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Contra ETA vivíamos mejor

Juan Carlos Escudier

Zapatero, que para esa rendición no hacían falta alforjas, y Rajoy, pesadísimo con eso de que el Gobierno le pida perdón por haberse equivocado, se han citado este lunes en Moncloa para una sesión de más de lo mismo, que consiste esencialmente en un saludo a pie de escalera, una escena del sofá y un par de horas de animada charla antes de volver a tirarse los trastos a la cabeza, o no, según convenga, porque esto de la política antiterrorista se ha vuelto flexible como un junco y se mece al viento. Se trata de una cuestión táctica: al primero, le interesa ahora mostrar que no le tiembla el pulso; al segundo, que también es capaz de recibir al hijo pródigo con una bandeja llena de Ferrero Rocher dispuestos en pirámide. ¡Cuán predecible es el teatro de aficionados!

La demostración palpable de que todo es una filfa -o lo parece- nos ha llegado de Navarra, donde el infatigable Miguel Sanz, que se está jugando las lentejas en las negociaciones con los socialistas navarros, se ha puesto el disfraz de Sancho el Fuerte, pero justo antes de Las Navas de Tolosa, cuando se fue a vivir a África y empezó a hacérselo con una princesita almohade. De esta guisa, Sanz se ha convertido a la carrera al zapaterismo y afirma que el presidente le ha puesto a ETA los puntos sobre las íes. En resumen, el hombre que iba a entregar Navarra a los vascos, el traidor que se disponía a ceder a Batasuna la afamada denominación de origen de los espárragos, es hoy la piedra angular sobre la que Sanz piensa edificar su nuevo mandato.

En este cambiante estado de cosas, la nueva estrategia de Zapatero es casi de libro. La primera medida ha sido el retorno a la sombra de De Juana, al que los ayunos han debido de distraerle el juicio, porque sólo alguien de cortas entendederas es capaz de negarse, con la que se avecinaba, a irse a su casa con una pulsera en la muñeca, que era lo que se le ofrecía. A cambio, ha conseguido unas cadenas y una bola virtuales y una celda monísima en Aranjuez, como estaba cantado.

El siguiente en probar los efectos terapéuticos del talego ha sido Arnaldo Otegi, quien seguramente ya tenía asumido que, en esta ocasión, no se iría de rositas. El de Batasuna ha jugado a ser Gerry Adams, pero ni es tan listo ni tan delgado, por no decir que manda menos que un recluta y que así no se puede ser interlocutor de nada. A Otegi le hubiera gustado otro desenlace en las negociaciones con el Gobierno y, posiblemente, sus discrepancias con ETA son mucho mayores de lo que trasluce. Sin embargo, la valentía de este hombre para manifestar sus discrepancias siempre ha tendido a cero, lo cual le define.

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