Memoria de mujeres: El mapa de identidad que Acebo necesitaba
No es verdad que la historia se escriba solo con pluma de oro sobre libros de cuero. La verdadera crónica de un pueblo se esconde en los pliegues de un delantal, en la costura invisible de una conversación al fresco y en el modo en que una madre aprendió a llamar a la lluvia cuando la tierra tenía sed. Durante demasiado tiempo, esas voces han sido el murmullo de fondo, el sustento silencioso sobre el que se levantaron los tejados y los caminos de Acebo. Mañana, sin embargo, el silencio tomará otro nombre.
El miércoles 24 de junio, el Salón de Plenos del Ayuntamiento se transformará en algo mucho menos anodino que un centro administrativo: será un templo de la escucha, lo que tantas veces falta. Con una propuesta aparentemente sencilla, pero cargada de una profundidad casi telúrica: sentarse a recordar, desde la organización se asegura que no se busca a las heroínas de manual, ni a las que acaparan los titulares de los periódicos. Se busca a la vecina, a la abuela, a la mujer que, desde la cotidianidad más absoluta, sostuvo el peso del mundo que le rodeaba sin pedir ni siquiera que se fijaran en ella.
El proyecto, de la Asociación Aldaba y financiada por el Ayuntamiento de Acebo con recursos del Pacto de Estado, lleva el elocuente título Memoria de Mujeres: Historia de un pueblo, y se erige como una invitación a practicar una auténtica arqueología del alma. “No hace falta saber escribir epopeyas, ni haber realizado gestas que despierten al mundo. Basta con tener memoria, con guardar en la retina el color de un día de labor o el sabor de una receta que ya no se cocina. Es un proceso de reconstrucción colectiva, un puzzle donde cada pieza es una vida, una experiencia, un suspiro que será, al fin, compartido”.
De este encuentro no saldrá solo un libreto, sino un mapa de identidad. Porque se recogerán las historias de las mujeres de Acebo, y el pueblo no solo mirará al pasado lo hará frente a un espejo para reconocer sus propias facciones.
Cuando el sol caiga sobre el valle y las luces del salón comiencen a parpadear, en un simple acto cultural renacerá algo antiguo y necesario: el momento en que una comunidad decide que ninguna de sus vidas se perderá en la sierra. Al final de la tarde, cuando las puertas se cierren y el silencio regrese a las calles, Acebo será un lugar un poco más cálido, más pleno, más humano. Sus vecinas se conocerán más y mejor. Porque desde mañana, al pasar junto a cualquier portal se seguirá viendo la piedra y sombra; pero también la huella imborrable de quienes, sin saberlo, hicieron historia, la suya propia y la de todo un pueblo cacereño.