Un psicólogo indica cómo aprender a bajar el ritmo sin culpa: “Hacer menos no es hacer nada, sino hacer lo que importa”

Muchos nos levantamos cada mañana con una lista en la mente de todo lo que deberíamos hacer a lo largo del día. Y hacemos lo que podemos, pero muchas veces acabamos descuidando una buena parte de las tareas planeadas. Y llega la noche con un arsenal de culpa dando vueltas en nuestra cabeza: no hemos terminado una tarea en el trabajo que teníamos pendiente, no hemos recogido ese encargo que hace días nos espera, hemos cedido a recoger la casa como nos hubiera gustado… Y la lista continúa, día tras día, y el sentimiento de culpa por no hacerlo todo también. Pero el día tiene 24 horas. Y nosotros un límite.

“Desde niños nos aplauden por sacar buenas notas, por no dar problemas, por rendir, y luego llegamos a adultos arrastrando la idea de que ‘valemos por lo que hacemos’ sin cuestionarla: si no rindo, siento que no merezco descansar tranquilo”, nos explica Diego Segura Ramírez, psicólogo y director de Segura Psicólogos.

Para Segura, ese sentimiento de culpabilidad que nos invade cuando ponemos el freno no “es solo un tema personal, es cultural, vivimos en un sistema que te mide constantemente por resultados, así que ese mensaje se refuerza todo el tiempo desde fuera”.

Esto explicaría por qué, en un día libre, sin trabajo ni obligaciones constantes, en lugar de sentirnos aliviados, estamos tumbados preguntándonos si estamos perdiendo el tiempo. Nuestra cabeza empieza a dar vueltas: ¿Qué deberíamos estar haciendo? ¿Es de vagos tomarse un descanso?

Qué hay detrás de la culpa por descansar

No es un diagnóstico clínico, sino un término que muchas personas usan para describir la incomodidad interna que surge cuando intentan descansar. Puede manifestarse de varias maneras. Según Segura, “nos irritamos por tonterías que antes ni notábamos; sentimos que vamos en piloto automático, como si no estuviéramos del todo presentes en nuestra propia vida; nos cuesta concentrarnos hasta en cosas simples; empezamos a sentir cinismo hacia cosas que antes nos motivaban; dormimos, pero nos levantamos igual de cansados; nuestro diálogo interno se vuelve más duro, más crítico con nosotros mismos”.

Esto es lo que suele pasar cuando cruzamos el límite, aparecen señales de agotamiento que, cuando se normaliza y dejamos de identificarlo como algo temporal, “es cuando hay que parar de verdad, no esperar a que se resuelva solo”, advierte Segura. Esto no es un defecto personal, sino que suele ser una respuesta emocional aprendida.

Sin descanso, corremos el riesgo de sufrir agotamiento. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan tiempo de descanso para recargarse y procesar las emociones. Si no nos permitimos ese tiempo, podemos volvernos irritables, ansiosos y tener dificultades para afrontar los retos de la vida, por lo que el descanso no es un lujo, es una necesidad. Y tampoco es una señal de pereza, sino un poderoso acto de autocuidado y autopreservación. “Hacer menos no es hacer nada, sino hacer lo que de verdad importa, con la cabeza puesta ahí y no en piloto automático”, advierte Segura.

Cuatro pasos para darnos permiso para parar sin sentirnos culpables

Es algo que podemos aprender a hacerlo, en palabras de Segura, en varios pasos. El primero de ellos es “identificar qué nos da miedo realmente. ¿El conflicto? ¿La decepción del otro? ¿Qué dejen de querernos? Conocer la raíz cambia todo el enfoque”, reconoce el experto.

El segundo paso, dice el psicólogo, es “practicar el ‘no’ en cosas pequeñas antes de intentarlo en lo importante. Como un músculo, se entrena poco a poco”, afirma Segura, que enumera el tercero: separar a la persona de la petición. “Puedes querer muchísimo a alguien y aun así no poder darle lo que pide en ese momento. Una cosa no anula la otra”, reconoce Segura.

El cuarto paso consiste en “no complicarnos con la explicación. Podemos usar frases como ‘esta vez no voy a poder’, no necesitamos justificarnos de más”, afirma Segura. Y, por último, “aceptar que vamos a sentirnos raros al principio. Una incomodidad que no significa que lo estemos haciendo mal, sino que estamos haciendo algo nuevo”, matiza Segura.

Que dejemos de hacer cosas no significa que tengamos que caer en la procrastinación insana. “La clave está en la intención de fondo”, afirma Segura. No es lo mismo procrastinar, es decir, evitar algo que nos provoca ansiedad, que a menudo nos deja con más culpa y más presión, que descansar bien, “una decisión consciente que nos deja con más energía para seguir”, explica Segura.

Debemos pensar que descansar no es solo tumbarse en el sofá. Es la capacidad de relajar el sistema nervioso, permitir la quietud en la mente y el cuerpo y tolerar la ausencia de estímulos. Para muchas personas, es una habilidad, una capacidad aprendida, muchas veces contraria a las habilidades que les enseñaron durante su infancia.

¿Qué cosas concretas nos ayudan? Para el especialista, es clave “desconectar de las pantallas en algún momento del día, terminar la jornada aunque queden labores pendientes y hacer una revisión honesta de nuestra lista de tareas preguntándonos cuáles son urgentes de verdad y qué cargamos por costumbre o miedo a fallarle a alguien”.

Sobre las herramientas que podemos usar para frenar los pensamientos de culpa cuando decidimos parar, una técnica que ayuda mucho es “nombrar el pensamiento en vez de creérnoslo automáticamente. No es lo mismo decir ‘soy un vago por descansar’ que ‘estoy teniendo el pensamiento de que soy un vago por descansar’. Suena un matiz tonto, pero cambia todo: nos da distancia para cuestionarlo en vez de obedecerlo”.

El especialista nos da más pistas para acabar con este sentimiento de culpa: preguntarnos si le diríamos lo mismo a alguien a quien queremos. “Casi nunca nadie le exige a alguien que quiere que rinda al 100% sin parar. Ese doble estándar es la prueba de que la culpa no viene de la lógica, sino de la costumbre”.

Por último, pero no menos importante, Segura nos habla de algo muy práctico: agendar el descanso como si fuera una tarea más. “Cuando el descanso tiene un horario, la mente deja de tratarlo como un lujo y empieza a tratarlo como algo legítimo”. De esta manera podremos descubrir que el tiempo de inactividad planificada no reduce la productividad; en muchos casos, la mejora. Regresamos con más energía, más claridad mental y menos resentimiento hacia las tareas pendientes.