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La mesa del chiste

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Un gallego, un catalán, un vasco y un asturiano se sientan a una mesa y hablan de literatura. Un gallego, un catalán, un vasco y un asturiano se sientan a una mesa y hablan de gastronomía. De movilidad. De música tradicional. De música electrónica. De física cuántica. De ornitología. De energías renovables. De fútbol. Del tiempo. La mesa del chiste o el chiste de la mesa –tanto da– hace ya mucho que dejó de tener gracia, pero sigue operando en el modo en el que tradicionalmente España dialogó con sus colonias internas, con los nacionalismos históricos, con el independentismo, con el bilingüismo. Con cualquier cosa que no fuesen ellos mismos, con esa identidad que unos se esfuerzan al fin en ensanchar y otros adelgazan hasta el extremo: tres franjas de color en una pulsera.

Voy a hablar de aquello sobre lo que sé algo, de esa cosa detestable que suele ser la vida literaria dentro de los circuitos mediáticos y comerciales. Estos días se celebra en Madrid la décimo quinta edición del Festival Eñe, organizado por entidades privadas de renombre –La Fábrica y el capitolino Círculo de Bellas Artes– y apoyado por numerosas instituciones públicas. Dentro de su programación estaba presente, por supuesto, la tan en boga diversidad lingüística: dos coloquios con autorxs en catalán y uno con autorxs en euskera. Quedaban fuera el gallego y el asturiano, seguramente por motivos de clase, por la nula proyección internacional de sus administraciones autonómicas, quién sabe. Ahora eso no importa. Me interesa del asunto esa manera castiza de centro-izquierda (e incluso de izquierdas) de entender la diversidad como nichos en un camposanto. Autores catalanes dialogan con otros catalanes. Autores en euskera tienden puentes con otros escritores en euskera. Si escribe usted en una lengua distinta al español, si su experiencia es otra, diríjase a aquel mostrador de la esquina. Otro chiste malo, cruel, rancio: “Yo no soy racista, soy ordenado”.

La representatividad no comporta necesariamente igualdad. Por supuesto, habrá quien, queriendo escapar a las lógicas del poder, diga que no necesita de estas mezclas, de la equiparación. Por seguir con la literatura, por ejemplo, es obvio que la literatura en gallego no es literatura española, si bien el sistema literario gallego (autorxs, distribuidoras, editoriales, librerías...) depende económica y, por lo tanto, simbólicamente –si salimos de lo anecdótico– de que exista esa equidad en el trato estatal. El riesgo de asimilación, de ser absorbidos o anulados por el pez más grande del acuario está siempre ahí, pero tampoco resulta agradable permanecer demasiado tiempo en el nicho: atrofia casi cualquier oportunidad de crecer que no sea azarosa.

Afortunadamente, algo de todo esto podría estar cambiando precisamente ahora. Lo hace en la cultura –pienso en iniciativas como las Afinidades Electivas llevadas a cabo por la Dirección General del Libro y la Lectura en librerías de todo el Estado– y se transforma también en el Gobierno central. Casi por primera vez, la sensación de todos los que hasta ahora éramos relegados a los espacios claustrofóbicos de nuestras reclamaciones –que hacen e hicieron parecer siempre falsamente egoístas–, sentimos que somos escuchados, que nuestra voz dialoga con los otros. La pluralidad parece, estallido a estallido, cada vez más real. Como si ahora sí, por fin, en la mesa del chiste se negociase y no se riese nadie.

Un gallego, un catalán, un vasco y un asturiano se sientan a una mesa y hablan de literatura. Un gallego, un catalán, un vasco y un asturiano se sientan a una mesa y hablan de gastronomía. De movilidad. De música tradicional. De música electrónica. De física cuántica. De ornitología. De energías renovables. De fútbol. Del tiempo. La mesa del chiste o el chiste de la mesa –tanto da– hace ya mucho que dejó de tener gracia, pero sigue operando en el modo en el que tradicionalmente España dialogó con sus colonias internas, con los nacionalismos históricos, con el independentismo, con el bilingüismo. Con cualquier cosa que no fuesen ellos mismos, con esa identidad que unos se esfuerzan al fin en ensanchar y otros adelgazan hasta el extremo: tres franjas de color en una pulsera.

Voy a hablar de aquello sobre lo que sé algo, de esa cosa detestable que suele ser la vida literaria dentro de los circuitos mediáticos y comerciales. Estos días se celebra en Madrid la décimo quinta edición del Festival Eñe, organizado por entidades privadas de renombre –La Fábrica y el capitolino Círculo de Bellas Artes– y apoyado por numerosas instituciones públicas. Dentro de su programación estaba presente, por supuesto, la tan en boga diversidad lingüística: dos coloquios con autorxs en catalán y uno con autorxs en euskera. Quedaban fuera el gallego y el asturiano, seguramente por motivos de clase, por la nula proyección internacional de sus administraciones autonómicas, quién sabe. Ahora eso no importa. Me interesa del asunto esa manera castiza de centro-izquierda (e incluso de izquierdas) de entender la diversidad como nichos en un camposanto. Autores catalanes dialogan con otros catalanes. Autores en euskera tienden puentes con otros escritores en euskera. Si escribe usted en una lengua distinta al español, si su experiencia es otra, diríjase a aquel mostrador de la esquina. Otro chiste malo, cruel, rancio: “Yo no soy racista, soy ordenado”.