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Rajoy quiere ser Cameron pero Zapatero no es Gordon Brown

Juan Carlos Escudier

Aunque sólo sea muy de vez en cuando, hay que complacer a los que votan, que, por lo general, son gente que no entiende de estrategias o de fintas. Y los que votan querían ver este pasado miércoles algún signo de entendimiento entre el PSOE y el PP para salir de la crisis y hasta se hubieran conformado con un simple brindis al sol. Los que votan, al fin y al cabo, son los que pagan, y es muy descortés desairar al que paga, aunque sea por su bien. Por eso, lo de Rajoy ha de ser una pulsión suicida, porque nadie que ve rodar hacia él una gigantesca bola de nieve trata de pararla con ambas manos, y menos si está avisado y puede ver que uno de quienes la empujan es un tipo con corona que habla en plural mayestático. Lo inteligente en estos casos es correr en la misma dirección y, llegado el caso, apartarse a la menor oportunidad.

Será por convencimiento en sus virtudes o por una propaganda de décadas, pero lo cierto es que tenemos idealizados los pactos, especialmente en circunstancias límite. Al empresario asfixiado y sin crédito, al trabajador que se ve próximo al INEM o al que ya está a sus puertas haciendo cola les resulta imposible entender que sus líderes no sean capaces de pensar en otra cosa que no sean sus intereses particulares. Está claro que el pacto no tiene necesariamente que beneficiarles y, no es extraño, que quien lo anhelaba acabe maldiciéndolo, ya que suele incluir medidas que ningún partido se atrevería a plantear en solitario. Sin embargo, es indudable que tiene un efecto placebo en la ciudadanía y genera esperanza. Ignorarlo es muestra de una gran ceguera.

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