ENTREVISTA
Sven Beckert, historiador: “El capitalismo es una historia de guerra constante”
El historiador Sven Beckert (Frankfurt, 1961) no está cansado de hablar de su libro. “Después de ocho años escribiéndolo, lo disfruto”, bromea. El académico acaba de publicar en español Capitalismo. Una historia global (Crítica), un monumental compendio de 1.300 páginas donde detalla el origen de este sistema desde su génesis, con las primeras comunidades de comerciantes, hasta la actualidad, donde el mismo teléfono que sirve para comprar a distancia se ha ensamblado en una larga cadena que atraviesa continentes.
Beckert recibe a elDiario.es en Madrid, el mismo día en que una empresa, Urbagestión, decidió expulsar de su casa a Maricarmen, de 87 años, fallecida este miércoles convertida en icono de la crueldad en la crisis de la vivienda. “Creo que el capitalismo le ha fallado a la clase trabajadora y que tiene que ver con todos los problemas políticos en los que nos vemos envueltos hoy”, responde. Sobre la migración, las desigualdades, la inteligencia artificial y hasta la Corona de Castilla discurre la entrevista.
Una de las cosas que más me sorprendieron del libro es que descentraliza la mirada del capitalismo desde nuestra perspectiva europea. ¿Hay solo una forma de capitalismo o son varias en función del momento histórico?
El libro arranca en el puerto de Adén, Yemen en la actualidad, hace mil años con un grupo de mercaderes y termina en las fábricas textiles de Camboya en el año 2023. Muchos lectores esperan que hablar del capitalismo sea una historia casi exclusiva sobre el continente europeo. Pero esa historia es incorrecta y no podemos contarla así en el presente, en una era en la que las economías capitalistas más dinámicas están en Asia, Latinoamérica o África. Cada momento de la historia del capitalismo, desde su origen más primigenio hasta la Revolución Industrial, solo puede entenderse desde una perspectiva global, que es lo que intento hacer en el libro.
Hoy en día vivimos en un mundo que ya no es eurocéntrico. Gran parte de nuestra forma de ver el capitalismo está influida por los pensadores clásicos como Adam Smith, Karl Marx o Max Weber, que escribieron en un momento en el que la economía global estaba focalizada en Europa. En 2026, cuando miramos al mundo, vemos algo completamente diferente.
Así que podemos rastrear su origen también en otros continentes y regiones.
El capitalismo es una especie de punto de partida revolucionario en la organización de la vida económica, una nueva lógica que se encuentra en las comunidades de comerciantes a larga distancia de todo el mundo: en ciudades como Florencia, Génova o Ámsterdam. Pero también en China, la India, el este de África o el mundo árabe. El capitalismo fue global desde el principio y su aparición ha de ser entendida como global.
En España somos algo inseguros de nuestro papel en el mundo y en la historia. Y menciona en el libro la importancia que el Reino de Castilla tuvo en la expansión de este protocapitalismo.
De hecho, la Península Ibérica tuvo un papel muy importante. Los comerciantes de la Península ibérica y sus dirigentes navegaron por la costa occidental de África. Vasco da Gama encontró una vía para navegar en torno al Cuerno de África. Cristóbal Colón trató de encontrar una vía a la India y acabó en las Américas. A Colón, un comerciante de Génova, lo envía la Corona de Castilla a buscar el camino a la India. Ahí se ve claramente cómo el capitalismo arranca tanto por emprendedores privados como por los estados.
El capitalismo se asoció inicialmente a familias burguesas antes de permear al resto de la sociedad, como la nobleza o, más tarde, el proletariado. ¿Quiénes diría que son esas élites ahora?
Pongo mucho énfasis en la importancia de los comerciantes, porque fueron los primeros que organizaron su vida económica en torno a una lógica ‘extraña’. La mayor parte del planeta producía su propia subsistencia: plantaban, pescaban, cosían… e intentaban cuidar de sí mismos, de sus familias y sus comunidades. En el caso de los comerciantes, ellos son diferentes: ni cosechaban, ni pescaban, ni cosían… Invertían su capital en proyectos con el objetivo de producir más. Era una forma de ser muy diferente a la de los campesinos, pero también a la de los ricos de entonces, los señores feudales, que básicamente poseían y explotaban a sus aldeanos. Los mercaderes se hicieron muy ricos, pero también de manera diferente. Ahora, visto desde 2026, su lógica de hace mil años estructura nuestras vidas. Es un cambio radical en las relaciones humanas.
¿Y qué hay de diferente entre la lógica de hoy en día y la que comentaba de los comerciantes primigenios?
El principio es el mismo: el objetivo es que el capital privado produzca más capital. Pero por supuesto que el capitalismo ha cambiado radicalmente: el capitalismo de 1650 en Barbados estaba enfocado en el colonialismo, la esclavitud, la producción de azúcar… Y es muy diferente del de mediados del siglo pasado en Europa, centrado en industrias como el acero o el carbón. Hoy en día ese capital industrial es marginal y producir cosas ya no te hace rico. Ahora es una suerte de coordinación de procesos, lo que nos lleva de vuelta a una etapa previa del capitalismo en la que esa era una manera de hacerse rico.
Al principio los Estados tuvieron un papel muy importante en la expansión del capitalismo, pero hoy en día no es tan relevante como entonces. Ahora, las grandes compañías, especialmente las big tech, han reemplazado en parte el poder de los Estados.
Creo que no estoy del todo de acuerdo con esa afirmación, ya que el capitalismo siempre ha sido un orden económico muy estatista. El Estado siempre tiene un papel importante, desde el principio hasta hoy. El porcentaje del producto interior bruto (PIB) controlado por los Estados hoy en día es muy alto, el más alto de la historia. Por eso creo que su importancia no ha disminuido. Por supuesto, como se ha visto a lo largo de la historia, los capitalistas privados, los comerciantes, los industriales… han sido muy poderosos. La familia Fúcar, en Augsburgo, fue extremadamente importante para la corona española porque financió las expediciones a América. Ha habido otros momentos en la historia del capitalismo en los que se podría decir que el poder de los emprendedores privados ha competido directamente con el de los Estados. Pienso en la Compañía Británica de las Indias Occidentales, que era casi un Estado en sí misma, con sus ejércitos y marina propios, con un control de parte del territorio… Así que creo que no es un fenómeno tan nuevo.
Quizá la novedad es que, al principio, las compañías dependían del Estado y estaban arraigadas a una nación en concreto. Pienso en Carnegie Steel, que tenía sus raíces en Estados Unidos y no en otras partes del mundo. Pero ahora las compañías pueden elegir qué lugar les conviene para desarrollar sus actividades. Apple diseña sus productos en Estados Unidos, pero los ensambla en Asia, donde emplean a miles de trabajadores. Así que, de alguna manera, también están conectados al Estado chino. Y en lo que refiere a sus beneficios, trata de acumular el máximo posible en Irlanda, con un régimen impositivo muy favorable. De alguna manera pueden atraer a varios Estados y hacer que compitan entre ellos.
Somos una civilización fósil, pero España es el ejemplo de cómo tener energía sin quemar
Esa es la cuestión: las grandes tecnológicas como Apple o Meta tienen un grandísimo poder en la actualidad y pueden hacer prácticamente lo que quieran. Y los Estados carecen del poder suficiente para doblegarlas. ¿Billonarios como Elon Musk, a los que en España ya se les llama tecnoligarcas, son un síntoma o una evolución del capitalismo?
Son parte de esta revolución permanente que es el capitalismo. Y creo que es acertada esa afirmación: la diferencia entre Andrew Carnegie y la industria acelera es que una vez construían una acería, no podían trasladarla a otro territorio. Hoy en día el capital es más móvil y puede hacer que los Estados se enfrenten unos con los otros. Eso les otorga nuevos poderes a esta clase de compañías y, también, crea nuevas desigualdades. Puede que haya regulación, pero cada vez es más complicado controlar estas acumulaciones de capital. Y, sin embargo, no debemos tirar la toalla: la Unión Europea, por ejemplo, ha hecho esfuerzos para regular a estas compañías tecnológicas y crear nuevos regímenes fiscales.
¿Y qué pasa con políticos como Donald Trump o Jair Bolsonaro? ¿Cuál es su papel en esta “revolución permanente”, como lo llama, del capitalismo?
Se puede mirar desde dos puntos de vista. Por un lado, con gente como Trump o Bolsonaro, desde la perspectiva de nuestras propias vidas los vemos como un cambio radical. Porque crecimos en un mundo con el orden neoliberal, en el que cuanto mayor comercio, mejor, y el proteccionismo era algo malo. La idea de contener la industria dentro de las fronteras nacionales se consideraba errónea; era necesario globalizar las cadenas de producción. Y un Estado intervencionista era casi sacrílego.
Ahora, de repente, tenemos al presidente de Estados Unidos convertido en el gran defensor del proteccionismo, empieza a invertir con la Administración en compañías y les dice qué es lo que deberían hacer. Es una ruptura total con el orden neoliberal... pero a lo largo de la historia del capitalismo el proteccionismo es totalmente normal. Probablemente, hay más momentos proteccionistas que de libre comercio. No digo que sea bueno, pero no es un mundo tan diferente del que ha existido en el pasado. Es distinto del orden neoliberal, pero no es tan diferente de lo que ha pasado en la historia del capitalismo.
Y esto me lleva a otra idea: el capitalismo también está en proceso de cambio. Las cosas cambian un poco cada día, pero también en el ámbito institucional. El orden neoliberal se mantuvo estable desde la década de los 70 hasta fechas recientes, pero antes hubo algo así como un orden keynesiano, durante los años dorados de posguerra. Ahora estamos en uno de esos momentos de cambio de régimen en el que el orden neoliberal ya no es algo ‘sagrado’. La crisis de 2008, que en España fue gravísima, fue muy seria tanto para la historia del capitalismo como para el orden neoliberal. Movimientos como las protestas contra la Organización Mundial del Comercio u Occupy Wall Street se impulsaron desde posiciones de izquierda, pero también hay resistencia desde la derecha populista. ¿Qué viene después? No lo sabemos, es una pregunta al aire. Por supuesto, si lees los pronunciamientos de Donald Trump y gente como él, tienes una idea de cuál será ese nuevo orden. No lo defiendo, pero tampoco está escrito que ese sea el nuevo modelo.
En un momento dado, menciona en el libro cómo el capitalismo y el comercio se desarrollaron en un estado constante de guerra. ¿Cuál es el papel de estos conflictos bélicos en un momento en que tenemos guerras en Ucrania o en Irán, entre otros?
Normalmente, cuando pensamos en el capitalismo, lo hacemos en el Estado de Derecho, contratos, mano de obra pagada, la libertad humana, paz... Y no es del todo falso, pero también vino de la mano de colonialismo, de esclavitud, especialmente de la población afrodescendiente. De alguna manera, la historia del capitalismo es una historia de guerra constante. Obviamente, había guerras antes del capitalismo, pero la revolución capitalista se desarrolló con un enorme grado de violencia entre estados y algunas de esas guerras estuvieron directamente relacionadas con el capitalismo, como aquellas para asegurar los depósitos de materias primas o mercados. Presumiblemente, esa es la razón también hoy en día: Oriente Medio, Ucrania o Venezuela son, por razones diferentes y particulares, importantes para la economía global. Y eso explica por qué han estallado esas guerras, por qué duran tanto y por qué son tan graves.
El capitalismo le ha fallado a la clase trabajadora
El capitalismo ha significado libertad de movimiento para los bienes y también para las personas, pero hoy en día la migración se ve como un problema global. Habrá visto las imágenes de Ceuta. ¿Necesita el capitalismo de la desigualdad, que haya países ricos y pobres?
Estuve hace una semana en Ceuta. Creo que esta pregunta es difícil de contestar porque el capitalismo ha adoptado diferentes facetas y formas de desigualdad. No sabemos qué es lo que necesita el capitalismo. Creo que el momento más desigual de la historia es entre finales del siglo XIX y principios del XX, cuando una parte del mundo se hizo mucho más rica a costa del resto. Esto fue Europa y Estados Unidos contra los demás. Ahora vemos que eso está cambiando y la desigualdad global disminuye por el gran crecimiento económico en Asia y en China.
En relación con la migración, la gente siempre lo ha hecho. Cuando muchos europeos eran pobres, como los españoles, se mudaron a América porque había más oportunidades. Europa fue un continente emisor de migrantes y millones emigraron como refugiados económicos. Ahora Europa es rica, necesita población y hay partes del mundo que son mucho más pobres, con menores oportunidades. No puedo decirte cómo gestionarlo, pero sí puedo decirte que durante gran parte de la historia europea, los europeos estuvieron al otro lado. Eran los que migraban en busca de oportunidades. Y quizás está cambiando, pero creo que España ha sido, y de largo, un país acogedor para los refugiados.
El carbón y las energías fósiles han sido claves para el desarrollo del capitalismo, pero también una de las razones del cambio climático y de parte de las desigualdades de las que hablábamos. ¿Hasta qué punto es viable un capitalismo que no dañe el planeta o que agote sus recursos?
Esta es otra de esas cuestiones que es muy difícil de responder. En el pasado no ha sido posible. La revolución capitalista bebe de los llamados dones gratuitos de la naturaleza: recursos agrícolas, mineros… El crecimiento económico desde 1850 se debe a los combustibles fósiles, cuando se convirtieron en esenciales. Y hoy en día todavía se ve que el crecimiento económico y el uso de combustibles fósiles son dos líneas que prácticamente van en paralelo. Vivimos en una civilización fósil. Cada vez extraemos más y más recursos del planeta para mantener nuestros estándares de vida y el crecimiento económico al que aspiramos. Y esto provoca una crisis muy seria, porque el capitalismo va de crecimiento, es su esencia. Un capitalismo sin crecimiento económico es inimaginable, conceptualmente, su lógica es de crecimiento permanente y exponencial. Por ejemplo, más de la mitad de todos los combustibles fósiles que se quemaron en el planeta, se han quemado después de 1990. Antes de eso, la mitad fue en cientos de años. Esa es la lógica del capitalismo. La lógica de la naturaleza por supuesto que tiene límites. Y ambas chocan. Pero el capitalismo es creativo y, por supuesto, ha habido otras crisis ecológicas en su historia. Y hay salidas. España, de nuevo, es un ejemplo fantástico de cómo tener un montón de energía sin quemar combustibles fósiles.
En esta era del capitalismo y la inteligencia artificial amenazando con reemplazar al trabajo humano, ¿crees que el capitalismo le ha fallado a la clase obrera? ¿Tiene esto que ver con el alza de la extrema derecha?
Sí, creo que le ha fallado a la clase trabajadora y creo también que tiene que ver con todos los problemas políticos en los que nos vemos envueltos hoy. La gente sufre de incrementos de precios que no se acompasan con las de sus salarios, de problemas para acceder a la vivienda, a educación de alta calidad, a sanidad. Y ve que el orden en el que viven ya no les proporciona el bienestar que sí les dio a sus padres o abuelos, por lo que encuentran la solución en levantar muros o cerrar fronteras. Buscan soluciones y la derecha populista les ofrece respuestas sencillas. No creo que sean las correctas, pero responden a las preguntas correctas. Tenemos que entender que el orden neoliberal en el que nacimos está llegando a su fin. Muchos partidos socialdemócratas en Europa o Estados Unidos que se oponen a los populistas de extrema derecha buscan maneras de volver al mundo de los 2000. Y esto es imposible. Hay que solventar los problemas que el propio orden neoliberal ha creado, enormes problemas para las clases trabajadoras. Y estas respuestas no se pueden encontrar dentro del propio orden neoliberal. Tiene que haber una conversación sobre cuáles deben ser estas respuestas, que están fuera de las propuestas de la extrema derecha o la resurgencia fascista que vemos en muchas partes del mundo. No creo que necesariamente vaya a funcionar, pero si no lo intentamos, las sociedades que hemos conocido y en las que vivimos están muy amenazadas por el surgimiento de la extrema derecha.