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“Miró era visto como un catalán y un rojo”: Mallorca rechazó (al principio) al artista universal

No todo fue armonía entre Joan Miró y Mallorca. Cuando el artista decidió hacer de la isla su casa, a mediados de los años 50, el paisaje era distinto al que puede verse hoy. A pesar de las campañas institucionales recientes, especialmente las vinculadas a la candidatura de Palma como capitalidad cultural europea de 2031, que han tendido a reforzar una imagen de íntima conexión, diversos especialistas coinciden en que el vínculo del artista con la isla fue complejo. 

Uno de ellos es el periodista cultural y biógrafo del artista Josep Massot, autor de Miró, el niño que hablaba con los árboles, quien plantea una lectura crítica sobre la acogida que recibió el artista a su llegada. Considera que no fue recibido con los brazos abiertos en una Mallorca que estaba lejos de reunir las condiciones necesarias para reconocer la dimensión internacional del creador. Pese a que ya había expuesto en medio mundo, a su llegada Miró apenas contó con un círculo cercano de amistades. De ahí que sea un tópico la idea de que, en la isla, Miró era solo el marido de doña Pilar.

Massot, que participó recientemente en un simposio dedicado a la figura de Miró celebrado en la Fundació Miró de Palma, destaca que entre sus primeros apoyos se encontró el editor Pere A. Serra, una figura que supo “comprender la relevancia del creador”. A este se le sumaron otras personas, como Ferran Cano, fundador de la antigua galería 4 Gats. Pero entre todas ellas cabe destacar a Nini Quetglas. La fundadora, junto a su exmarido, Pep Pinya, de la galería Pelaires de Palma reconoció que Miró se convirtió en su “protector”.

Quetglas explica que, cuando le propusieron al Ajuntament de Palma la donación de la escultura Nancy, de Calder, que hoy luce en los jardines de S’Hort del Rei, el alcalde de entonces les dijo “que si al Ayuntamiento le iba a costar una sola peseta” se la podían “llevar”. Algo que resulta sintomático de cómo funcionaban las cosas a principios de los 70 en una ciudad que tendría que esperar algunos años para la llegada de la modernidad. La prensa de la época tampoco contribuyó a facilitar la integración del artista. Algunas críticas fueron abiertamente hostiles. 

Las litografías de Mallorca

Esa tensión, según el biógrafo, se refleja en las litografías de la serie Mallorca. Se trata de una de las más conocidas entre la abundante obra gráfica mironiana, realizada en el año 1973. Lejos de interpretarlas como un homenaje, estas piezas evidenciarían el malestar ante la transformación acelerada del territorio. En ellas se percibe una preocupación por la pérdida de identidad cultural, la erosión del paisaje y el retroceso de la lengua propia.

Cabe destacar que, entre las exposiciones que se han celebrado en torno a la figura de Miró, Magdalena Aguiló, exdirectora de la Fundación Miró y actual comisaria independiente, mostró la serie completa en el Museo de Mallorca en el marco del “Año Miró”, impulsado por todas las instituciones de la isla. Fue una más de las exposiciones que mostraron “la importancia de Mallorca para Miró”, sin entrar en las tensiones que el artista vivió con la isla.

En el texto publicado por el propio Consell de Mallorca se destaca el interés en “poner en valor el legado de Joan Miró y su vínculo con Mallorca, donde vivió, trabajó y dejó un patrimonio que hoy forma parte del paisaje artístico”. Justamente la deformación de otro paisaje, en este caso físico, fue la fuente de las críticas que el artista vertió sobre la isla. Ahora, la institución insular anunció hace unas semanas que comprará la serie completa de obra gráfica, por 400.000 euros, para depositarla en el Museo de Mallorca.

Aparte de los testimonios de las personas que le trataron, existe un texto publicado de una conversación del artista con Camilo José Cela, recogida en la revista Papeles de Son Armadans. En él, deja claro su malestar con unos mallorquines que han dejado morir la tierra y no respetan su propia cultura. El escritor residía, por aquel entonces, cerca de Cala Major, en el barrio de la Bonanova, y no era ajeno al crecimiento que se estaba produciendo en toda esa zona. 

En la publicación Papeles de Son Armadans, Miró conversó con Camilo José Cela y le manifestó su malestar con unos mallorquines que dejaron morir la tierra y no respetaban su propia cultura

Miró, rechazado

Las diferentes negativas a proyectos presentados por el artista también son un síntoma de la manera en la que fue entendido. Miró mantuvo contactos con el obispado para realizar unos vitrales en la Catedral, pero se le denegó el permiso. De esta manera, la intervención mironiana hubiera dialogado con una previa, ejecutada en la capilla central y firmada por Antoni Gaudí, y con otra posterior, la capilla de Sant Pere, de Miquel Barceló. Pero el pintor catalán no obtuvo la respuesta que ansiaba. Su intervención, impulsada por el canonge Baltasar Coll, se vio frenada por los sectores conservadores, que veían su pintura como algo “infantil”, según se comentó entonces. En 1979, el pintor abandonó definitivamente el proyecto. 

Los sectores conservadores veían la pintura de Miró como algo "infantil" y por ello el Obispado de Mallorca negó al artista la oportunidad de realizar unos vitrales en la Catedral

Tampoco obtuvo permiso para instalar unas esculturas en el Parc de la Mar, de nuevo de la mano de Nini Quetglas. El artista pensó en una pieza situada frente a la Catedral, así como un mosaico. Con otro proyecto, este de carácter privado, le ocurrió lo mismo. Se trata de un nuevo edificio a escasos metros del taller Sert, pensado para la producción de obra gráfica. Miró realizaba sus litografías y grabados en el sur de Francia, pero quería acercar el espacio de producción para que le fuera más cómodo y no tener que desplazarse a otro país. Pese a estar visado por el Colegio de Arquitectos, el proyecto le fue denegado sin demasiadas aclaraciones. El responsable del mismo, el arquitecto Antoni Juncosa, que participó en el citado simposio de la Fundación Miró, fue contundente: “Miró era visto como un catalán y un rojo”. 

Cabe destacar que el artista rechazó cualquier reconocimiento por parte de la dictadura, manteniendo una distancia radical respecto al franquismo. Esta actitud refuerza la dimensión política de su figura y ayuda a entender su voluntad de no vincularse, ni siquiera de forma simbólica, con el régimen. No en vano, una de sus imágenes más conocidas fueron los carteles que ejecutó de apoyo a la Segunda República española. 

El artista rechazó cualquier reconocimiento por parte de la dictadura, manteniendo una distancia radical respecto al franquismo

Massot señaló en diversas ocasiones el peligro que existe de que Miró se convierta en una “marca de ciudad”. En este sentido, cabe recordar la propuesta de Palma 2031 que articulaba sobre Miró como uno de los ejes de la capitalidad cultural que proponía el Ajuntament de Palma. El biógrafo apunta “que no basta con pronunciar el nombre de Miró para impulsar su visibilidad ni el entendimiento de su obra”, a la vez que considera que Mallorca debe reivindicar “el retorno de la obra del artista, cuando se cumplan los 50 años de la muerte” de un creador que, pese a fundar un lenguaje universal, no encontró una vía de comunicación directa con ciertos sectores de la isla.