ENTREVISTA

La ecóloga Anna Traveset alerta de una sexta extinción: “Los osos polares comen menos focas por la pérdida de hielo”

Alberto Fraile

Mallorca —
28 de mayo de 2026 06:02 h

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Anna Traveset (La Seu d’Urgell), investigadora del IMEDEA-CSIC y referencia internacional en ecología de islas, es la ganadora del Premio Nacional de Investigación en la modalidad Alejandro Malaspina, dedicada a Ciencias y Tecnologías de los Recursos Naturales. Dirige la Unidad de Excelencia María de Maeztu del centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universitat de les Illes Balears (UIB).

También lidera el proyecto IslandLife, financiado con un ERC Advanced Grant de 2,5 millones de euros con el que ha montado un equipo que trabaja en seis archipiélagos —Balears, Canarias, Galápagos, Seychelles, Tierra del Fuego y Svalbard— para trazar las redes ecológicas más completas que se han construido nunca en ecosistemas insulares. Advierte de que el archipiélago balear está “muy alterado por la alta presión humana”.

Ha recibido uno de los premios científicos más importantes de España. ¿Cómo lo ha vivido?

Representa la recolección de los frutos después de muchos años plantando semillas, por lo que siento una gran satisfacción y agradecimiento. Llevo mucho tiempo poniendo esfuerzo, evidentemente no para ganar un premio, sino para investigar en lo que creo que es importante. Paralelamente, tengo un poco el síndrome de la impostora. Conozco muchos colegas que no están recibiendo premios y a los que admiro muchísimo. Pienso que también hay mucha gente que pone muchísimo esfuerzo en su trabajo y no les dan reconocimientos.

¿Qué significa hacer investigación desde una isla?

A los que nos gusta la historia natural nos gusta descubrir nuevas especies, nuevas interacciones, y en las islas ocurren cosas únicas. Desde que llegué a Baleares, empecé a trabajar en la isla de Cabrera y ahí descubrí, por ejemplo, que las lagartijas —que en el continente son insectívoras— aquí polinizan flores: comen néctar y polen y al hacerlo polinizan de forma eficiente un montón de plantas silvestres. Después, estudiando otros archipiélagos, vimos que es un fenómeno insular único que se da sobre todo donde hay pocos artrópodos.

En las islas se encuentran especies que han perdido la capacidad de volar, que no necesitan las defensas que tienen sus parientes continentales porque no tienen esos depredadores. Llevan ahí miles o millones de años y han evolucionado de forma distinta a como lo han hecho sus parientes más cercanos del continente.

En las islas se encuentran especies que han perdido la capacidad de volar, que no necesitan las defensas que tienen sus parientes continentales porque no tienen esos depredadores

Colaboro con otros investigadores e investigadoras que trabajan en islas y nos llamamos los “islandholics”, porque enganchan mucho. Tenemos un proyecto europeo en el que trabajamos en seis archipiélagos del mundo: Baleares, Canarias, Galápagos, Seychelles, y también zonas polares como Svalbard, en Noruega, y las tierras subantárticas de Tierra de Fuego. Todos con una riqueza biológica impresionante, pero muy amenazados por el cambio global, no solo el climático, sino también por la pérdida de hábitat y por la introducción de especies invasoras.

Comparamos islas habitadas con islas poco perturbadas en esos seis archipiélagos, mirando muchos tipos de interacciones, desde las existentes bajo el suelo —planta-hongo— hasta las de depredador-presa. Estamos reconstruyendo las redes tróficas de estas islas: aparte de la observación directa, recolectamos excrementos de animales para ver, mediante análisis genético, cuál es su dieta. En los osos polares, por ejemplo, se está observando un cambio en la dieta, con un aumento del consumo de presas terrestres como los renos, en sustitución de las focas, que tradicionalmente constituían su principal recurso trófico. Este cambio está asociado a la pérdida de hielo marino, que limita el acceso a presas marinas y favorece una mayor utilización de hábitats terrestres.

Los osos polares cambian su dieta a favor de los renos y en sustitución de las focas, que eran su principal recurso, debido a la pérdida de hielo marino

Cuando se habla de las Illes Balears se suele decir que “son un paraíso”. Como científica, ¿en qué situación ve el archipiélago?

Está muy alterado, como cabe esperar en una isla con una población humana creciente. Las islas habitadas son las que están más alteradas; quedan ya muy pocas prístinas. Y, como en muchas de las islas del mundo, están muy afectadas por el efecto de las especies introducidas por los humanos. Aquí en Baleares, por ejemplo, tenemos problemas con las cabras, ratas, gatos, conejos, además de con muchas especies de plantas y también insectos invasores.

Ahora mismo hay un ejemplo muy actual y preocupante: la culebra de herradura que llegó a Ibiza (en 2003), mediante la introducción de olivos ornamentales de la península, y que está llevando a la extinción a la lagartija de Pitiusas. La lagartija balear (Podarcis lilfordi) ya desapareció de Mallorca y Menorca en época prehistórica, poco después de la llegada de los primeros humanos a las islas, los cuales introdujeron depredadores, especialmente ratas, serpientes y carnívoros. Hoy en día, la lagartija balear solo sobrevive en islotes alrededor de Mallorca y Menorca, donde los depredadores introducidos no llegaron o fueron menos abundantes. En cuanto a la lagartija de Pitiusas, sus poblaciones están en Ibiza, Formentera y sus islotes. Y ahora, con la culebra también está desapareciendo de Ibiza y las poblaciones de Formentera y los islotes están en grave peligro.

¿Y los islotes no habitados siguen siendo refugios seguros?

Resulta que, como el agua está aumentando de temperatura, estas culebras no tienen ningún problema para nadar. Están llegando a los islotes que siempre habíamos considerado santuarios. Y no es solo la lagartija la que está en riesgo: cuando metes un depredador en una isla se puede producir una cascada de extinciones. Las plantas que dependían de las lagartijas para su polinización o para la dispersión de semillas también se ven afectadas, así como todas las especies asociadas a esas plantas.

¿Cuáles son las grandes amenazas en términos de especies invasoras en Balears?

Hay una superpoblación de cabras enorme. Aquí topamos con el negocio de la caza: hay un gran interés en mantener las cabras salvajes, aunque podrían estar estabuladas. Además, algo muy llamativo: tenemos mapaches que se están reproduciendo en la Tramuntana. Y también la avispa asiática, el picudo rojo, y la paysandisia —una mariposa invasora— que está destruyendo el palmito, la única palmera autóctona europea. La lista es larga…

El mes que viene tenemos una reunión científica con la Consellería de Medio Ambiente para hacer lo que llamamos un “escaneo de horizonte”: ver qué especies todavía no están aquí, pero tiene posibilidades de llegar en un futuro cercano. Es una información que les será muy útil a los gestores para poder elaborar medidas para controlar su entrada. La clave es la prevención: si se actúa a tiempo y se invierten los recursos, se puede parar. Después, cuando una invasora se ha expandido, ya no la puedes erradicar, o has de invertir muchos recursos para hacerlo.

¿Está siendo testigo de la sexta extinción?

Sí. Se trata de una extinción silenciosa y no aparente. Estamos perdiendo mucha biodiversidad en la mayoría de ecosistemas del planeta y esta extinción –a diferencia de las cinco anteriores– se debe al impacto de las actividades humanas. Existe evidencia de que están desapareciendo muchas especies muy rápidamente, sobre todo de invertebrados. Llamamos extinción a la desaparición total (del planeta) de una especie; lo que se está constatando más ahora es el paso previo, la “extirpación”, o sea la desaparición de poblaciones (extinciones locales) en muchos lugares del mundo. Y estas extirpaciones están ocurriendo tanto en plantas como en animales y tanto en invertebrados como en vertebrados.

Estamos perdiendo mucha biodiversidad en la mayoría de ecosistemas del planeta y esta extinción –a diferencia de las cinco anteriores– se debe al impacto de las actividades humanas

Aparte de mi línea de investigación sobre el funcionamiento de las islas, investigo los polinizadores. Mi equipo ha constatado ya el declive de varias especies después de la destrucción de hábitat en Mallorca. En el caso de especies endémicas, como una abeja nueva para la ciencia que encontramos hace años en Cala Mesquida, al norte de Mallorca, la destrucción del sistema dunar podría implicar su extinción en el caso de que no se encuentre en otra zona de Balears. 

La crisis de los polinizadores: ¿en qué punto está realmente?

Es grave y las causas principales del declive son la pérdida de hábitat y los pesticidas. Actualmente, existe un 41% de especies de insectos en declive, el doble que el de vertebrados, y muchos de ellos son polinizadores. El problema de los agroquímicos que se aplican en agricultura -sobre todo la extensiva- es enorme. Aunque se esté aplicando una menor cantidad de ellos, su toxicidad es cada vez más elevada, como han mostrado estudios recientes. Y el caso es que no solo matan los insectos: esos químicos llegan a los acuíferos, a los ríos, al mar y, a través de la cadena alimentaria, a nosotros. Pueden ser luego la causa de muchas de las enfermedades (incluidos los cánceres) que sufrimos/sufriremos. El principal problema radica en que todavía se concibe a la humanidad como algo separado del medioambiente, al que se trata como un recurso al servicio humano. Este enfoque hace imprescindible un cambio de paradigma.

Los insectos tienen mala fama, aunque de pequeños a los niños les fascinan. Desgraciadamente, la sociedad hace que pasemos de amarlos a sentir repulsión hacia ellos. Pero casi el 90% de las especies silvestres son polinizadas por animales. Si queremos mantener matorrales, bosques y praderas funcionando, necesitamos mantener esa diversidad de insectos.

Además, la polinización es un servicio ecosistémico que nos sale gratis a los humanos y que no se contabiliza. El 75% de los cultivos que alimentan a la población mundial dependen de los insectos en mayor o menor medida: el café, el cacao, los almendros… En algunas provincias de China, donde han desaparecido ya las abejas, están polinizando cultivos de manzanos, perales, etc., con drones que intentan imitarlas, pero sin duda nunca serán tan eficientes como ellas. Es un despropósito de recursos fabricar abejas artificiales cuando tenemos las reales. Sería mucho más eficiente y rentable mantener su diversidad natural y no tener que recurrir a soluciones tecnológicas de este tipo. 

Los insectos tienen mala fama, aunque de pequeños a los niños les fascinan. Casi el 90% de las especies silvestres son polinizadas por animales. Si queremos mantener matorrales, bosques y praderas funcionando, necesitamos mantener esa diversidad de insectos

¿Cómo hace para que no le afecte emocionalmente ver cómo se destruye la vida que intenta estudiar?

Es muy frustrante. En general soy una persona positiva y optimista, pero también soy muy realista. Viendo lo que veo, pienso que esto no se sostiene y que, si no nos tomamos en serio tanto la crisis de biodiversidad como la climática, nos arriesgamos incluso al colapso de la civilización. Por eso creo que es muy importante ayudar a difundir y a concienciar a la gente de lo que nos jugamos. Me da esperanza ver que, en muchos lugares del planeta, se están haciendo muchos proyectos de restauración de ecosistemas, y hay muchas iniciativas para compatibilizar, por ejemplo, el rendimiento agrícola con la conservación de la naturaleza. Sugiero siempre a la gente que vea una seria titulada “Hope” (Esperanza), donde se muestran una serie de ejemplos maravillosos de medidas que pueden/deben tomarse para revertir o mitigar la crisis climática y de biodiversidad. 

¿Cómo podemos visualizar una sociedad que conviva con la naturaleza?

Estamos en la Década de la Restauración declarada por la UNESCO hasta 2030. La idea era restaurar el 30% de los ecosistemas del planeta. Estamos en 2026 y no llegamos al 15% para la mayoría de ecosistemas. Habría trabajo para muchísima gente restaurando ríos, zonas costeras, praderas, humedales y bosques. Yo creo en la naturaleza: si se le da espacio y tiempo, se ‘sana’ sola, como vimos durante la pandemia. La naturaleza sabe restaurarse, pero necesita unos cuantos humanos en distintos puntos del planeta luchando para revertir el daño.

Creo en ganar batallas aunque la guerra sea muy complicada. Creo en las minorías. El problema es que quien debería creer en la restauración son los políticos, y lo que vemos es que muchos incluso niegan el cambio climático, o no les preocupa, y la biodiversidad no les importa en absoluto.

La naturaleza sabe restaurarse, pero necesita unos cuantos humanos en distintos puntos del planeta luchando para revertir el daño. Creo en ganar batallas aunque la guerra sea muy complicada

¿Qué medidas políticas se tendrían que tomar para frenar esto y restaurar después?

Se pueden tomar políticas buenas para la biodiversidad a distintos niveles. Tenemos un Ministerio de Transición Ecológica y eso ya es algo. Pero desde un ayuntamiento de pueblo también se puede hacer mucho si hay políticos concienciados: no echar pesticidas, no cortar las flores de la carretera hasta que pase la floración, no convertir zonas con alta biodiversidad en campos fotovoltaicos. Se puede equilibrar todo. Se necesita que los políticos se lo crean de verdad y que piensen en las generaciones futuras. Y también hace falta mucha educación ambiental. A mí me gusta ir a las escuelas y los institutos a dar charlas, porque esos niños son los futuros políticos. 

¿Cuándo nació en usted la pasión por la naturaleza y cuándo decidió ser científica?

Crecí en Organyà, un pueblo del Alt Urgell —la cuna del catalán—. Tenía el bosque detrás de mi casa. Mi padre, si hubiera podido estudiar, habría sido científico: conocía los cantos de los pájaros, era un observador extraordinario, y nos llevaba a mi hermana y a mí a buscar setas al bosque constantemente, y de él aprendimos mucho. Me transmitió ese amor por estar en la naturaleza, por los olores, por respirar en el campo. La decisión de ser científica vino después, en la universidad. Tuve un profesor clave: Ramón Margalef, el padre de la ecología española. Le veías explicar en clase con una emoción tal que me enganchó por completo. 

¿Cómo es el trabajo diario de un/a ecólogo/a? 

Están los científicos de bota y los de bata. Yo soy de bota: lo que más me gusta es estar en el campo. Cuando vamos a islas no habitadas, somos cinco o seis personas en medio de la naturaleza, conviviendo con la fauna. Te levantas por la mañana con el cielo sin contaminación lumínica, ves las estrellas y observas a los animales. Sentir que formas parte de la naturaleza sin ninguna contaminación es fantástico. Me siento la persona más feliz del mundo viviendo esos momentos.

Ahora, como ya hemos superado el ecuador del proyecto, toca procesar todos los datos: los resultados de los análisis moleculares de los excrementos, construir las redes tróficas y los modelos predictivos complicados con la ayuda de físicos teóricos. El objetivo es modelar qué pasaría cuando llega una invasora a una isla no habitada —por ejemplo, la cabra, la rata, el gato— y cómo puede cambiar toda la red. Ya hemos publicado los primeros artículos científicos con los datos de Baleares, Canarias y Seychelles y estamos preparando ahora los siguientes sobre los otros archipiélagos.

Cuando vamos a islas no habitadas, somos cinco o seis personas en medio de la naturaleza, conviviendo con la fauna. Te levantas por la mañana con el cielo sin contaminación lumínica, ves las estrellas y observas a los animales

Es crítica con el sistema de publicación científica. ¿Cómo funciona realmente?

Actualmente, se ha convertido en un sistema bastante perverso, aunque pocas veces se habla de él. Las grandes editoriales científicas se han ido comiendo a todas las revistas pequeñas de asociaciones de ecología. Ahora controlan el mercado. Y el negocio es redondo: los científicos investigamos con dinero público, escribimos los artículos gratuitamente, los revisamos para las revistas también de forma gratuita —eso es la revisión por pares, el control de calidad del sistema— y encima tenemos que pagar para publicar. Publicar un artículo en Nature (la revista científica más prestigiosa que existe) puede costar más de 10.000 euros. Hace 20 años era gratis. Y ese dinero va a las editoriales, no a la ciencia.

Es una contradicción enorme: investigamos con fondos públicos, europeos o del Ministerio, para que el conocimiento llegue a la sociedad, y después, mucho de ese conocimiento queda atrapado detrás de un “paywall” de una multinacional. Por eso en nuestro proyecto europeo, aparte del pago de los artículos científicos, hemos presupuestado divulgación directa: un documental rodado en los seis archipiélagos que saldrá el año que viene y que esperamos que llegue a mucha más gente que cualquier artículo en una revista científica.