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Fabrizio Plessi, el ‘alquimista’ del videoarte que quiso humanizar la tecnología

Alejandro Alcolea

17 de septiembre de 2026 22:32 h

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El agua nunca fue solamente agua en las obras de Fabrizio Plessi (1940-2026). Podía aparecer atrapada en una pantalla, convertida en un flujo de luz o repetida en bucles infinitos hasta hacer que lo digital pareciera volverse un elemento vivo. El artista italiano, fallecido este verano a los 86 años, dedicó gran parte de su vida a alterar de esta manera las reglas de la naturaleza. Siendo uno de los pioneros europeos del videoarte desde los años sesenta, Plessi apostó así por unir el pasado y el futuro y anticipó un mundo dominado por la multiplicación de las pantallas. “Si no humanizamos las tecnologías, ellas serán las que nos dominarán”, advertía el creador en un vídeo de Es Baluard Museu de Mallorca, la isla donde desarrolló su trabajo durante más de tres décadas y que ahora celebra su legado con dos exposiciones que el propio artista había dejado preparadas antes de morir.

“¿Qué es el agua? Es un elemento antiguo, ancestral, primordial. El vídeo, en cambio, es un elemento de hoy, ligado a las tecnologías, y siempre he pensado que entre el agua y el vídeo existen unas complicidades secretas y profundas”, expresaba Plessi en 2018 ante la cámara en el mismo vídeo del museo, donde también aseguraba, recordando sus inicios, que “el videoarte contaba cosas; yo nunca quise contar nada, yo solo quería transmitir emociones”. “Como ocurre siempre al contemplar a Picasso, a Goya o a Velázquez: o eres capaz de provocar una emoción en las personas que contemplan tu trabajo, o, de lo contrario, todo es inútil”, añadía.

El videoarte contaba cosas; yo nunca quise contar nada, yo solo quería transmitir emociones. Como ocurre siempre al contemplar a Picasso, a Goya o a Velázquez: o eres capaz de provocar una emoción en las personas que contemplan tu trabajo, o, de lo contrario, todo es inútil

Esta misma idea del agua como un elemento sensorial es la que recorre sus dos últimos proyectos, Digital Splash y Plessi/Roig, que se inauguran esta semana en Mallorca en el marco de la Nit de l’Art. La primera de ellas, concebida específicamente para el Museu de Mallorca dentro del programa Biennal B y comisariada por David Barro y Jackie Herbst, se ha convertido en una suerte de inesperada despedida. “Esta exposición no es póstuma en sentido estricto, porque él concibió todo al detalle y está tal cual él la pensó. Lo único es que no ha llegado para inaugurarla”, explica a elDiario.es David Barro, director de Es Baluard Museu.

Este verano, Barro viajó junto a Herbst, Carla Ventura —compañera del artista— y su hijo Rocco hasta el estudio de Plessi para cerrar con él las últimas decisiones de una obra que todavía “seguía creciendo y transformándose”. En esta muestra, una videoinstalación y una selección de dibujos acercan al visitante a la fascinación por los elementos naturales y al proceso de creación del artista que se autodefinía como “un mago, un alquimista”, cuando explicaba que su obra se basaba en unir los materiales pobres del Arte Povera —movimiento artístico italiano de finales de los sesenta que utilizó materiales cotidianos y elementales— con el componente cambiante de la tecnología.

Tras presentar la exposición en Palma junto a la familia del creador, Carla Ventura le reveló a David Barro además una de las claves íntimas de la pieza: Plessi la entendía como una especie de autorretrato. En veneciano, explica Barro, existe un dicho que recomienda no crear olas cuando el mar está tranquilo. Plessi hizo exactamente lo contrario durante toda su vida. “Él siempre quiso modificarlo”, señala el comisario. Esa piedra que cae una y otra vez y rompe la imagen sería así la representación de una personalidad incapaz de aceptar que las cosas permanecieran inmóviles.

Agua, fuego, piedra, madera, lava, relámpagos y luz atraviesan así una obra en la que lo electrónico y lo elemental se contaminaban constantemente. Sin embargo, Plessi nunca se reconoció del todo como videoartista. Bernardí Roig, artista mallorquín y amigo de Plessi, coincide en señalar esa distancia: “No le gustaba que le llamasen videoartista porque sería como llamar a Miguel Ángel artista del mármol. Para él, el vídeo era simplemente otro material: una herramienta que podía utilizar con la misma libertad que el hierro, el agua o el fuego”.

'No le gustaba que le llamasen videoartista porque sería como llamar a Miguel Ángel artista del mármol. Para él, el vídeo era simplemente otro material: una herramienta que podía utilizar con la misma libertad que el hierro, el agua o el fuego', comenta Bernardí Roig, artista mallorquín y amigo de Plessi

Roig cuenta que hasta ahora no había tenido ninguna exposición conjunta con el artista italiano. En este sentido, Plessi/Roig es un proyecto en el que dos trabajos independientes “terminan rozándose hasta alterar mutuamente su significado”, explica el artista mallorquín. La relación entre ambos comenzó a finales de los ochenta, en torno a la Galería Joan Guaita, y se prolongó durante unas tres décadas. Pero su verdadera geografía compartida fue otra. “Yo siempre digo que conocí a Plessi en una playa de Creta hace 3.000 años”, bromea Roig. “Donde más tiempo he pasado con él ha sido paseando por la playa Es Carbó”, añade al recordar muchos veranos compartieron aquella playa, conversaciones y caminatas.

El galerista Joan Guaita recuerda también aquel momento como una etapa especialmente activa y combativa del arte contemporáneo, en la que los artistas trataban de imponer nuevas formas de entender la creación. “Era una lucha de la estética”, explica. “Queríamos imponer una estética y una filosofía”, añade, y destaca el carácter “más agresivo, más intelectual, más humanístico” de aquella escena. Desde su perspectiva actual, como observador alejado de la práctica artística, percibe un cambio: “Ahora es más flojo”.

Para la exposición Plessi/Roig, el artista italiano preparó Energy (2026), una obra formada por tres pantallas superpuestas verticalmente donde los relámpagos atraviesan continuamente un fondo negro. Frente a ellas permanece uno de los grandes bloques blancos que Roig utilizó en la obra Mehr Licht! en 2021 y que ahora recibe el destello de esas imágenes. Entre ambos se sitúa The Man with the Golden Arm (2026), una figura de Roig colocada cabeza abajo detrás del altar del antiguo oratorio, parcialmente sustraída a la mirada.

Un Mediterráneo entre Mallorca y Venecia

Y mientras la obra de Fabrizio Plessi seguía viajando por algunos de los grandes museos y bienales del mundo, Mallorca permanecía como un lugar silencioso de producción. “Durante los veranos, que eran veranos de cuatro meses, él trabajaba, y todo lo que se hacía aquí salía disparado a los mejores museos del mundo”, recuerda Roig. Su trayectoria le llevó a participar en numerosas ediciones de la Bienal de Venecia, en documenta de Kassel y a mostrar sus obras en instituciones como el Centre Pompidou de París, el Guggenheim de Nueva York o el Martin-Gropius-Bau de Berlín. Pero, en mitad de ese recorrido internacional, encontró en el sureste de Mallorca otro lugar desde el que pensar y trabajar. Llegó a la isla en 1989 y terminó estableciendo allí su casa y estudio.

El artista encontró en el sureste de Mallorca otro lugar desde el que pensar y trabajar. Llegó a la isla en 1989 y terminó estableciendo allí su casa y estudio

El primer gran encuentro entre Plessi y Mallorca se produjo en 1989 con Videosal, una exposición en el Palau Solleric de Palma. Dos años después presentó también Plessi a Mallorca en el Centre de Cultura Sa Nostra. Poco a poco, Mallorca se convirtió en una nueva ventana para mostrar su trabajo, con exposiciones en la Fundació Pilar i Joan Miró, Es Baluard Museu y La Lonja, donde en 2011 presentó La luz del llaüt / Plessi. Llaüt-Licht , una de sus muestras más emblemáticas en la isla. En esta instalación, Plessi utilizó 14 llaüts -embarcación tradicional de pesca de Mallorca- para transformarlos en grandes objetos luminosos que evocaban el mar y el sonido del agua.

En 2004, pocos meses después de la apertura de Es Baluard, Plessi regresó institucionalmente a Palma con I lavatoi dell’anima, una videoinstalación en el gran aljibe del museo. El artista llenó aquel depósito de piedra del siglo XVII, construido precisamente para almacenar agua, con una nueva versión de Bombay-Bombay, obra surgida después de visitar los lavaderos públicos de Dhobi Ghat en India y dedicada al escritor y director de cine italiano Pier Paolo Pasolini.

Nekane Aramburu, directora del Museu Fenosa y de Es Baluard entre 2013 y 2019, pudo trabajar estrechamente con Plessi durante su etapa al frente del museo. En 2019 organizó la exposición Fabrizio Plessi. 30 anys a Mallorca, una revisión de las obras creadas durante sus tres décadas de relación con la isla. El proyecto debía ser también el preludio de algo más ambicioso: un centro dedicado a su obra en S’Abeurador, en Santanyí, que Plessi preparaba junto al arquitecto García-Ruiz. La idea prolongaba su vínculo con Mallorca a través de un espacio propio, como ya ocurría en el paso del Brennero, donde existía un museo dedicado al artista. Pero el proyecto nunca llegó a materializarse. “Le afectó mucho”, recuerda Aramburu.

La ‘humanización’ de las tecnologías

En aquel vídeo de 2018, Plessi explicaba su relación con la tecnología casi como un programa artístico. “Yo creo que utilizar las tecnologías es un deber para un artista”, afirmaba. Ponía como ejemplo a Leonardo da Vinci: “Habría trabajado con el ordenador, con el láser, con lo digital”. Para él, la cuestión nunca era abrazar una herramienta por su novedad, sino ponerla al servicio de una idea. Por eso defendía algo que hoy adquiere una resonancia inesperada: “La humanización de las tecnologías era muy, muy importante porque, si no humanizamos las tecnologías, serán las tecnologías las que nos dominarán”.

De hecho, el artista que comenzó trabajando con televisores cuando todavía parecían objetos extraños dentro de un museo terminó experimentando con herramientas digitales e inteligencia artificial hasta sus últimos años. “Siempre tuvo la voluntad de reinventarse y de empujarse más allá de sus propias posibilidades”, resume su hijo Rocco Plessi, que durante los dos últimos años le acompañó en la exploración de nuevas herramientas. “Siempre lo recordaré como un eterno soñador”, concluye.

Más de treinta años después de aquella primera exposición en el Palau Solleric, las imágenes de Fabrizio Plessi regresan ahora a Mallorca por partida doble. Lo hacen con agua que fluye donde no debería, con relámpagos que rompen la oscuridad y con unas pantallas que, en sus manos, nunca fueron solamente máquinas. Plessi pasó buena parte de su vida tratando de que la tecnología dejase de parecer tecnología y recuperase algo tan antiguo como el fuego, la piedra o el mar. En 2018 terminó aquella conversación con una frase que resume, quizá mejor que ninguna otra, la lógica de toda su trayectoria: “Una vez que nuestra mente se abre a ideas más grandes, nunca volverá a su formato original”.