“La gente ya no se pasa de forma espontánea”: por qué se está perdiendo la costumbre de invitar a amigos a casa
Antes era bastante habitual pasarse por casa de los vecinos a tomar un café o invitar a los amigos a cenar. Pero ya no es así. ¿Qué hay detrás de este cambio? ¿Y hasta qué punto es perjudicial?
“Me encantaba recibir invitados en casa hace años, antes de tener hijos, cuando mi casa no estaba llena de juguetes y tenía mucho tiempo para planificarlo todo y hacer la compra”, dice Rehanna, de 41 años, de Birmingham. Ahora, si quiere ponerse al día con sus amigos, prefiere salir. “No puedo recibir invitados y cocinar al mismo tiempo, así que, si tengo gente en casa, suelo poner un picoteo frío que he preparado con antelación. Hay tantos restaurantes realmente buenos donde vivo que prefiero salir y probar algo nuevo antes que preparar uno de mis platos clásicos en casa”.
Personalmente, nunca diría que no a un picoteo frío, pero la historia de Rehanna no es nada inusual. En Estados Unidos, el número de personas que reciben habitualmente a amigos o familiares descendió del 42 % en 1975 al 12 % en 2026 —una caída del 70 % en los últimos 50 años—. En el Reino Unido, las cifras no son mucho mejores: el año pasado, una encuesta realizada a 2.000 adultos reveló que más de cuatro de cada diez británicos evitan recibir invitados en casa debido a la limpieza que ello conlleva.
Y aunque la chef Nigella Lawson ha vuelto a las pantallas de televisión para demostrar su destreza culinaria en The Great British Bake Off, no hace mucho que la autoproclamada “diosa del hogar” reveló que incluso ella había “perdido la costumbre” de organizar cenas formales. [Respecto a España, una pequeña muestra sobre 1.000 personas recogida por AEG este mismo año en once países europeos, indica que estamos en la media en cuanto a la frecuencia al recibir invitados (el 54% lo hace una vez al mes, indican), pero, sin embargo, somos los más exigentes al respecto: el 51% dice sentirse estresado al cocinar para otros].
¿Por qué nos hemos vuelto tan reacios a invitar a otras personas a nuestras casas? ¿Y qué perdemos al limitarnos a vernos en “terceros espacios” comunes?
“Cuando eres el anfitrión, a menudo te sientes como si fueras un mero espectador de la velada de tus amigos”, afirma Simon, de 37 años, de Glasgow. En el pasado, se ha dado cuenta de que, como anfitrión, dedicó tanto tiempo a asegurarse de que sus invitados estuvieran bien atendidos que le resultaba difícil conectar con ellos más allá de un nivel superficial.
Cuando eres el anfitrión, a menudo te sientes como si fueras un mero espectador de la velada de tus amigos
“No estás plenamente presente porque o bien intentas anticiparte a sus próximas necesidades o ni siquiera estás en la misma habitación: vas y vienes de la nevera y simplemente no puedes profundizar en la conversación. Puede dar la sensación de que todos los demás tienen más vínculo en ese momento, porque el anfitrión está un poquito al margen”.
No siempre nos hemos sentido así a la hora de recibir visitas. De hecho, el antropólogo Robin Dunbar, más conocido por el “número de Dunbar” —una teoría que sugiere que los seres humanos solo pueden mantener realmente unas 150 relaciones sociales estables a la vez—, cree que, si pudiéramos elegir, seguiríamos prefiriendo recibir visitas en casa, pero las circunstancias a menudo se confabulan en contra de ello. “Una de las razones es que nuestras redes sociales pueden haberse dispersado a medida que las ciudades se han hecho más grandes”, afirma. “Si vivimos en pueblos y ciudades más pequeños, es fácil reunirnos para quedadas informales. Existe lo que se conoce como la regla de los 30 minutos: si alguien vive a más de 30 minutos de distancia, prácticamente dejamos de verlo con regularidad. El tiempo y el esfuerzo necesarios se vuelven excesivos”.
Es una idea con la que coincide Kamalyn Kaur, psicoterapeuta y miembro de la Asociación Británica de Asesoramiento y Psicoterapia. “Soy de los años 80 y, cuando era más joven, la gente solía pasarse por casa de mis padres, aunque solo fuera media hora, para tomar un té”, explica.
Cuando llegó a los veinte y pocos años, se dio cuenta de que los invitados habían empezado a llamar por teléfono con antelación, y las visitas a casa se convirtieron más bien en un evento concertado de antemano, “lo cual está bien porque se respeta el tiempo, la energía y el espacio de los demás, pero el inconveniente es que la gente ya no se pasa por casa de forma espontánea; todo tiene que requerir mucha planificación”.
Incluso para quienes han disfrutado de la diversión de una velada exitosa, puede resultar más intimidante que inspirador. “Mi madre, de la generación del baby boom, era una anfitriona increíble y siempre organizaba fiestas espectaculares y muy elaboradas”, cuenta Caz (nombre ficticio), que pasó su infancia al margen de esas reuniones, asomándose por la puerta. “Estar a la altura de eso me parece imposible. Además, aunque ella decía que disfrutaba mucho siendo anfitriona, siempre estaba muy estresada antes de las fiestas y nos gritaba a todos constantemente, y yo no quiero hacer eso”.
También está el gasto: aunque la mayoría de nosotros solemos gastar mucho menos en una comida casera que en un restaurante, la cosa cambia cuando hay que dar de comer a un grupo numeroso. En 2023, Retail Times informó, basándose en datos de la web de reservas de restaurantes The Fork, de que preparar una cena de tres platos en casa para un grupo de seis personas solía costarle al anfitrión más de 96 euros, en comparación con el coste medio por persona en un restaurante, que era de poco más de 35 euros.
En mayo de este año, The Spectator afirmó que las cenas entre amigos también estaban desapareciendo “a causa de la maldición moderna de las 'restricciones alimentarias'”; tanto las intolerancias alimentarias como las restricciones voluntarias parecen haber aumentado en los últimos 20 años, por lo que cocinar para otros puede parecer, sin duda, un reto mayor.
Las expectativas suelen ser más altas cuando se recibe a invitados, no solo en lo que respecta a la comida, sino también al ambiente del hogar. Me atrevería a decir que el auge de la decoración de mesas tiene mucho que ver en ello, y un rápido vistazo a los Reels de Instagram revela muchos otros “requisitos” para que la velada sea un éxito: cócteles con elaboradas decoraciones, velas cónicas de moda, menús escritos a mano, una mesa de comedor enorme. Mientras que antes los anfitriones quizá se limitaban a pasar un paño rápido por las superficies y a vaciar las papeleras, ahora hay consejos para crear la lista de reproducción perfecta y normas para diseñar un “tema” estéticamente agradable.
Recibir invitados ha empezado a parecer un trabajo
“Creo que hay mucha presión sobre la gente para que tenga hogares 'presentables'”, afirma Kaur. “En las redes sociales, ves a todo el mundo con esas casas increíbles, al estilo de mansiones. Eso crea expectativas poco realistas sobre cómo debería ser un hogar. La gente puede empezar a preocuparse porque su casa no cumpla con ese estándar”.
Caz tiene dos hijos menores de 10 años y dice que, por eso, su casa es siempre “una auténtica pesadilla”. Por supuesto, a sus amigos no les importa en realidad el desorden. “Lo sé en lo más profundo de mi corazón”, admite, “pero eso no impide que me sienta avergonzada cada vez que viene alguien a casa”.
La chef afincada en Sídney Therese Lum también cita los programas de cocina de la tele como una de las razones por las que muchos pueden sentir que una cena debe ser una producción de cinco platos perfectamente organizada. “Si a eso le sumamos los pisos pequeños, las semanas ajetreadas y el coste de dar de comer a un grupo numeroso, salir a comer fuera empieza a parecer más fácil”, afirma. “Recibir invitados ha empezado a parecer un trabajo”.
Derek Thompson, que analizó los datos estadounidenses para The Atlantic, plantea la idea de que los estilos de crianza más intensivos podrían ser en parte responsables del descenso de las cenas en casa. “Los estadounidenses solían tener muchos hijos a los que cuidaban de forma más esporádica”, sugiere. “Ahora tienen menos hijos, a los que dedican cada minuto de su vida”.
Dunbar está de acuerdo en líneas generales: “Hasta la década de 1960, cosas como los deberes del colegio eran limitados, y los niños se las apañaban más o menos solos: jugaban juntos en la calle y solo aparecían cuando necesitaban comer. Ahora, los niños están pegados a ti hasta que se van a la universidad”. Además, señala que ahora hay un “flujo interminable” de clubes y actividades extraescolares en las que se anima a los niños a participar, lo que significa que “las familias tienen que estar disponibles para hacer muchos traslados”.
Es más, desde la pandemia y el auge del teletrabajo, mucha gente ha empezado a percibir su espacio vital de otra manera. Socializar en casa puede parecer más bien como organizar una cena en la oficina. Como dice Kaur: “Quieres un cambio, si no, no parece un descanso. Es más difícil desconectar mentalmente”. Pero incluso antes de la COVID, la proliferación de todo lo relacionado con el hygge —el concepto danés centrado en la comodidad— animó a gran parte del mundo occidental a considerar el hogar como un lugar al que retirarse y relajarse, en lugar de invitar a otros a entrar. “Tu hogar es tu lugar acogedor, por lo que socializar allí puede parecer una intromisión en tu espacio privado”, afirma Kaur.
Desde la pandemia y el auge del teletrabajo, mucha gente ha empezado a percibir su espacio vital de otra manera. Socializar en casa puede parecer más bien como organizar una cena en la oficina
Thompson también aborda la idea de que ahora “es demasiado divertido estar solo en casa”. Mientras que antes quizá invitábamos a amigos a casa para combatir el aburrimiento —y nos enfrentábamos a la presión social de asistir a esos eventos, aunque no nos importaran mucho los anfitriones—, hoy estamos “envueltos en fortalezas de entretenimiento personalizadas”. Sin embargo, esto no significa que ya no nos beneficiemos de las relaciones sociales: la Organización Mundial de la Salud informa de que el aislamiento y la soledad están ahora muy extendidos, lo que a su vez puede tener un impacto significativo en la salud física y mental, aunque no estemos “aburridos” como tal.
En el extremo opuesto del espectro, está el problema de, por decirlo sin rodeos, los invitados que se quedan más tiempo del debido. “A mi mujer y a mí nos gusta recibir invitados en circunstancias muy controladas”, dice Simon. “Solemos invitar a gente a tomar unas copas antes de salir a cenar porque así se establece una hora de finalización. Recibir invitados en casa puede significar perder el control sobre cuándo termina la noche: si alguien quiere quedarse allí bebiendo whisky hasta las tres de la madrugada, te sientes un poco obligado a acompañarles”. Está claro que hay una razón por la que la frase “Por favor, marchaos antes de las 21:00” se ha convertido en una especie de motivo recurrente en los accesorios de decoración de interiores en los últimos años.
Kaur reconoce que, como anfitriona, puede resultar difícil hacer otra cosa que no sea esperar a que la velada llegue a su fin de forma natural. “Me encanta irme a la cama a las ocho y media, pero para mis amigos puede que sea justo cuando empiezan a animarse”, afirma. “Puede resultar realmente agobiante tener gente en tu espacio y no poder pedirles que se vayan”.
¿Deberíamos simplemente aceptar que ahora es mucho más fácil, menos estresante y, a veces, más barato salir?
“Hay una cierta vulnerabilidad en dejar que alguien te vea en tu propia casa, y al no recibir a nadie en casa revelamos menos de nosotros mismos a los demás, lo que a su vez puede afectar a la profundidad de nuestra amistad”, advierte Kaur. Sin duda, hay algo más íntimo en ponerse al día con un amigo en su sofá: un atisbo de lo que ocurre entre bastidores en su vida que te costaría mucho obtener en un espacio más neutral.
Como es una de las cosas más generosas que se pueden hacer, crea un tipo de conexión que es difícil de conseguir en cualquier otro sitio
Kaur recibe a gente en casa con frecuencia, pero dice que eso se debe en gran parte a que conoce a sus amigos más cercanos desde hace más de 20 años. “Todos hemos crecido juntos; nos hemos visto en lo mejor y en lo peor”, afirma. “He estado en casa de una amiga con el suelo cubierto de cien piezas de Lego porque sus hijos habían estado jugando con ellas. Y mi amiga me dice: ”Sí, pues tendrás que pasar por ahí“”. Sin embargo, reconoce que, para algunas personas, recibir invitados —ya sea una velada bien planificada o una reunión espontánea— puede seguir siendo una fuente de ansiedad. “Siempre animaría a la gente a hacer lo que mejor se adapte a sus propios niveles de energía y a su salud mental”, afirma. “De lo contrario, resulta contraproducente”.
Lum, por su parte, cree que el esfuerzo que supone recibir invitados es precisamente lo que hace que merezca tanto la pena. “Como es una de las cosas más generosas que se pueden hacer, crea un tipo de conexión que es difícil de conseguir en cualquier otro sitio”, afirma. “En mi familia, la comida siempre fue nuestra forma de demostrar amor, y compartir la mesa sigue significando eso para mí”.
También conviene tener en cuenta que salir, sobre todo a cenar o a tomar algo, suele implicar seguir las normas del local. “En casa nadie te apremia para que te levantes de la mesa, y la conversación fluye a su aire”, dice Lum. “Mis mejores veladas casi siempre han tenido lugar alrededor de la mesa de la cocina de alguien. Los invitados no recuerdan si las servilletas hacían juego; recuerdan sentirse bien atendidos”.
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