Una mirada al amanecer del Angkor Wat
Despego la nariz de la pantalla y traspaso el cristal.
Mentira me parece, que pocos años atrás una pandemia me obligara (como a tod@s) a ser una mujer pegada a una mascarilla y que mi osadía me empujara hasta Camboya, para empezar a conocer país, sentada en el aeropuerto esperando el resultado del PCR preceptivo, antes de poner un pie fuera del recinto.
Mentira me parece también que estuviera a deshoras siguiendo el mortecino hilo de luz que proyectaba la linterna del chofer, para como Pulgarcito, avanzar por un lugar que nunca podré recordar, porque la oscuridad era tan manifiesta que nada más que algún parcial hierbajo y parte de alguna piedra divisaba, todos embebidos en el estruendoso graznar de pajarracos ocultos, en las sombras de una inmensa jungla negra.
Pero el milagro que presenciamos cada día y en cualquier punto se obró, y empezó a cobrar forma mi derredor. Eran gigantescos los árboles e interminable la pradera por la que me dieron ganas de echar a correr, cuando a lo lejos su inigualable figura vislumbré, pero me retuve y mantuve tras los pasos del guía.
Cuanto más avanzaba más impresionante se volvía, no solo era su tamaño, sus torres, su armonía. Era la belleza llevada a la perfección, nacida, sin duda, de un vasto conocimiento y de un profundo amor de sus proyectistas y hacedores.
El blanco, negro y gris dejaron paso a los colores, todos hicieron en el cielo un telón, que proyectó la imagen soberbia del templo en el lago, que se sitúa a la entrada y justo frente a él.
No hicieron falta los fuegos artificiales para que enmudeciéramos, la media docena de insomnes que nos encontrábamos allí; ni IA, ni efectos especiales. Nada hay comparable con un nuevo amanecer. Este que presenciaba, vestido con toda la gama del arco iris. Entrada gratuita a un espectáculo que solo nos puede ofrecer el planeta que habitamos, que descuidamos y que algún día perderemos, si no tomamos conciencia de ello.
Lloré. A veces la felicidad es tal, que es misión imposible evitarlo.