaje y eliminar combustibles a través del consumo y pisoteo de la vegetación (Rouet-Leduc et al., 2021). […] Los riesgos de incendios forestales también pueden reducirse mediante la reintroducción de especies silvestres a través de la restauración de funciones ecológicas relacionadas con la vegetación y la hidrología (Carroll y Noss, 2021; Preti et al., 2022) o a través del reemplazo de usos de la tierra asociados con la quema y la degradación ambiental (Li et al., 2017; Klaar et al., 2020)”.

Una cría de bisonte europeo, junto a su madre, en la Reserva del Bisonte Europeo de San Cebrián de Mudá (Palencia).

Organizaciones como Rewilding Europe o Rewilding Spain promueven iniciativas que en algunos casos apuestan por reintroducir herbívoros libres, como caballos o toros, en ciertos ecosistemas, y examinar los efectos del pastoreo salvaje; mientras que, en otros, reinciden de forma muy contradictoria en la ganadería extensiva y el pastoreo de ganado, evidenciando sesgos atropocéntricos y especistas. El rewilding ha de depurarse de dichos sesgos y apostar por una renaturalización real, que no reproduzca los modos de explotación antropocéntricos subyacentes al mismo problema que se intenta resolver. En principio, el rewilding excluye a la agricultura y la ganadería en todas sus formas básicas (trófico, pleistocénico, ecológico y pasivo), y hay proyectos en esa línea, como el de Portugal o como el de la reintroducción de bisontes en Rumanía, pero se están impulsando ramas denominadas agricultural rewilding, y organizaciones como Rewilding Europe están apostando por ellas junto a las otras mencionadas, manifestando la influencia del lobby ganadero que, como venimos denunciando, permea el ecologismo.

Todo ello está en sinergia con las estrategias de renaturalización de la UE y es un pilar esencial de cualquier posibilidad de hacer efectiva la Ley de Restauración de la Naturaleza. Sin embargo, las iniciativas son mínimas respecto a lo que sería preciso, también a la hora de restaurar los ecosistemas europeos en general, en gran parte por el cambio profundo de paradigma que representa y la oposición de quienes tienen su forma de vida en la explotación de los animales no humanos y la tierra.

Es esencial, además de una masiva acción educativa y concienciadora, y de lucha contra la desinformación, la puesta en marcha de ayudas económicas masivas que ayuden a agricultores, ganaderos y silvicultores a abandonar usos destructivos de la tierra, los ecosistemas y las formas de vida, subvencionando la liberación de suelos para la resilvestración y la lucha climática, y ayudando a estas industrias a transicionar a modelos agroecológicos y sostenibles de producción de proteína vegetal.

La solución no es volver al campo, sino liberarlo

El campo no nos pertenece, es de todas las formas de vida, y solo respetando este principio se autorregula en sus ciclos y florece en biodiversidad. Si observamos las causas de los incendios, una parte mínima son de origen natural: la inmensa mayoría son por causas humanas y, dentro de estas, destacan las “accidentales”, pero ligadas a malas prácticas, a las consecuencias nocivas de nuestra ubicuidad o de la irresponsabilidad. En Almería la posible causa fue un tendido eléctrico privado abandonado y las muertes se debieron en gran medida a décadas de urbanismo ilegal en la sierra de Bédar. En Ávila, ya hemos comentado que han sido prácticas irregulares promovidas por ganaderos. En San Martín de Valdeiglesias (Comunidad de Madrid) fue el incendio de un coche. Hay en todos los casos un común denominador sistémico que nunca se comenta, asociado a una ocupación biosférica intrínsecamente antropocéntrica y destructiva.

Por otro lado, el rewilding es un campo de estudio emergente muy complejo, con muy diversas aproximaciones posibles. Esto es doble razón para maximizar la inversión en su investigación y puesta en práctica. Sin embargo, los defensores de perpetuar la explotación animal y la ganadería como forma de gestión de los ecosistemas lo ridiculizan, diseminando la falsa imagen de que es cosa de “urbanitas”. Frente a ello, existen además importantes intersecciones entre formas sintrópicas de agroecología, como la permacultura vegana y la resilvestración.

El desafío más amplio

En un horizonte más amplio, el cambio de paradigma del rewilding, asociado a un giro postantropocéntrico que implique reducir nuestra presencia nociva en la biosfera, debería ir de la mano de un abordaje en 3D y VegAnarQueer a la crisis de extinción: dietas vegetales, decrecimiento profundo y demografía.

La transición global a sistemas agroalimentarios libres de explotación animal eliminaría la industria más devastadora para los límites planetarios y principal causa de incendios -la industria alimentaria de explotación animal y, en particular, la ganadería, sobre todo, extensiva-, a la par que se liberarían 3.500 millones de hectáreas para una resilvestración masiva de la Tierra. Esta transición sería además la base de la justicia social, la salud humana, la seguridad alimentaria e hídrica, y, por supuesto, de la justicia metahumana, animal e incluso vegetal (pues se eliminarían la mitad de los monocultivos, destinados a alimentar a animales no humanos explotados).

El decrecimiento profundo implica desmantelar activamente los modos de vida propietarios y sedentarios, así como nuestra ubicuidad biosférica, recuperando modos nomádicos y discretos, anarcoprimitivistas, de coevolución con el resto de formas de vida, para una descolonización humana de la biosfera, lo cual no implica renuncias, sino reaprender a vivir mejor y de otra manera, recuperando capacidades sensorimotoras perdidas y, con ello, la riqueza experiencial, los saberes encarnados y la vida comunitaria y conectada con el ecosistema.

Todo ello iría de la mano de un abordaje radicalmente democrático, descolonial, antirracista y anticapacitista del tabú de la superpoblación, cuestionándonos el heteropatriarcado reproductivista con nuevos parentescoscos queer que promuevan la diversidad sexoafectiva frente a la multiplicación homogénea, que se promueve al servicio de la economía de crecimiento infinito y, con ello, del suicidio colectivo. Obviamente, nada de esto se está afrontando; al revés, se censura incluso dentro del activismo eco-socio-animal y de la intelectualidad más radical, permeada de supremacismo humano.

Deshacer el antropocentrismo implica también defender las vidas no humanas en todas sus formas: no solo protegiéndolas del desastre, sino permitiéndoles un buen vivir, que sería la mejor forma de prevención. Por un lado, resilvestrar la biosfera es dejar que la vida salvaje viva sin la amenaza humana permanente y la destrucción de sus ecosistemas; por otro, se trata de acabar con la explotación de los demás animales. Todas ellas son condiciones sine qua non para recuperar la salud de la biosfera y, con ello, la humana, y para extraer la ubicuidad de nuestra intervención nociva, tanto activa como pasiva, tanto intencional como accidental. Es la única forma de volver a tener ecosistemas sanos y autorregulados, y de reducir los riesgos que la presencia humana presenta por doquier con sus sistemas alimentarios, urbanizadores, de transporte o de energía.

Es también la manera de elaborar una concienciación radical, una educación ambiental y una responsabilidad colectivas reales frente a la irresponsabilidad radical que impera debido al antropocentrismo y el negacionismo actuales. Es asumir la realidad de la crisis radical que las sociedades humanas dominantes han creado y actuar en consecuencia.

En su lugar, vemos cómo se prima salvar no solo las vidas humanas, sino las propiedades y bienes, quedando la vida salvaje, animal, vegetal, fúngica y de todos los reinos de la vida, en muy segundo plano. En la actual emergencia nacional debida a los megaincendios, varias protectoras y santuarios han publicado llamamientos desesperados en las redes sociales: el fuego amenaza sus instalaciones y las vidas de su comunidad animal, conformada por animales rescatados de la industria de la explotación animal y cuyas vidas no dejan de correr peligro ni siquiera en espacios seguros.

Resumiendo, la respuesta ha de ser: (1) la resilvestración mediada por herbívoros libres; (2) el desmontaje de bulos y negacionismo y del supremacismo humano que les subyace, con una educación y concienciación radicales, y (3) la lucha real contra el colapso climático-ecológico, combatiendo el silenciamiento de su causa estructural más profunda -que es la industria alimentaria de explotación animal, principal causa de superación de límites planetarios-, y promoviendo una transición a dietas vegetales, que les divulgadores científiques silencian. Como ya hemos dicho otras veces: los incendios se apagan en tu plato.

Si no se detiene este negacionismo dentro del ecologismo, solo podemos seguir con el pie en el acelerador a la extinción. Si no se aborda este núcleo duro del problema, se seguirán poniendo parches al Titanic que se hunde mientras el colapso ecosocial avanza exponencialmente. Parece que esto es lo que va a suceder, pero va siendo hora de que, al menos desde los movimientos eco-socio-animales, se dejen de reproducir los bulos del lobby ganadero y del negacionismo fanático. Hacemos para ello, desde la colectiva Rebeldes Indignadas, un llamamiento a las colectivas y personas a unirse a la Alianza de Futuros Vivibles.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

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