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La derrota de Trump en Irán tiene rostro de Obama: ¿para qué ha servido la guerra?

16 de junio de 2026 07:32 h

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Hay acuerdo, aunque quizá no es el que se imaginaba Trump cuando decidió iniciar la guerra ilegal contra Irán. Si nada salta por los aires de aquí al viernes, las partes firmarán un marco para poner fin a la guerra. A falta de conocer los detalles, lo único seguro es que el memorándum de entendimiento pretende reabrir el estrecho de Ormuz y frenar la guerra en todos sus frentes, incluido Líbano. Todo ello seguido de más negociaciones sobre el programa nuclear.

El primer punto es solucionar un problema causado por la propia guerra y que no existía antes de que Trump, junto con Netanyahu, decidiese bombardear Irán. Eso, por tanto, no es ninguna victoria. “La apertura del estrecho de Ormuz es el resultado más importante de este memorando de entendimiento. Por supuesto, el estrecho ya estaba abierto antes de la guerra. Ahora estamos pagando por reabrirlo a cambio del levantamiento de las sanciones”, escribía Daniel Shapiro, exembajador de EEUU en Israel y extrabajador del Departamento de Defensa, del Departamento de Estado y antiguo miembro del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU.

El segundo punto vincula el futuro de la guerra contra Irán con el futuro de la guerra de Israel contra Hizbulá en Líbano. Esto era un objetivo claro de Teherán, que ha tratado de aprovechar su resistencia a los bombardeos para establecer una nueva “ecuación de la disuasión”; es decir, extender su capacidad y paraguas de disuasión vinculando y condicionando la paz futura de la región a que Israel no ataque a su aliado Hizbulá.

Israel se resiste a ese nuevo equilibrio de poder en el que Irán sale reforzado, y solo así se entiende el ataque israelí contra Beirut el sábado. “Tras haber restablecido su propia disuasión, Teherán intentaba ahora extenderla a sus aliados como parte de un esfuerzo más amplio por reconstruir su postura de defensa adelantada. Como era de esperar, Israel consideró esto como un desafío directo a su tradicional libertad de maniobra [en Líbano] y actuó con rapidez para impedir que la nueva doctrina se afianzara”, escribía el analista Trita Parsi, vicepresidente del Quincy Institute y experto en Irán. Varios ministros de Israel aseguran que su país no está obligado por el acuerdo entre EEUU e Irán. Su objetivo es negar esa nueva ecuación de disuasión. Los expertos coinciden en que quedan muchas horas para la firma del viernes y todo podría estallar por los aires.

El acuerdo nuclear, para otro día

La clave detrás de todo esto es el programa nuclear de Irán, que se negociará tras la firma del memorándum de entendimiento y sobre el que circulan algunos detalles. Para analizar el alcance del fiasco de la guerra, es necesario recordar el acuerdo alcanzado por Obama con Teherán en 2015 (JCPOA) —y del cual se retiró Trump de manera unilateral en 2018— y estudiar si Trump será capaz de mejorarlo.  

“El documento dice que Irán nunca tendrá un arma nuclear, no la buscará, no la comprará. Habrá negociaciones para finalizar ese punto”, presumía el domingo el secretario de Guerra, Pete Hegseth, en una entrevista en la CNN. Cuando la periodista le recuerda que eso ya lo decía el JCPOA del expresidente, Hegseth responde: “Pero no tenían la amenaza de la fuerza militar que tenemos nosotros y que Irán respeta porque está más devastado que nunca”.

Tras haber restablecido su propia disuasión, Teherán intentaba ahora extenderla a sus aliados como parte de un esfuerzo más amplio por reconstruir su postura de defensa adelantada. Como era de esperar, Israel consideró esto como un desafío directo a su tradicional libertad de maniobra [en Líbano] y actuó con rapidez para impedir que la nueva doctrina

Karim Sadjadpour, del think tank Carnegie Endowment for International Peace, discrepa: “No tengo ninguna confianza en que Irán cumpla porque no tiene el mismo sistema de inspecciones, la desconfianza es 10 veces mayor y en el JCPOA dos importantes firmantes eran socios de Irán: Rusia y China”. “Hemos convencido a Irán de que necesitan armas nucleares para su inmunidad”, apunta.

Uno de los elementos centrales de esa futura negociación es qué hacer con los 440 kilos de uranio altamente enriquecido que posee Irán. Un uranio que almacenó como respuesta a la retirada de Washington del acuerdo y la imposición de sanciones. Es decir, una vez más, Trump trata de solucionar un problema creado por él mismo.

El uranio, elemento esencial para fabricar un arma nuclear, se compone de dos isótopos. Solo uno sirve para fabricar la bomba y, extraído de la naturaleza, ese isótopo representa solo el 0,7% de su composición. Aumentar ese porcentaje es lo que se conoce como enriquecer uranio. Para uso energético, se requiere uranio enriquecido entre el 3% y el 5%. A partir del 20% es uranio altamente enriquecido y, técnicamente, ya se podría fabricar una bomba, aunque haría falta mucho material. El porcentaje habitual para la bomba nuclear es del 90% o superior.

El JCPOA de Obama limitaba el enriquecimiento de uranio al 3,67% durante 15 años, desmantelaba gran parte de las centrifugadoras para enriquecer, concentraba todas las operaciones de enriquecimiento en una sola planta y reducía las reservas de uranio procesado a un máximo de 300 kilos. Las inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) confirmaron una y otra vez el cumplimiento del acuerdo del lado iraní, que incluso mandó fuera del país el 98% de todas sus reservas de uranio enriquecido (11 toneladas).

Cuando Trump se retiró del acuerdo y reimpuso las sanciones económicas, Irán presionó a los otros firmantes del texto para tratar de revertir la situación. Durante un año, Teherán no respondió, pero en mayo de 2019 la IAEA detectó que Teherán había empezado a superar el límite del 3,67% acordado. Era una medida de presión, pero no funcionó. Desde entonces, Irán ha alcanzado al menos los 440 kilos de uranio enriquecido por encima del 20%. Una clave importante de esa cifra es que es mucho más difícil pasar del 0,7% inicial al 4%, que del 4% al 20%. Cuanto más enriquecido está el uranio, más fácil es seguir aumentando su porcentaje. Aproximadamente el 83,5% de los esfuerzos se invierten en llegar al 4% de enriquecimiento. Un 8,5% de los esfuerzos en llegar al 20% y un 8% en alcanzar el 90% final.

El fantasma de Obama, la obsesión de Trump

Es curioso, porque cuando Trump anunció la retirada del JCPOA lo justificó diciendo que era un acuerdo injusto que entregaba mucho dinero a Irán a cambio de nada y que no abordaba su programa de misiles ni sus “actividades malignas” en la región. “Además de no desarrollar nunca un arma nuclear, el régimen iraní nunca debe tener un misil balístico intercontinental, debe cesar su desarrollo de misiles con capacidad nuclear [...] y debe detener sus amenazas a la libertad de navegación en el Golfo Pérsico [estrecho de Ormuz] y el Mar Rojo”, decía la declaración de entonces de la Casa Blanca en abril de 2018. 

No solo no lo consiguió, sino que cerrar la navegación y lanzar misiles han sido los dos elementos principales de Irán para sobrevivir a la guerra. Ni hablar ya del sueño de derribar el gobierno de los ayatolás y forzar un cambio de régimen. El resultado de la guerra ha sido un régimen debilitado económicamente y muy dañado militarmente, pero reforzado en su supervivencia y dirigido ahora por una cúpula de línea más dura. 

En cuanto a las cuestiones nucleares, en realidad no hay ningún acuerdo, salvo negociar sobre las reservas de uranio altamente enriquecido (HEU) y una moratoria al enriquecimiento. Irán sabe cómo alargar esas negociaciones e intentar sacar concesiones por el camino. Es posible que nunca se llegue a un acuerdo y es muy probable que, si se llega a uno, sea peor de lo que podríamos haber conseguido mediante la diplomacia antes de la guerra

En cuanto al dinero, Trump se quejaba de que el JCPOA levantaba las sanciones y entregaba a Irán 1.700 millones de dólares en activos congelados. Ahora EEUU también tendrá que levantar sanciones y entregar activos a Irán si quiere arrancar concesiones en su programa nuclear. Fuentes iraníes señalan que el acuerdo contempla la entrega de 24.000 millones de dólares de activos congelados durante los 60 días de negociaciones posteriores a la firma —de los cuales 12.000 podrían entregarse con la firma, según algunas fuentes—. El vicepresidente de EEUU, JD Vance, ha confirmado implícitamente que EEUU tendrá que liberar activos iraníes congelados, pero que no se hará de forma automática, sino que su entrega está sujeta al cumplimiento del acuerdo.

“En cuanto a las cuestiones nucleares, en realidad no hay ningún acuerdo, salvo negociar sobre las reservas de uranio altamente enriquecido (HEU) y una moratoria al enriquecimiento. Irán sabe cómo alargar esas negociaciones e intentar sacar concesiones por el camino. Es posible que nunca se llegue a un acuerdo, y es muy probable que, si se llega a uno, sea peor de lo que podríamos haber conseguido mediante la diplomacia antes de la guerra”, escribía Shapiro. “No es probable que Irán se tome en serio que Estados Unidos vuelva a la guerra antes de las elecciones de mitad de mandato, así que eso significa que llevaremos a cabo la diplomacia sin una amenaza creíble de uso de la fuerza”. Al contrario de lo que aseguraba Hegseth tratando salir de su propio encierro durante la entrevista de este fin de semana en CNN.

Yossi Alpher, analista israelí y antiguo miembro del Mossad, sostiene que Trump parece haber aceptado un principio de acuerdo que ignora muchos de los objetivos declarados de EEUU e Israel en esta guerra: “Parece que queda muy poco de las exigencias de Estados Unidos e Israel de restringir el arsenal de misiles de Irán y poner fin al apoyo iraní a grupos afines como Hizbulá. Nadie está desmantelando el régimen de los ayatolás, lo que, por omisión, lo legitima”.

Trump está obsesionado con Obama, a quien necesita vencer en este asunto casi más que a Teherán. “Es dudoso que cualquier acuerdo que surja sea significativamente diferente o mejor que el acuerdo que teníamos y que había funcionado por mucho tiempo antes de que nosotros, EEUU, nos retiráramos”, decía Obama en una entrevista este fin de semana. “Es un recordatorio de que en muchos problemas de política exterior, la noción de que podemos conseguir soluciones a base de bombardeos puede parecer interesante, pero la realidad es que tomarse el tiempo de explorar las posibilidades de llegar a acuerdos que solucionan el 80% o 90% del problema mientras evitan la necesidad de ir a la guerra es una lección que uno diría que ya habíamos aprendido, pero parece que tenemos que reaprenderla a menudo”.

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