Muere a los 90 años Xosé Manuel Beiras, el intelectual y dirigente del nacionalismo gallego más importante desde Castelao

Daniel Salgado

Santiago de Compostela —
8 de octubre de 2026 08:31 h

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Su figura era inconfundible. También su discurso. Cabellera y barba blanca, ojos claros, retórica culta aunque atravesada por lo popular, a veces incendiaria, afabilidad en el trato cercano, curiosidad por el otro. Se había criado en el galleguismo culturalista que había sobrevivido a la Guerra Civil pero descubrió el marxismo en Francia y nada volvió a ser lo mismo. Sus ensayos de economía política alimentaron la reconstrucción del nacionalismo gallego, ya inequívocamente situado en la izquierda, en los años 60 y 70. Referente de la oposición clandestina a la dictadura y en democracia el líder que condujo el BNG desde un diputado a 18 y ser segunda fuerza en el Parlamento de Galicia, los últimos años de su vida política los dedicó a involucrarse en la convulsa construcción de frentes amplios de izquierda. Xosé Manuel Beiras, el más importante intelectual y dirigente nacionalista gallego tras Castelao, murió esta madrugada a los 90 años, han confirmado a elDiario.es fuentes de su entorno.

A Beiras le gustaba recordar. Toda su trayectoria política se asentaba, de alguna manera, en la memoria: la legitimidad que, por vía familiar, enlazaba el galleguismo republicano con la izquierda nacionalista clandestina. Siempre decía que había nacido con el Frente Popular, abril de 1936, Santiago de Compostela. Y su familia, de comerciantes, militaba en el Partido Galeguista que había fundado, en el albor de la II República, el mismísimo Castelao. El padre, Manuel Beiras, lo hizo hasta que, en 1935, formó parte de una pequeña pero significativa escisión, Dereita Galeguista. Pero, tras la guerra, no siguió la deriva franquista de otros de sus miembros y permaneció fiel al ideal republicano. Hasta el punto de que evitó la escuela de la dictadura para su descendencia y encargó su educación a un viejo maestro represaliado, Jesús Pereira. Xosé Manuel Beiras hablaba de él con devoción todavía 80 años después.

La liquidación del galleguismo republicano fue política y física. A su secretario general, Alexandre Bóveda, lo fusilaron en Poio el mismo día que a García Lorca en Granada. Los exiliados se contaron por decenas -Castelao entre ellos- y aún más fueron los que padecieron exilio interior. Apenas entrada la década de los 50, los restos de aquella generación decidieron renunciar a la política y se embarcaron en lo que denominaron resistencia cultural: editoriales, literatura, revistas de economía, mesas camilla. Había que volver a construir Galicia y su idea. Ese fue el medio ambiente en el que se hizo adulto Xosé Manuel Beiras. El investigador Carlos Calvo la definió como “una pequeña contraesfera pública” en la que el mandarín principal era Ramón Piñeiro, joven militante del galleguismo en el 36, encarcelado en la posguerra, y anticomunista confeso, además de potente intelectual orgánico.

El príncipe contra Pigmalión

Pero el príncipe Beiras acabó por revelarse contra su Pigmalión (colectivo). En 1957, acabados sus estudios de Derecho en Santiago de Compostela, llega a París para formarse en economía. “Era entonces un liberal progresista, muy moderado, solo radical en mi antifascismo”, confesaba en conversación con el poeta Miguel Anxo Fernán Vello y el escritor Francisco Pillado para el libro A estrela na palabra (Espiral Maior, 2004). La Francia agitada que conoció, donde los estertores del existencialismo dejaban paso a los pensadores estructuralistas, y la guerra de liberación nacional de Argelia comprometía a los más agudos izquierdistas, cambió su alma para siempre. “Enseguida descubrí que muchos componentes de mi formación ideológica, procedentes de la relación discipular con Piñeiro, eran enormemente conservadores, muy spenglerianos, en la línea de la decadencia de Occidente y cosas por el estilo”, añadía. Década y media más tarde, publicado su emblemático O atraso económico de Galiza (1973) sobre la dependencia centro periferia aplicada a la realidad de su país, Beiras era marxista. Contrario a la ortodoxia, sincrético y no dogmático, pero marxista, una suerte de socialista sin apellidos. Lo seguiría siendo hasta el final.

Fueron precisamente sus lecturas de Marx las que determinaron, además, su militancia política. Beiras había formado parte, en 1963, de la fundación del primer partido nacionalista de la posguerra, el Socialista Galego (PSG). Era el resultado de la estrategia diseñada por Piñeiro, crear en la clandestinidad dos organizaciones a imagen y semejanza de las democracias liberales europeas, la socialdemócrata y la democratacristiana, pero galleguistas y de aspiración federal. La segunda no llegó a buen puerto y la primera se fue radicalizando bajo el liderazgo de Beiras y en plenos años 60. Durante la mitad inicial de la siguiente década, sus alianzas con la UPG, partido nacionalista y comunista creado en 1964 por -entre otros- los escritores Xosé Luís Méndez Ferrín y Celso Emilio Ferreiro-, eran más o menos estables. La teoría anticolonial de Fanon o Albert Memmi y la práctica de los movimientos de liberación nacional en Argelia o Cuba informaban entonces al nacionalismo gallego. Y en esas coordinadas se encuentran el germen del actual BNG.

Democracia y depresión

La intensidad de la política de oposición en el tramo final de la dictadura, compaginada con su labor como profesor universitario de económicas, pasó factura. El PSG se resistió a la integración en un PSOE que se reorganizaba en el interior apoyado por la socialdemocracia alemana y buscando distanciarse de los comunistas. Los de Beiras optaron por organismos nacionalistas unitarios aunque siempre tensos, sobre todo las relaciones con la UPG. Fueron en solitario a las primeras elecciones democráticas desde 1936: unos 27.000 votos, el 2,4%, y ningún escaño. El partido implosiona y muchos de sus más valiosos cuadros se ponen a las órdenes de Felipe González. Xosé Manuel Beiras entra en crisis. Política y personal. Durante cuatro años atraviesa el desierto. O el infierno, según sus propias palabras: “Fueron unos años terribles, un itinerario infernal por los laberintos de mi subconsciente”. Solo a finales de 1981 superó la depresión. “Desde que me encuentro con Aurichu [Pereira, su segunda esposa, hija del maestro republicano de Beiras, reconocida pintora, fallecida en 2023 a los 83 años] y comienzo a convivir con ella, mi plenitud vivencial se hace completa y absoluta”, aseguraba en A estrela na palabra.

Al año siguiente asistía a la constitución del BNG en el frontón de Riazor, en A Coruña. Y 1985 salía elegido diputado en el Parlamento de Galicia: el único del BNG. Doce años más tarde, la formación superó al PSOE y se conviertía, con 18 escaños, en primer partido de la oposición a Fraga Iribarne. Es la época de plenitud del Beiras orador: con una mano se apoyaba en La peste de Camus para definir la política del exministro franquista y con la otra tiraba de catálogo popular de descalificativos. Cultísimo y teatral, histriónico para algunos, iracundo y con retranca, Beiras en una tribuna era una fuerza de la naturaleza al estilo del siglo XX. Todavía no había llegado la época de la frase pensada para las redes sociales: su discurso avanzaba a base de extensas subordinadas pero rara vez perdía ningún hilo. En 2001, el Bloque bajó de los entonces históricos 18 diputados a 17 y en la organización iniciaron maniobras para apearlo del primer plano. Sus marcas electorales en el BNG permanecerían imbatidas hasta 2024, cuando Ana Pontón alcanzó 25 asientos.

En realidad, las críticas internas nunca habían cesado del todo. Por la derecha lo acusaban de polarizar -ese concepto vacío ahora de moda- demasiado y, así, ser incapaz de quebrar el techo del nacionalismo. Por la izquierda, de ir demasiado por libre y no atender a la interna. Algo había de esto último, Beiras era un tribuno que aglutinaba, no tanto un organizador. Tampoco había dejado de publicar libros -Por unha Galiza liberada (1984), Prosas de combate e maldicer (1991), O Estado da Nación (1996)- ni traducciones, sobre todo de su amado Albert Camus. El Partido Popular y el statu quo gallego lo vestía de loco peligroso y, con una falta de elegancia que reverbera en las prácticas actuales de la derecha conservadora y ultra, lo relacionaba con sus años de depresión. Y eso que ni siquiera faltó a una publicitada comida con su archienemigo, Fraga Iribarne, en una especie de escenificacion del deshielo. Los adversarios internos acabarían por utilizarla en su contra.

Reorganizar las ideas

El caso es que a su progresiva salida de la cúpula del Bloque respondió con una reorganización de sus ideas, en sintonía con los entonces emergentes foros sociales mundiales. De aquella primera década del siglo datan sus lecturas en profundidad de marxistas no ortodoxos como Immanuel Wallerstein o Giovanni Arrighi, sus amistades con el escritor Edurado Galeano o con el periodista Ignacio Ramonet y sus contundentes críticas a la globalización neoliberal. Pero él prefería hablar de altermundialismo, no de antiglobalización, otro mundo era posible. Esas preocupaciones político intelectuales agruparon a un activo grupo de militantes del BNG en la corriente interna Encontro Irmandiño. Sería una de las semillas de Anova-Irmandade Nacionalista, la organización nacida de una escisión del Bloque y en la que militó desde 2012 hasta su muerte.

Con ella, inspirado por sus conocimientos y contactos en la izquierda latinoamericana, teorizó y ensayó la construcción de frentes amplios de izquierdas en los que confluyeron sectores soberanistas y partidarios del federalismo. Eran los años de la penúltima crisis. La reacción a su juicio insuficiente y equivocada del Bloque al fenómeno de los indignados, al 15M y a las averías del proyecto neoliberal precipitó su ruptura con la formación a la que había pertenecido durante 30 años. Beiras volvió entonces al Parlamento de Galicia de la mano de Alternativa Galega de Esquerda (AGE) -una coalición de Anova con Esquerda Unida y otros grupos menores- y otros ocho diputados, entre ellos Yolanda Díaz. Enfrente, el vacío tecnócrata Núñez Feijóo, al que despreciaba política y humanamente, quien había heredado el partido de Fraga Iribarne.

Pablo Iglesias, entonces un tertuliano en televisiones más o menos marginales, había asesorado la campaña electoral y tomado buena nota de aquel viejo nacionalista que citaba a Gramsci antes de que volviera, el sardo, a estar en los escaparates de las librerías. Después de AGE sucedieron las mareas, con Podemos dentro, sus agitados mandatos en las ciudades gallegas y su alborotada vida interna. Beiras escribió quizás oblicuamente sobre toda aquella experiencia en dos libros menores, Exhortación á desobediencia (2013) y O proxecto común da nación galega (2016), ambos publicados en Laiovento, la activa editorial que, junto a algunos amigos, había fundado en los 90. En 2016, con 80 años, dio por finalizado su trayecto en la política institucional.

Tabaco rubio inglés hasta prácticamente el final

Pero en la última década de su vida no abandonó, claro, la política. Participaba, junto al exalcalde de Santiago de Compostela, médico e íntimo Martiño Noriega, en la dirección de Anova. Que buscó una reaproximación al BNG, hasta el punto de trabajar en la última campaña electoral de los nacionalistas a la Cámara gallega y pedir el voto para Ana Pontón. Había recuperado las labores de traducción -Catro cartas a un amigo alemán, de Camus; Adolphe, de Benjamin Constant; Espertemos!, de Edgar Morin- y a cualquier visita en su casa grande Brión (A Coruña) la agasajaba con un recital de piano. Fue la muerte de Aurichu en 2023 la que marcó un punto y aparte. Mantuvo la lucidez, la memoria y el tabaco rubio inglés hasta prácticamente el último de sus días.

Xosé Manuel Beiras deja dos hijos, Daniel y Ricardo, de su primer matrimonio con Teresa García-Sabell, y una huella profunda y fundamental en la historia política e intelectual de la Galicia contemporánea.