La psicóloga Adelaida Navaridas, sobre los beneficios de pedir perdón: “Nos puede hacer sentir culpa y vergüenza”
Cuando somos pequeños, cada vez que le quitamos un juguete a otro niño, o nos enfadamos, los adultos nos exigen que pidamos disculpas. Hacerlo es la reacción básica ante cualquier error. Se supone que de pequeños aprendimos a perdonar. Sin embargo, cuando nos hacemos mayores, decir ‘lo siento’ es más que una simple norma familiar y algo que nos suele costar más practicar.
Pero en nuestras interacciones con los demás es inevitable que ocasionalmente cometamos errores o causemos daños. Y una de las herramientas más poderosas que tenemos para reparar el daño y mantener relaciones sanas es ofrecer una disculpa sincera.
¿Sabemos realmente qué es pedir perdón? Es más, ¿sabemos perdonar? Hacerlo no es solo esencial, sino también beneficioso en diversos aspectos de nuestra vida. Al practicar el arte de la disculpa, podemos fomentar la comprensión, restaurar la confianza y promover el crecimiento personal. Pese a todas estas razones, ¿por qué nos cuesta tanto pedir disculpas?
“Decir ‘lo siento’ es reconocer que hemos podido hacer algo mal y haber dañado a otra persona. Esto nos puede conectar con sentir culpa y, sobre todo, vergüenza lo que, para muchas personas, es difícil de sentir, casi intolerable”, nos explica Adelaida Navaridas, psicóloga de Amare Psicología.
Navaridas admite que, para protegernos de esos estados emocionales, “podemos recurrir a excusas, a desconectarnos del malestar de la otra persona sin validar su dolor o echarle la culpa tratando de evitar sentir la nuestra. Esto puede confundirse con enfado o arrogancia, que es lo que se puede ver fácilmente”.
Por qué es importante pedir perdón
Pedir perdón, a quien sea, a nuestros hijos, pareja, padres, compañeros de trabajo o amigos, no es señal de debilidad. Aunque parte de la dificultad de disculparnos radica en que, por naturaleza, implica humildad: al admitir nuestros errores, se demuestra la importancia de asumir la responsabilidad de nuestros actos, por difícil que sea.
Y esto no solo fortalece nuestra relación con ellos, sino que también trabajamos el valor del perdón y la comprensión. “Si hemos dañado a alguien, pedir perdón va a ayudarnos a sanar un vínculo y eso siempre va a mejorar nuestro bienestar. Somos seres sociales y seguro que pedimos perdón porque nos interesa mantener en nuestras vidas a determinadas personas”, admite Navaridas.
En esencia, pedir perdón es una herramienta para la reconciliación social: cuando lastimamos a alguien, ya sea intencionadamente o por accidente, se crea una brecha en la relación. Esta toma de perspectiva provocaría algo beneficioso. Algunas investigaciones sobre el perdón sugieren que las disculpas sinceras pueden desencadenar la liberación de oxitocina, una hormona vinculada a la confianza y el vínculo social en la persona que recibe la disculpa.
Admitir la culpa implica reconocer que estamos equivocados y que la otra persona lleva razón, lo cual a veces no es lo que sentimos cuando aún podemos estar enfadados. Y es que, muchas veces, existen dos experiencias de la verdad distintas que no coinciden y que han escalado hasta un punto en el que se necesita el perdón. No es una emoción pasiva, sino una decisión activa y deliberada.
Pero una cosa es disculparse y otra cuando la excusa se vuelve excesiva. Algunas personas desarrollan un reflejo constante de disculparse, incluso sin una razón válida, “piden perdón constantemente, haciéndose responsables de situaciones o estados emocionales que no les corresponden: esto habla de la vergüenza crónica y de un problema para identificar los límites personales”, advierte Navaridas. Y esto tampoco es necesario.
Sencillez y simplicidad: las claves para pedir perdón
No hay una única manera de pedir perdón. A menudo, lo más sencillo y simple es lo más efectivo. “Un ‘lo siento, perdona si te he hecho daño’ sencillo y, sobre todo, sentido de verdad, es muy conveniente”, reconoce Navaridas. Para la especialista, no es necesario decir que “ha sido sin querer, porque es una excusa y se presupone, la otra persona ya lo sabe. Además, es importante poner toda la intención en no volver a hacerlo, escuchar lo que otra persona necesita y negociar si es necesaria la forma de reparar”.
Por tanto, el primer paso es tomar conciencia de estos mecanismos inconscientes, de evaluar si cada disculpa corresponde a una falta real o simplemente a un hábito reconfortante. Tampoco se trata de quedarnos con la culpa, que no hace más que mantenernos en un estado de sumisión, casi infantil, sino de avanzar hacia la responsabilidad, que nos ayuda a evaluar objetivamente la situación y buscar la mejora.
Para lograr que el perdón sea justo y justificado, el enfoque debe centrarse más en reflexionar sobre lo sucedido, si realmente cometimos un error y cómo podemos mejorar para la próxima vez.
¿Y si la otra persona no acepta la disculpa?
El perdón no implica necesariamente la reconciliación ni la restauración de la relación. Tanto derecho tiene una persona a pedir perdón como otra de no aceptarlo. O se puede perdonar completamente a alguien manteniendo límites firmes. “Esto forma parte de las relaciones humanas, el respeto a las necesidades de cada una”, admite Navaridas.
Porque, muchas veces, no sabemos qué respuesta obtendremos. Al pedir disculpas estamos, metafóricamente, de rodillas. No sabemos si la otra persona será comprensiva y amable o si se mostrará resentida y enojada. Hemos obrado mal, pero aún así es un acto de valentía atreverse a pedir perdón, y eso se complica aún más porque la respuesta de la otra persona está fuera de nuestro control.
Y es que, a veces, “necesitamos tiempo para recuperarnos del daño, de la tristeza, la decepción o el desengaño. A veces la ruptura del vínculo se repara con el tiempo cuando hay intención por ambas partes, pero en ocasiones no puede ser y entonces comienza un duelo interno que será necesario transitar”, concluye Navaridas.
Por tanto, el perdón no es solo para quien ofende, si no para quien perdona. Perdonar también implica liberarse de esa carga emocional constante, recuperar el espacio mental y elegir cómo el dolor del pasado moldea el presente.