Ni el olor de tu bocata ni saber a quién votas: manual de convivencia (y supervivencia) en el transporte público
Hay pocas cosas que pongan tan a prueba el humor y la estabilidad matutinas como el transporte público en hora punta. No (solo) por la espera, los retrasos o las averías imprevistas, sino por ese rato en el que toca compartir espacio físico y aire respirado con tal densidad de desconocidos apretados que uno empieza a plantearse dónde acaba su cuerpo y empieza el del otro. Precisamente con el propósito de arrojar luz sobre esa cuestión, de dónde terminan las libertades individuales y empiezan las de la persona de al lado, nace este manual práctico y de consenso para recordar normas sociales de convivencia y resolver dilemas cotidianos del transporte público sin perder los nervios.
El sacrosanto ‘dejar salir antes de entrar’
“Con lo que no puedo es con la gente que no deja salir antes de entrar. Tanto cuando voy a entrar y me están empujando por detrás, como cuando voy a salir y se abalanzan sin dejar espacio para pasar”, se queja Elena, usuaria del metro de Madrid. Para Pilar Muiños, vicepresidenta de la Asociación de Técnicos de Protocolo de Galicia que reivindica que el protocolo va más allá de los buenos modales, no se trata solo de una norma básica de cortesía social, como podría ser saludar al conductor del autobús, sino de “un principio esencial de orden físico para garantizar la fluidez de los flujos de paso y evitar pisotones y empujones innecesarios”.
La guerra por el espacio y el arte de sentarse
En el transporte público el espacio es un bien escaso por el que constantemente se libran batallas silenciosas, que también son política. Existen estudios que señalan que los hombres heterosexuales tienden a desarrollar con mayor frecuencia conductas de apropiación del espacio público, mientras que las mujeres y otras identidades suelen adoptar estrategias para hacerse más pequeñas. El llamado manspreading o despatarre masculino, que también incluye la ocupación de reposabrazos, es una queja tan constante entre las usuarias que los autobuses madrileños incluyeron en 2017 una advertencia sobre esta práctica en su cartelería. Incluso las redes sociales están llenas de vídeos que comparten su frustración por este micromachismo internacional.
“La lucha por tu espacio vital en el autobús es continua; desde los que abren las piernas y se meten en tu asiento a quienes echan el respaldo hacia atrás sin mirar y te aplastan, cuando los asientos ya son de por sí son enanos y para personas grandes es un horror, una sensación de tener que ir casi plegada”, valora Rosario.
Para María José Gómez Verdú, experta en protocolo y etiqueta, la norma es jamás tomar una decisión de forma unilateral: “En un espacio compartido hay que preguntar siempre al de atrás antes de reclinar el respaldo, porque esa persona puede tener un café en la bandeja o el portátil abierto y podemos provocar un percance”. Precepto también aplicable si se quiere abrir la ventana, bajar la persiana o cualquier acción que afecte a más personas que a nosotros mismos.
Una mochila a la espalda en hora punta puede convertirse en maquinaria de demolición si no se está atento a esquivar a tiempo los giros de quien la lleva, por eso, quitársela no es una cortesía sino una norma indicada en la propia cartelería. “Deberían quitarse de la espalda al entrar y colocarse entre las piernas en el suelo, o bien en los portaequipajes superiores”, señala Pilar Muíños.
En un espacio compartido hay que preguntar siempre al de atrás antes de reclinar el respaldo
¿Y qué hay de dejarla en el asiento contiguo? Para la experta, solo está justificado si el vehículo está semivacío y debe retirarse de forma proactiva si empieza a llenarse. “Un asiento es para un pasajero, no para un objeto que debe ir en los espacios habilitados para eso”, defiende. “Otra cuestión esencial es ceder nuestro asiento, no solo a personas mayores o embarazadas, sino a cualquier persona que muestre signos de fatiga, lesión o carga”, apostilla.
Ante el conflicto acústico
El silencio es otro de los bienes más vulnerables en el transporte compartido. “Salgo de trabajar cansada, con hambre y sueño, y tengo que aguantar a un rapero, por llamarlo de alguna forma, diciéndome 'venga, chica, sonríe”, expone Elena, que cree que ese tipo de actuaciones deberían restringirse al andén, que es un lugar más abierto, y ser menos invasivas para una mejor convivencia.
Más allá de los trovadores del metro, Marina, otra usuaria, confiesa no soportar a “la gente que habla por teléfono en el vagón como si fuesen solos”, convirtiendo el tren en su despacho y dando la nota (de voz), como satirizó en su día el dúo Pantomima Full con un personaje que da para análisis sociológico. Para Rafael es importante tener en cuenta que hay personas que sufren mucho ciertos ruidos: “Yo no me meto en el metro sin auriculares con cancelación de sonido, aunque no esté escuchando nada”.
“También es muy frecuente la gente que ve vídeos en alto o directamente películas, sin auriculares”, añade Marina. Un tema por el que Rosario asegura haberse cambiado “muchísimas veces” de vagón, “sobre todo vídeos de política o mítines que yo no tengo por qué escuchar, no tengo que escuchar nada, pero eso menos, porque está interfiriendo en mi ámbito privado y no me interesa tu opinión política”, expresa.
Salgo de trabajar cansada, con hambre y sueño, y tengo que aguantar a un rapero, por llamarlo de alguna forma, diciéndome 'venga, chica, sonríe'
Ante estas situaciones, María José Gómez Verdú recuerda que el hecho de no viajar en un “vagón silencio” no otorga carta blanca para montar un espectáculo. “Si entra una llamada, el teléfono se atiende en un tono de voz muy bajo o la persona se desplaza al pasillo que conecta los vagones. En el resto del tren no está prohibido hablar, pero tampoco quiere decir que se acepte hacer ruido”, matiza.
Gastronomía a bordo y otros olores
“Hay dos cosas que deberían estar prohibidas: los bocadillos de chorizo y las patatas a la vinagreta”, sentencia María. Marina, por su parte, relata haber vivido situaciones extremas en este sentido, como que un viajero sacara la cuchara y se pusiera a comer un potaje a su lado. “Por lo menos que te pregunten, yo soy alérgica a frutos secos y me ha pasado que un señor se ponga a comer cacahuetes y tener que moverme”, recuerda la usuaria.
Algo similar le pasa a Rosario, celíaca, con los pasajeros que sueltan migas de pan. “Me parece bastante peligroso, pero puedo llegar a entender que alguien se coma un sándwich o algo que no desprenda partículas ni olores fuertes. Yo me quedo una hora y media más en el trabajo por no comer en el tren porque me parece muy desagradable”, sostiene.
¿Qué opinan las expertas? Para Gómez Verdú en el transporte público urbano o de corta distancia directamente no se debería comer: “Un caramelo o una barrita consumidos rápidamente son aceptables, pero desempaquetar un bocadillo o un táper está fuera de lugar, es preferible esperar a llegar o hacerlo en la estación antes de subirte”. En la misma línea, Muíños puntualiza que en viajes de media o larga distancia donde sí esté permitido, debe elegirse “algún snack sencillo, como pequeños sándwiches o fruta ya troceada procurando recoger de inmediato cualquier residuo”. “El transporte público no es el comedor de nuestra casa ni un espacio de pícnic”, aclara.
“Hay olores muy molestos más allá de la comida: de tabaco, alcohol, corporales, de maquillaje, lacas o colonias, por no hablar de basura, directamente. Yo, de hecho, he dejado de usar perfume por no molestar a otras personas, porque entiendo que si vas cerca de alguien a las siete de la mañana, puede molestar”, reconoce Rafael. La experta en etiqueta María José Gómez Verdú invita a ejercitar la empatía ante un mal olor corporal y ponerse en el lugar de la persona que ocupa el asiento de al lado: “Es una situación delicada e involuntaria; no sabes de dónde viene esa persona o si ha estado trabajando doce horas seguidas en condiciones duras. Al ser algo puntual en un trayecto, debemos ser comprensivos”.
Hay olores muy molestos más allá de la comida: de tabaco, alcohol, corporales, de maquillaje, lacas o colonias, por no hablar de basura, directamente. Yo, de hecho, he dejado de usar perfume por no molestar a otras personas, porque entiendo que si vas cerca de alguien a las siete de la mañana, puede ser molesto
Lidiar con el incivismo
La lista de reivindicaciones es bastante más larga, incluye quejas por quien no respeta la numeración de los asientos, por los padres que no prestan atención a sus hijos o por los gritos de las despedidas de soltero y se extiende hacia miradas que incomodan e incluso situaciones violentas. La habilidad definitiva del usuario frecuente que proponen las expertas para la mayoría de estos casos es la asertividad y romper la barrera del miedo a hablar con la persona que tenemos al lado.
“Depende muchas veces de la situación en la que nos vayamos a encontrar, pero recomiendo empezar la frase diciendo ‘perdona’, por ejemplo: ‘Perdona, ¿te molestaría bajar el volumen, por favor, o ponerte los auriculares que lo llevas muy alto?’ Es una forma de entrar suave y educadamente”, recomienda Gómez Verdú. Muíños concuerda con mostrar firmeza en el contenido y la máxima educación en las formas: “La fórmula correcta es dirigirse a ella con una sonrisa, contacto visual directo y una frase en positivo, por ejemplo: ‘Disculpa, ¿te importaría cerrar un poco las piernas? Es que me resulta incómodo, gracias”. “En la mayoría de los casos, la persona reacciona por pura vergüenza social”, asegura.
Ambas expertas están de acuerdo en no entrar en discusiones directas. “Una vez dado un primer aviso amable sin resultado, si la conducta es especialmente molesta lo correcto es acudir al conductor, al revisor o al personal de seguridad”, afirma Muíños, ya que son las autoridades competentes por ley para hacer cumplir el orden en ese viaje compartido.
Precisamente, algo tan poco frecuente en las grandes ciudades como la comunicación de cortesía, dar los buenos días a quien se sienta al lado en el cercanías, preguntar a alguien mayor si necesita ayuda con una bolsa o consultar antes de abrir la ventana, es uno de los aspectos señalados de manera positiva por los usuarios consultados. “Al final se agradece mucho la buena educación y los buenos actos”, concluye Marina en tono optimista.