El turismo y la crisis climática degradan las dunas de Mallorca y amenazan a una abeja endémica
El desarrollo urbanístico de la costa, la presión turística y la crisis climática aceleran el deterioro y dificultan la recuperación de los sistemas dunares de las Illes Balears. En Cala Mesquida, al norte de Mallorca, hace unos años se descubrió una abeja endémica, pero la degradación –o posible destrucción– del sistema dunar “podría implicar su extinción”, en el caso de que no se encuentre en otra zona del archipiélago balear. La degradación y regresión de las playas y dunas –uno de los ecosistemas más valiosos del Mediterráneo, pero también uno de los más frágiles– no solo transforma el paisaje: también destruye el hábitat de numerosas especies vegetales y reduce el alimento de los insectos polinizadores, con efectos en cadena sobre todo el ecosistema.
Algunos de los mejor conservados son el Parc Natural Es Trenc-Salobrar de Campos y el Parc Natural de s’Albufera, en Mallorca, donde se encuentra la playa de Es Trenc; el Parc Natural de s’Albufera des Grau, donde se encuentra la playa des Grau, y el Parc Natural de ses Salines d’Eivissa i Formentera. Diferentes investigadores alertan de la necesidad de desarrollar políticas públicas que protejan mejor los espacios dunares debido a su importancia para los ecosistemas.
“Los sistemas dunares insulares como los de Mallorca son muy vulnerables porque ocupan superficies pequeñas y están aislados, lo que limita su capacidad de recuperación”, explica a elDiario.es Anna Traveset, investigadora del IMEDEA (CSIC-UIB) y referencia internacional en ecología de islas. La ecóloga argumenta que estas dunas albergan especies altamente ‘especializadas’ –es decir, especies muy adaptadas a un hábitat en concreto, como los sistemas dunares, en este caso– y, a menudo, endémicas. Por tanto, son “sensibles a cualquier alteración”. “Mi equipo ha constatado ya el declive de varias especies después de la destrucción de hábitat en Mallorca”, denuncia Traveset.
Los sistemas dunares insulares como los de Mallorca son muy vulnerables porque ocupan superficies pequeñas y están aislados, lo que limita su capacidad de recuperación
Los riesgos de la presión turística
La científica ahonda en la idea de que estas especies dependen de procesos naturales frágiles (el viento, la arena, la vegetación) que “se alteran fácilmente con infraestructuras o limpieza de playas”. Del mismo modo, Traveset recuerda que la presión turística provoca “pisoteo, destrucción de vegetación y erosión” y el desarrollo urbanístico ha fragmentado muchos de estos sistemas dunares. A estos impactos, la ecóloga advierte que la crisis climática “agrava su degradación debido al aumento del nivel del mar y temporales más intensos, sin espacio para que las dunas retrocedan”, lo cual reduce su resiliencia. En el caso de Mallorca, los sistemas dunares de Es Trenc, Cala Mesquida o Son Serra de Marina “persisten pero bajo presión constante”.
Un grupo de investigadores, la mayoría vinculados a la UIB, ya advirtió de estos problemas en el artículo científico Restauración de sistemas dunares en las Illes Balears (2000-2017): una visión crítica, publicado en junio de 2018. En él aseguran que la falta de criterios geomorfológicos en algunas actuaciones de restauración ha “generado y agravado procesos erosivos” en los sistemas que se pretendía recuperar o ha llevado a fijar dunas que, por naturaleza, son dinámicas.
Durante décadas, la costa se ha gestionado sobre todo como un espacio para el turismo y el ocio, adaptando las playas a las necesidades de los visitantes y relegando el funcionamiento natural de estos ecosistemas. Sin embargo, las dunas son mucho más que un elemento del paisaje: actúan como una barrera frente a la erosión, protegen la línea de costa y albergan una gran biodiversidad. Su fragilidad, unida a la presión humana y a los efectos del cambio climático, acelera su degradación, lo que pone en riesgo las funciones ecológicas que desempeñan.
Las dunas son mucho más que un elemento del paisaje: actúan como una barrera frente a la erosión, protegen la línea de costa y albergan una gran biodiversidad
Pérdida de especies
La desaparición de los sistemas dunares insulares afecta gravemente a las redes ecológicas, especialmente a las interacciones entre plantas y polinizadores, afirma Traveset. Al perderse el hábitat, añade, desaparecen también muchas especies vegetales adaptadas a las dunas, lo que reduce las fuentes de néctar y polen para los insectos polinizadores. “Esto provoca un efecto en cascada: disminuyen los polinizadores y, a su vez, se reduce la reproducción de las plantas que dependen de ellos”, afirma. La científica añade que en islas “este impacto es mayor por el aislamiento y la menor diversidad funcional, lo que limita la sustitución de especies”.
La pérdida de estas especies afecta al funcionamiento de todo el ecosistema. Las dunas tienen más dificultades para resistir el impacto de temporales o episodios de calor extremo y se debilitan con procesos esenciales, como la fijación de la arena o la regeneración de la vegetación. “En conjunto, la degradación de dunas implica no solo pérdida de especies, sino de las relaciones que sostienen el ecosistema”, asegura Traveset.
El artículo científico consultado ahonda en los impactos que describe la ecóloga y apunta a que en los últimos años ha aumentado la preocupación por el deterioro de los ecosistemas litorales. En el caso de los sistemas dunares, su equilibrio depende de un proceso natural muy delicado en el que intervienen el aporte de arena, el viento, el oleaje, los temporales y la vegetación. Cuando alguno de estos elementos se altera, el sistema pierde estabilidad y se vuelve más vulnerable a la erosión.
A esa fragilidad se suma la actividad humana, muy ligada a la turistificación, que puede conllevar la urbanización del litoral, la construcción de paseos marítimos, la instalación de servicios en las playas y algunas actuaciones de restauración mal planificadas, que han acelerado la degradación de muchos sistemas dunares.
Los espacios dunares, de por sí frágiles, se ven afectados por la actividad humana, muy ligada a la turistificación
Para frenar la erosión y la pérdida de playas, estos científicos explican que durante décadas se han aplicado distintas estrategias de gestión del litoral. Algunas han consistido en construir infraestructuras como espigones o escolleras para contener el oleaje y retener la arena. Otras han apostado por regenerar las playas con aportes artificiales de arena, una solución que puede generar nuevos problemas medioambientales tanto en las zonas de extracción como en los lugares donde se deposita el sedimento.
Frente a estos modelos, los investigadores defienden cada vez más actuaciones que imiten el funcionamiento natural de las dunas. Estas intervenciones buscan recuperar la dinámica entre la playa y el sistema dunar para que la arena y la vegetación vuelvan a estabilizar el litoral por sí mismas. Aunque este tipo de restauración suele ofrecer mejores resultados a largo plazo, también exige más espacio, tiempo y, en ocasiones, limitar la actividad humana de la costa.
Los investigadores defienden actuaciones que imiten el funcionamiento natural de las dunas. Aunque suelen ofrecer mejores resultados a largo plazo, también exige más espacio, tiempo y, en ocasiones, limitar la actividad humana de la costa
“Las actuaciones sostenibles son las más adecuadas para preservar y recuperar el sistema playa-duna, aunque socioeconómicamente pueden ser complejas de implementar, ya que requieren amplios espacios donde recuperar morfologías y tiempos prolongados en su restauración”, destacan los científicos.
Traveset explica que las dunas costeras son un entorno muy exigente, donde solo sobreviven las especies capaces de adaptarse a la sal, el viento, el movimiento de la arena o la escasez de nutrientes. En las islas, además, el aislamiento ha favorecido la aparición de especies únicas. Sin embargo, advierte de que el hecho de que sean endemismos –especies propias de las Illes Balears– también las hace especialmente vulnerables. “Solo sobreviven aquellas con adaptaciones a condiciones extremas como salinidad, viento o falta de nutrientes. (...) Esta ‘especialización’ implica baja flexibilidad ecológica, lo que las hace muy vulnerables a cambios ambientales. En conjunto, son sistemas muy estructurados, pero con escasa resiliencia ante perturbaciones”.