Odense, el laboratorio de Dinamarca donde Europa ensaya la guerra con drones
Los drones ya no son una tecnología para las guerras del futuro, sino una realidad actual. Los sistemas aéreos no tripulados (UAS, por sus siglas en inglés) se han convertido en armas baratas, difíciles de detectar y capaces de atacar a larga distancia. Han cambiado las reglas del campo de batalla, como ha quedado patente en las guerras de Irán y Ucrania.
El desarrollo de la industria de las naves no tripuladas en Europa pasa por la ciudad danesa de Odense. Aquí se encuentra la sede del Centro Internacional UAS de Dinamarca, un lugar pionero para experimentar con drones de todo tipo, usos y tamaños. La ciudad ha construido un ecosistema que reúne empresas, universidad y centros tecnológicos alrededor de unas instalaciones de pruebas que han dado una nueva vida al Aeropuerto internacional Hans Christian Andersen.
La particularidad de este emplazamiento es que ofrece la posibilidad de utilizar un espacio aéreo y marítimo “que equivale al 7% de la superficie de Dinamarca, una característica única en Europa donde se puede entrenar la tecnología”, explica a elDiario.es el director del centro de pruebas, Michael Larsen.
Odense se ha consolidado como uno de los principales polos europeos del desarrollo de drones no por casualidad. La robótica ha dado una nueva identidad industrial a la tercera ciudad más grande del país nórdico tras el declive de sus históricos astilleros de Mærsk. La necesidad de reinventar los astilleros llevó a la empresa naviera a colaborar con la Universidad del Sur de Dinamarca para el desarrollo de robots de soldadura. De esta colaboración surgieron empresas como Universal Robots, hoy líder mundial en el sector, y nació un clúster que ha atraído a cientos de compañías y talento especializado en la industria de la robótica.
Años después, el respaldo de las instituciones danesas en este sector permitió que la ciudad ampliara su foco hacia las tecnologías autónomas y los drones. Hoy es uno de los principales polos europeos de innovación.
Si lo comparamos con tan solo hace unos años, es evidente la rapidez con que se ha desarrollado la tecnología en los drones
Los responsables del centro UAS de Dinamarca reconocen que la guerra de Ucrania y la nueva realidad geopolítica han cambiado completamente el sector, que en los últimos años ha adaptado las tecnologías civiles para aplicaciones militares y ha trabajado en estrecha colaboración con empresas y organismos de defensa de varios países europeos.
“Si lo comparamos con tan solo hace unos años, es evidente la rapidez con que se ha desarrollado la tecnología en los drones. Antes hablábamos de potencial y perspectivas de futuro, hoy nos ocupan las cadenas de producción y la robustez de las empresas” afirma a este medio Søren Elmer Kristensen, director general de Odense Robotics. Michael Larsen añade: “Como centro de pruebas de drones, hemos experimentado una necesidad significativamente mayor de probar y desarrollar soluciones más próximas a la realidad operativa actual, especialmente en defensa, donde las exigencias de innovación van muy rápido”.
La transformación en una tecnología masiva y barata
El salón anual International Drone Show celebrado en el Aeropuerto de Odense es un buen lugar para constatar que el sector ha pasado de ser una industria de nicho a ser visto como una “necesidad” en defensa.
Entre los más de 1.500 expositores venidos de 40 países que reunió la última edición del congreso se podía apreciar cómo ha cambiado la forma de entender los drones en el sector militar, pasando de ser un elemento de tecnología muy avanzado y costoso a producirse ahora de forma masiva y a bajo coste como arma de desgaste. “Se han convertido casi en munición, es mucho más barato destruir objetivos con drones que defenderse de ellos”, explica Andreas Graae, experto del Instituto de Tecnología Militar en el Colegio Real de Defensa danés.
En este sentido, los miles de drones con cámaras y sensores hacen que prácticamente cualquier movimiento pueda ser detectado en el frente de guerra, lo que provoca que concentrar tropas o vehículos sea extremadamente peligroso para los ejércitos. “Vemos que el área de combate en Ucrania se ha convertido en una zona mortal de más de 20 kilómetros donde sobrevivir resulta muy difícil porque el campo de batalla es prácticamente transparente para el enemigo por la presencia de drones”, dice Graae.
Además, el experto señala que los drones ya no son solo aéreos, sino que se están incorporando en todos los dominios, con sistemas robotizados terrestres, marítimos en superficie y submarinos. “Hasta ahora, no existe una solución mágica para la defensa contra drones. Además, se comportan de forma diferente a los misiles convencionales, lo que los hace muy difíciles de detectar y derribar con los sistemas tradicionales”, añade Graee.
Una 'carretilla todoterreno'
Entre las empresas nacidas en Odense que representan mejor esta nueva generación de tecnología aplicada a los drones destaca Dropla Tech. Tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia, su fundador, V'yacheslav Shvydak, consideró que la mejor forma de ayudar a su país era desarrollando tecnología militar. De esta forma, en 2023 empezó a fabricar vehículos terrestres no tripulados (drones de tierra) para detectar minas terrestres ocultas.
Sin embargo, tras un año de trabajo, las Fuerzas Especiales ucranianas le pidieron abandonar el proyecto y centrar sus esfuerzos en el frente. Shvydak recuerda que un oficial ucraniano le dijo: “Si no mantenemos con vida a los soldados que están combatiendo, después no quedará ningún territorio que desminar”.
Se han convertido casi en munición, es mucho más barato destruir objetivos con drones que defenderse de ellos
El giro estratégico de la empresa la ha llevado a fabricar vehículos terrestres no tripulados (UGV, en inglés) con una filosofía clara, según Shvydak: “Todo aquello que puede hacer un robot no debería hacerlo una persona”. Ahora, los vehículos que la empresa proporciona al ejército ucraniano son capaces de transportar suministros, evacuar heridos y hacer tareas de reconocimiento en la primera línea de batalla. Este invento tiene la apariencia de una carretilla todoterreno, pero, como señala Shvydak, “el coste de producción es más importante que la sofisticación, los vehículos suelen sobrevivir a unas cinco misiones antes de ser destruidos por el enemigo, por ello deben ser baratos, con un precio que se acerca al de un coche de segunda mano”, dice.
El segundo gran eje de la empresa es el desarrollo de un sistema de inteligencia artificial, llamado Blue Eye, capaz de analizar en tiempo real las imágenes captadas por drones de reconocimiento para detectar minas, drones ocultos y otras amenazas. La empresa afirma que su sistema ya ha sido integrado en la logística militar de la OTAN, lo que facilita que esta tecnología pueda ser adquirida por los ejércitos de la Alianza en un futuro muy próximo.
Coste humano
Impulsados por los avances tecnológicos, la reducción de costos y la producción en masa, los ataques con estos aparatos en contextos de conflicto aumentaron al menos un 4.000% entre 2020 y 2024, según datos del Centro para los Civiles en Situaciones de Conflicto (CIVIC). No son pocas las voces que alertan de los riesgos de que los drones se estén convirtiendo en el arma predilecta en todo el mundo: su expansión ha transformado la forma en que se libra la guerra, y también cómo sufren los civiles.
En Sudán, según la ONU, los drones armados se han convertido, con diferencia, en la principal causa de muertes de población no combatiente–causaron más del 80% de las muertes de civiles en la guerra de este país durante los primeros cuatro meses de 2026, con un saldo de al menos 880 víctimas mortales–. El año pasado, estos vehículos no tripulados fueron también una de las principales causas de muerte (con un total de 577 fallecidos) y heridas registradas en Ucrania en 2025, también según Naciones Unidas –una misión de expertos ha acusado a Rusia de crímenes de lesa humanidad por sus ataques con drones “generalizados” y “sistemáticos” en la provincia de Jersón, en el sur del país invadido, donde los habitantes lo equiparan a una “caza”–.
La alerta por el coste humano de la guerra con estos aparatos no es un fenómeno reciente: se remonta a principios de la década de 2000, tras el 11-S. The Bureau of Investigative Journalism (BIJ) documentó entre 2004 y 2021 cómo los ataques de drones de Estados Unidos mataron a civiles en Yemen, Somalia, Afganistán y Pakistán –en este último identificó a 732 personas asesinadas por ataques con drones de la CIA y confirmó que cientos de ellas eran civiles–.
Los fallos técnicos, los errores en la selección de objetivos y la incapacidad para distinguir entre actores humanitarios y militares agravan los riesgos, mientras que, según los expertos, la presencia constante de drones en el aire, su sonido característico y la proximidad generan miedo e incertidumbre a la población de las zonas afectadas, provocándoles un importante malestar psicológico.